Manotazo de Josefina; Calderón en campaña

Ricardo Alemán

   
   

A pocas horas de que Felipe Calderón se inventó un inédito informe sexenal en el que, de manera especial, gravitaron dos mensajes con una fuerte carga político-electoral, la candidata Josefina Vázquez Mota dio un manotazo y, de un plumazo, se apoderó del PAN.

Y es que, en lo que pareció un acto desesperado, por la mañana el Presidente había dicho que México “es mejor ahora que hace seis años” y que, de no haber actuado como lo hizo su gobierno, “el país estaría dominado por el narco”.

En otras palabras, resulta que Calderón apareció como el jefe de campaña de la señora Vázquez Mota, mientras que en el CEN del PAN de Gustavo Madero parecían apostarle a la derrota el 1 de julio.

Acaso por eso, desde las 18:00 horas de ayer se confirmó que llegarán al CEN del PAN políticos como Juan Manuel Oliva, aún gobernador de Guanajuato; Francisco Ramírez Acuña, ex secretario de Gobernación; Felipe González, ex gobernador y ex subsecretario de Gobernación; Julio Castellanos y muchos otros “hombres y mujeres de la candidata”, que operarán bajo la batuta de Roberto Gil, el jefe de campaña de la candidata Vázquez Mota.

En el fondo, y por la vía de los hechos, Vázquez Mota le arrebató el control del partido a Gustavo Madero, con lo que los estrategas azules esperan poner fin a la guerra intestina y los ataques contra la candidata presidencial.

Y es que la crisis era tal que Felipe Calderón pareció obligado a optar por el feo recurso que por décadas —en los tiempos del viejo PRI— utilizaban centrales obreras como la CTM, para aplaudir los dizque logros del mandatario en turno. Por eso la pregunta: ¿Qué quiso decir Felipe Calderón?

Lo que debemos tratar de entender es que en una elección presidencial —como la que se inicia el primer minuto de mañana viernes— lo que está en juego es la calificación que le dan los electores al gobierno en turno.

Por eso, lo que Felipe Calderón quiso decir es que el suyo ha sido un gobierno exitoso, que vale la pena ser reeditado y, por tanto, que para continuar por la ruta de la estabilidad y la lucha contra el crimen, los ciudadanos —en su papel de electores— deben votar por la continuidad. ¿Y qué quiere decir eso? Todos saben que la continuidad es el PAN y que la sucesora de Calderón se llama Josefina Vázquez Mota.

Pero, ¿cuántos ciudadanos comparten las cifras alegres del presidente Calderón; cuántos creen que su gobierno debe reeditarse por la vía de la candidatura de la señora Vázquez Mota?

Si nos atenemos a las encuestas, lo cierto es que no más de tres de cada diez de los potenciales electores comparten la idea presidencial de que se debe dar una nueva oportunidad al gobierno de Calderón. Según todos los sondeos de opinión, poco más de cuatro de cada diez —y en algunos casos, cinco de cada diez— prefieren el regreso del PRI, antes que la continuidad del PAN de Fox y de Calderón.

Y acaso por eso —porque en las semanas recientes hemos visto a un Presidente en campaña— el presidente Calderón se empeña en aparecer como el mejor motivo de que los electores voten por el PAN. Por eso mensajes como el de que “México es mejor, ahora, que hace seis años”. ¿Cuántos ciudadanos creen ese mensaje? ¿Cuántos se preguntan, en relación con qué o con quién, hoy estamos mejor que antes?

Si la pregunta se le hace a los “lopezobradoristas”, la respuesta será contundente en dirección a que el gobierno de Calderón ha sido un fracaso, si no es que el peor Presidente de la historia de México. Y por supuesto que dirán que Calderón debe ser quemado en leña verde, acusado de genocidio y colgado del palo más alto.

Pero si la misma pregunta se le formula a un panista-calderonista, la respuesta será diametralmente opuesta. Dirá que, en efecto, México es mejor que hace seis años. Y más aún, dirán que el gobierno azul debe continuar a través de la señora Vázquez Mota.

Sin embargo, para un análisis serio, debemos descartar los dos extremos, porque el de Calderón es un gobierno que si bien mostró aspectos altamente positivos —como la estabilidad económica, a pesar de la violencia, y gracias a la cual no hay estallidos sociales mayores—, también experimentó serios fracasos, como el de la educación pública; sólo por mencionar dos extremos.

Lo cierto es que —más allá de logros y fracasos— Calderón parece un mandatario desesperado, que no quiere ver que los gobiernos federales se evalúan a partir del todo, y no de las partes. Por eso, Calderón es culpable de todo lo malo que pase en el territorio, y los gobernadores suelen cosechar sólo lo bueno.

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