España y el fin del Estado de bienestar – por Plinio Apuleyo Mendoza

 

A la crisis deben su triunfo Mariano Rajoy y su Partido Popular. Pero el honesto remedio que se ha propuesto aplicar es costoso.

La crisis de Estado bienestar afecta a todos los gobiernos, sean de izquierda o de derecha.

“Si por allá llueve, por aquí no escampa”, tal podría ser la reflexión que uno se hace cuando llega a España proveniente de Colombia. Parece increíble lo que ahora se ve en un país que pisó el siglo XXI convertido en la octava potencia económica del mundo, con un sistema de sanidad que protegía a todos los ciudadanos, una población enteramente alfabetizada, una educación extendida a todas las capas sociales y una pobreza extrema prácticamente desaparecida. Fue el resultado de un Estado bienestar muy bien manejado por el gobierno de José María Aznar.

Y hoy, ¿cuál es la realidad? Un país con cinco millones de desempleados sostenidos por el erario y, en consecuencia, un déficit fiscal que obliga al gobierno de Rajoy, por presión de la Unión Europea, a drásticos ahorros y recortes. El aspecto más inquietante de este desempleo es el que afecta a un 50 por ciento de los estudiantes egresados de las universidades. Y aun la mitad que obtiene empleo debe contentarse, pese a su formación, a un sueldo rara vez superior a los mil euros mensuales, con el cual difícilmente logra un profesional sobrevivir de manera independiente, sin el apoyo de su familia.

Los inmigrantes, de su lado, están replanteando su vida. Si ayer no más contaban con echar raíces en España, ahora, con el desempleo rondando sus destinos, contemplan la opción de regresar a su país de origen. Es el caso de medio millón de colombianos.

¿Cómo explicar este grave viraje? Dentro de la inevitable polarización que divide el mundo político entre izquierda y derecha, ignorando otros matices, la culpa suele asignársele al gobierno de Rodríguez Zapatero. Y en parte hay razón para decirlo por un desafuero en el gasto público con el que Zapatero quebró el equilibrio en el manejo presupuestal mantenido por Aznar. Pero sólo en parte, porque el problema va más lejos.

En primer término, debe tenerse en cuenta la crisis mundial que afectó a España, como al resto de Europa, a partir del 2008. Pero algo la agravó en este país: una sorprendente crisis demográfica.
España tiene una bajísima tasa de natalidad: hay menos de dos hijos por matrimonio. Al mismo tiempo, el aumento en la esperanza de vida hace que haya menos de dos trabajadores activos por jubilado, lo que está haciendo inviable el costo de las pensiones.

Otro factor agravante es la enorme maraña burocrática que se extendió a la sombra de 17 gobiernos regionales, dos de los cuales tienen ya el perfil de Estado nación. En ese auge desmedido de funcionarios (y privilegios) juegan sus cartas el clientelismo político (parecido al de Colombia) y el nacionalismo. Todo ello amparado por una ideología que resta fuerza al trabajo, a la creación de empresas y al ahorro para hacer a los individuos dependientes del Estado bienestar de quien todo se espera.

A la crisis deben su triunfo Mariano Rajoy y su Partido Popular. Pero el honesto remedio que se ha propuesto aplicar es costoso.
Se ha comprometido a reducir el déficit fiscal a un 5,3 por ciento del PIB, lo que implica este año recortes por valor de 35.000 millones de euros, anulación de subvenciones, despido inevitable de funcionarios y otras medidas que desatan fuertes protestas de los sindicatos, incluyendo una huelga general prevista para el 29 de marzo.

Ni para España ni para el resto de Europa el porvenir es claro. La crisis de Estado bienestar afecta a todos los gobiernos, sean de izquierda o de derecha. Ahora surgen aquí y allá ciegas reacciones, como la de “los indignados”. ¿Contra quién? Ni ellos mismos lo saben. Extraño este siglo que estamos viviendo.
Derrumba sueños que parecían seguros y abre grietas en las más sólidas y hasta hace poco invulnerables economías.

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