CUBA, LA AUSENTE

Cuba, la ausente

Por Alvaro Vargas Llosa

El Mundo.es

 

Desde hace algunas semanas, hay un debate intenso en América Latina sobre si Cuba debe ser excluida de la Cumbre de las Américas, la reunión de gobernantes del hemisferio occidental que tendrá lugar en Cartagena de Indias a mediados de abril. El debate en realidad riza un rizo que lleva años rizándose: Cuba ha sido excluida de todas las Cumbres de las Américas por ser un régimen que no cumple la condición sine qua non que esta cita internacional fijó desde un inicio: el origen legítimo del gobierno de turno que represente en ella a su país.

De cualquier forma, ya está decidido, por mucha bulla que haya, que Cuba no participe oficialmente por falta de consenso (varios países se oponen): de allí la visita del anfitrión, el Presidente colombiano Juan Manuel Santos, a La Habana a dar explicaciones personales a los hermanos Castro y conseguir algo así como una tácita anuencia de la propia Cuba. De lo que se trata en realidad es de evitar que La Habana atice más el fuego de esta polémica a través de los gobiernos de la alianza conocida como el ALBA, liderada por Venezuela, y que han protestado por la no invitación a Cuba (sospecho que Santos quiere evitar que los países del ALBA boicoteen la reunión y que los del ALBA, que en el fondo están encantados de ir, protestan para poder justificar su asistencia).

La discusión, me permito sugerir, está errada. Una discusión bastante más legítima es si Estados Unidos debe o no mantener el embargo; si se debe o no invertir en la isla mientras dure el régimen; si es o no ético viajar allí; si tiene sentido o no canalizar ayuda a través del gobierno cubano; o si el viaje del Papa Benedicto XVI a la isla el 26 de marzo ayudará a abrir espacios a la sociedad civil cubana o a consolidar al gobierno. Todas estas cuestiones son opinables y debatibles. Yo mismo he transitado, con los años, de la opinión de que el embargo era indispensable a la que sostengo hoy: que no es justo interferir con la libertad de comerciar de los ciudadanos para defender un principio de libertad: además de una contradicción puede resultar a menudo muy contraproducente desde el punto de vista de la eficacia en el esfuerzo por acabar con la dictadura. Pero esto es distinto. Por más que le doy vueltas, sencillamente no veo cómo una reunión de mandatarios elegidos (algunos bastante más limpiamente que otros), que aceptan formalmente (en algunos casos muy mal) la democracia, debería renunciar a la condición básica fijada desde el inicio sólo para que no parezca que es Estados Unidos quien la impone.

No: no es Estados Unidos quien la impone, o no debería ser. Sólo si las democracias latinoamericanas abdican de la responsabilidad de hacer lo posible por preservar la libertad en el continente puede llegarse a la absurda conclusión de que es Estados Unidos el único beneficiario político de la ausencia de Cuba en una reunión como esa. La mejor prueba de que no es así es que la OEA, el organismo hemisférico, hace de la democracia un criterio clave para la pertenencia a dicho club. Y Cuba fue expulsado no por obra de Estados Unidos sino las democracias latinoamericanas lideradas, en los años 60, por el socialdemócrata venezolano Rómulo Betancourt, al que la satrapía dominicana de Trujillo trató de matar desde la derecha y al que las guerrillas castristas trataron de derrocar desde la izquierda.

Si bien puede argumentarse que un embargo hace más daño al pueblo que al gobierno ?y, en el caso de Cuba, que el castrismo ha hecho abundante uso propagandístico de lo que llama groseramente “el bloqueo”?, puede decirse sin duda que excluir de una reunión de gobernantes democráticos (unos mucho más que otros) a un dictador que no permite elecciones, ni oposición, ni prensa, ni sindicatos no es algo que perjudique a los ciudadanos que lo padecen. Si a alguien perjudica es al que resulta aislado aunque sea por el simbólico hecho de que su ausencia transmite, a él mismo y a los demás, una censura moral. Para las víctimas de ese régimen, en este caso la inmensa mayoría de cubanos, es también, aunque sea simbólicamente, una forma de solidaridad. Así, mientras cabe siempre la posibilidad de que un embargo económico perjudique más a un pueblo que a su tirano, en el caso de una exclusión diplomática o una sanción política no puede decirse lo mismo.

No me hago ilusiones sobre los efectos internos inmediatos que tienen los vetos políticos a los regímenes antidemocráticos. Pero ya que Cuba no paga precio alguno, en el plano internacional, por el régimen que tiene desde hace medio siglo (el embargo es una broma: Estados Unidos es hoy fuente de casi dos mil millones de dólares de envíos de remesas a la isla, más otros dos mil millones en ventas de medicinas y alimentos a precio barato), inténtese al menos hacerle pagar al gobierno el minúsculo precio del desprecio simbólico.

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