Acciones de Wall Street se derrumban

Acciones de Wall Street se derrumban al tiempo que S&P baja la calificación de las perspectivas de la deuda de EE.UU.

La agencia de calificaciones recortó la perspectiva a largo plazo de estable a negativa por primera vez desde el ataque de Pearl Harbor hace 70 años.

Las acciones cayeron fuertemente en Wall Street el lunes después que una destacada agencia de calificaciones ventilara los temores sobre la crisis de deuda europea hacia el otro lado del Atlántico mediante una fuerte advertencia acerca del fracaso estadounidense en controlar su déficit presupuestario.

En una movida vista por Wall Street como un “diaparo de advertencia” de políticos pendencieros en Washington, Standard and Poor’s (S&P) dijo que recortaba la perspectiva de la calificación a largo plazo de EE.UU. desde estable a negativa por primera vez desde el ataque a Pearl Harbor hace 70 años.

El anuncio sorprendió a los mercados financieros, donde la atención en meses recientes ha estado enfocada en los problemas de las naciones más débiles de la eurozona. La renovada especulación de que Grecia se verá forzada a entrar en cesación de pagos respecto a sus deudas llevó a una pronunciada liquidación en el euro, pero S&P remarcó que EE.UU. no era inmune a las crisis de deuda soberana.

En New York, el promedio Dow Jones industrial finalizó el día 140 puntos abajo, o 1.1%, con el dólar más débil en los mercados de divisas y con las tasas subiendo en los títulos el Tesoro de EE.UU. La FTSE 100 en Londres bajó 126 puntos hasta 5870 – una caída de más del 2% – al tiempo que las preocupaciones en curso acerca de la crisis de deuda de la eurozona se conjugaron con el retroceso de la mayor economía del mundo.

George Osborne, el ministro de Economía, adjudicó la advertencia del S&P como una reivindicación de la posición de la coalición frente a la reducción del déficit. “S&P hizo lo mismo al Reino Unido antes de la elección pero nos volvió a revisar y colocar como ‘estable’ otra vez tras la revisión de los gastos ya que trníamos un plan antideficitario creíble,” dijo un alto funcionario dependiente de Osborne el lunes. Añadió que el enfoque laborista más cauto para recortar el déficit del Reino Unido estaba “completamente desfasado respecto a la opinión mundial”.

La especulación sobre que Grecia podría verse forzada a cesar el pago de sus deudas y un gran desempeño de los nacionalistas en las elecciones finlandesas que se oponen a un rescate para Portugal, se combinaron para hacer descender al índice de Londres. Los principales mercados bursátiles en Francia y Alemania estuvieron marcadamente abajo también durante el día.

S&P dijo que comparado con el pequeño número de países desarrollados con una codiciada calificación AAA, Estados Unidos tenía “déficits presupuestarios muy grandes” que alcanzaban hasta el 11% en 2009. Con la lucha intestina entre republicanos y demócratas acerca del déficit ahora tan ríspida que hubo un riesgo de que el gobierno de Estados Unidos dejara de funcionar a principios de este mes, S&P dijo que había tomado la decisión de cambiar su perspectiva debido a que “el camino para encarar estos temas no está claro para nosostros”.

Añadió: “Creemos que hay un riesgo material de que los politicos de estadounidenses puedan no llegar a un acuerdo acerca de cómo encarar los desafíos presupuestarios a mediano y largo plazo en 2013; si no se llega a un acuerdo y no se empieza una implementación significativa para entonces, desde nuestro punto de vista esto implicaría un perfil fiscal estadounidense significativamente mas débil que aquel de sus pares soberanos con ‘AAA’.”

La Casa Blanca, que la semana pasada produjo propuestas de que recortaría u$s 4 billones del déficit de EE.UU. para 2022, rechazó el análisis de S&P. “Están diciendo de que según su criterio político no veían un acuerdo político en los próximos dos años” para reducir los déficits a largo plazo, Austan Goolsbee, presidente delConsejo de Consejeros Económicos, dijo en una entrevista en Bloomberg Television. “No creo que el criterio político de S&P sea correcto.”

Mientras Europa ha decidido hacer de la reducción presupuestaria una prioridad, el enfoque estadounidense hasta ahora se ha concentrado en incurrir en una política fiscal expansiva en un intento por conseguir un crecimiento más veloz.

Los republicanos han a acusado al régimen de Obama de “hipotecar el futuro del país”, y Paul Ryan, el presidente del comité presupuestario de la Cámara de Representantes, ha aparecido con un plan más agresivo que involucraría profundos recortes en los gastos que no son de defensa.

Nikola Swann, analista crediticio de S&P, dijo: “nosotros vemos las propuestas del presidente Obama y del congresista Ryan como el punto de partida de un proceso encaminado a un más amplio compromiso, que podría resultar en una sustancial y duradera consolidación fiscal del gobierno de EE.UU. Dicho esto, vemos el camino hacia el acuerdo como un desafío ya que la brecha entre los partidos permanece amplia. Creemos que hay un riesgo significativo de que las negociaciones parlamentarias pudieran resultar en una falta de acuerdo en la estrategia fiscal a mediano plazo hasta después de las elecciones parlamentarias y presidenciales de 2012.”

Ted Scott, director de Global Strategy en F&C, dijo: “Los mercados fueron tomados por sorpresa por el anuncio de hoy en un momento en que los analistas habían estado disminuyendo las expectativas de crecimiento de EE.UU., principalmete como resultado del mal clima en el primer trimestre de 2011 y a los mayores precios de las materias primas.

“La baja en la calificación es, sin embargo, sólo en la perspectiva y es improbable que lleve a un recorte en la misma calificación (no hay manera que pueda saber esto ni preguntándole al pulpo Paul, N. del T). Lo que sí es que debería enfocar las mentes de los políticos de todos los partidos hacia el acuerdo de plan de reducción de deuda creíble ahora que el reloj está haciendo tic tac en su calificación de deuda.”

El imperativo moral del mercado

El imperativo moral del mercado

Friedrich_von_Hayek Por Friedrich A. Hayek.

Mises.org

[Este artículo apareció originalmente en The Unfinished Agenda: Essays on the Political Economy of Government Policy in Honour of Arthur Seldon (1986).]

En 1936, año en el que (por pura coincidencia) John Maynard Keynes publicó la Teoría General, mientras preparaba mi discurso presidencial para el London Economic Club, vi de repente que mi labor anterior en las diferentes ramas de la economía tenían una raíz común. Esta idea de que el sistema de precios era realmente un instrumento que había permitido a millones de personas ajustar sus esfuerzos a los acontecimientos, exigencias y condiciones sobre las que no tenían conocimiento concreto ni directo, y que la completa coordinación de toda la economía mundial se debía a ciertas prácticas y usos que habían surgido inconscientemente. El problema que había identificado por primera vez estudiando las fluctuaciones de la industria (que las falsas señales de precios desorientaban los esfuerzos humanos) luego lo continué en otras ramas de la disciplina.

La inspiración de Ludwig von Mises

En este asunto mi pensamiento se inspiró en gran medida por la concepción de Ludwig von Mises sobre la dificultad de ordenar una economía planificada. Mis primeras investigaciones sobre las consecuencias de limitar las rentas me mostraron con más claridad que casi ninguna otra cosa cómo la interferencia del gobierno en el sistema de precios trastorna los esfuerzos económicos humanos.

Sin embargo me costó mucho tiempo desarrollar lo que es fundamentalmente una idea muy simple. Me tenía perplejo que El Socialismo de Mises,[1] que me había resultado tan convincente y parecía mostrar definitivamente por qué la planificación central no podía funcionar, no hubiera convencido al resto del mundo. Me pregunté por qué esto era así.

Los precios y el Orden Económico

Poco a poco descubrí que la función fundamental de la economía era describir el proceso de cómo la actividad humana se ha adaptado a los datos sobre los que no tenía información. Así, el orden económico en su conjunto se basaba en el hecho de que al utilizar los precios como guías, o como señales, que nos llevaran a atender las demandas y conseguir las competencias y capacidades de personas de las cuales no sabíamos nada. Fue como consecuencia de que nos habíamos basado en un sistema que nunca habíamos entendido y que nunca diseñamos por lo que fuimos capaces de generar la riqueza necesaria para sostener un enorme incremento de la población mundial, y empezar a realizar nuestras nuevas ambiciones de difundir esta riqueza de manera más justa. Básicamente, la idea de que los precios eran señales que lograban la coordinación imprevista de los esfuerzos de miles de individuos fue en cierto sentido, la teoría de la cibernética moderna, y se convirtió en la idea principal de fondo de mi trabajo.

Esto me obligó inevitablemente a investigar la relación entre las actuales creencias políticas y la preservación del sistema en el que la riqueza de la que estamos tan excesivamente orgullosos depende. Aunque Adam Smith, como Marshall 150 años después, había comprendido básicamente que el éxito de nuestro sistema económico es el resultado de un proceso no diseñado de coordinación de las actividades de un gran número de personas, nunca convenció plenamente a los líderes de la opinión pública de esta verdad .

Ésta se ha convertido en mi principal tarea, y me ha llevado algo así como 50 años ser capaz de exponer con la mayor brevedad y en tan pocas palabras como soy capaz; ni siquiera hace 10 años podría haberlo puesto tan sucintamente. Parece obvio, una vez visto, que el fundamento básico de nuestra civilización y nuestra riqueza es un sistema de señales que nos informa, aunque imperfectamente, de los efectos de millones de acontecimientos que ocurren en el mundo, a los que tenemos que adaptarnos y sobre los que no podemos tener información directa.

Mejorando el sistema de mercado

Esta idea tiene consecuencias extraordinariamente importantes una vez que esta verdad ha sido aceptada. O bien debe limitarse a la creación de un marco institucional en el que el sistema de precios operará tan eficientemente como sea posible, o se está obligado a alterar su función. Si bien es cierto que los precios son señales que nos permiten adaptar nuestras actividades a acontecimientos y exigencias desconocidos, es evidentemente absurdo creer que podemos controlar los precios. No se puede mejorar una señal si no sabes lo que indica.
No es incoherente admitir que el sistema de precios, incluso en la teoría de un mercado de competencia perfecta, no tiene en cuenta todas las cosas que nos gustaría se tuviesen en cuenta. Pero si no podemos mejorar el sistema al interferir directamente en los precios, podemos tratar de encontrar nuevos métodos de alimentación de información al mercado que no hayan sido tenidos en cuenta.

Todavía hay un amplio margen para avanzar en esta dirección. Por otra parte, más allá de lo que el mercado ya hace por nosotros, hay una amplia oportunidad para el uso de la organización deliberada para “rellenar” lo que el mercado no puede proporcionar. Así que conseguiremos lo mejor del mercado si tratamos de mejorar el marco en el que opera. Tenemos que ir fuera del sistema de mercado para proveer (a través de organizaciones gubernamentales y otras) a aquellas personas que no están en condiciones de valerse por sí mismas.

El socialismo: Un error intelectual

Esta línea de argumentación plantea algunos problemas intelectuales y morales muy serios. En primer lugar, me parece que las ambiciones del socialismo reflejan un error intelectual en lugar de valores diferentes. El socialismo se basa en la falta de comprensión de qué es aquello a lo que debemos la riqueza disponible que los socialistas esperan redistribuir. Esta objeción plantea algunas otras cuestiones que comencé a esbozar en una conferencia que di en 1978 en la London School of Economics.[2] El problema central era el conflicto entre nuestras emociones innatas acerca de las leyes, adquiridas en una pequeña sociedad primitiva, donde los pequeños grupos de personas atendían a compañeros conocidos con propósitos comunes, y los cambios en la moral que tenía que llevarse a cabo para hacer posible la división internacional del trabajo.

En efecto, esta pequeña evolución, que llevó a la humanidad más de 3.000 años gradualmente llevar a efecto, conlleva en gran medida una supresión deliberada de unos sentimientos emocionales muy fuertes que todos tenemos en nuestros huesos y de las que no podemos librarnos totalmente. Voy a ilustrar esto con una breve referencia a la idea que aún prevalece sobre la solidaridad. Un acuerdo sobre un propósito común entre un grupo de personas se sabe que es claramente una idea que no se puede aplicar a una sociedad grande, que incluye a las personas que no se conocen entre sí. La sociedad moderna y la economía moderna ha crecido con el reconocimiento de que esta idea (que fue fundamental en la vida en un pequeño grupo) una sociedad cara a cara, es simplemente inaplicable a los grandes grupos. La base esencial del desarrollo de la civilización moderna es permitir a la gente perseguir sus propios fines sobre la base de su propio conocimiento y no estar condicionado por los objetivos de otras personas.

El espejismo de la justicia social

El mismo dilema se aplica al deseo fundamental del socialismo de redistribución de acuerdo a los principios de justicia. Si los precios están para servir como una guía efectiva para lo que la gente tendría que hacer, no se puede premiar a las personas por lo que son o fueron sus buenas intenciones. Se debe permitir que los precios se determinen con el fin de decirle a la gente donde se puede hacer la mejor contribución al resto de la sociedad, y por desgracia la capacidad de hacer buenas contribuciones a los semejantes no se distribuye de acuerdo a los principios de la justicia.

La gente está en una posición muy desigual para contribuir a las exigencias de sus semejantes y tiene que elegir entre oportunidades muy diferentes. Por tanto, para que puedan adaptarse a una estructura que no conocen (y los determinantes sobre los que no tienen conocimiento), tenemos que permitir funcionar a los mecanismos espontáneos del mercado para decirles lo que tendrían que hacer.

Fue un triste error en la historia de la economía que impidió a los economistas, en particular los economistas clásicos, ver que la función esencial de los precios era decirle a la gente lo que deben hacer en el futuro y que los precios no podían basarse en lo que habían hecho en el pasado. Nuestra moderna visión es que los precios son señales que informan a la gente de lo que deben hacer para ajustarse al resto del sistema.

Ahora estoy profundamente convencido de que lo que antes solo había insinuado, a saber, que la lucha entre los partidarios de una sociedad libre y los defensores del sistema socialista no es un conflicto moral, sino intelectual. Así, los socialistas han sido dirigidos por una evolución muy peculiar de revivir ciertos instintos y sentimientos primitivos que a lo largo de cientos de años había sido prácticamente suprimida por la moral comercial o mercantil, que a mediados del siglo pasado había llegado a gobernar la economía mundial.

La decadencia de la moralidad comercial

Hasta hace 130 o 150 años, todo el mundo en lo que hoy es la parte industrializada del mundo occidental creció familiarizado con las normas y necesidades de lo que se llamaba moral comercial o mercantil, porque todo el mundo trabajaba en una pequeña empresa en la que estaban por igual preocupados y expuestos a la conducta de los demás. Ya sea como maestro o empleado o miembro de la familia, todo el mundo aceptaba la inevitable necesidad de tener que adaptarse a los cambios en la demanda, la oferta y los precios en el mercado. Se comenzó a dar un cambio a mediados del siglo pasado. Mientras que antes tal vez sólo la aristocracia y sus sirvientes eran ajenos a las reglas del mercado, el crecimiento de las grandes organizaciones de negocios, de comercio, de finanzas, y en última instancia las gubernamentales, aumentó el número de personas que crecieron sin que se le enseñara la moral de los mercados que se había desarrollado en el curso de los últimos 2.000 años.

Probablemente por primera vez desde la antigüedad clásica, una parte cada vez mayor de la población del estado industrial moderno creció sin aprender en la infancia que era indispensable responder tanto como productor como consumidor a todas las cosas desagradables que el cambiante mercado requiere. Este desarrollo coincidió con la difusión de una nueva filosofía, que enseñó a la gente que no debe someterse a ningún principio de la moral que no pueda ser justificado racionalmente.

Creo que, con la excepción de unos pocos hombres como Adam Smith (y él sólo de forma limitada), nadie antes de mediados del siglo XIX realmente podría haber respondido a la pregunta: ¿Por qué debemos obedecer a principios morales que nunca han sido justificados racionalmente? El hecho de que un gran número de personas aceptasen los principios morales que constituyen la base del sistema capitalista estaba apoyado por una nueva tendencia intelectual que les enseñó que estas costumbres no tenía ninguna justificación racional.
Ideales frente a supervivencia

Esta dicotomía explica la creciente oposición al sistema de mercado que se ha extendido mucho más allá de los partidos específicamente socialistas del siglo pasado. En el curso de la historia casi todos los pasos en el desarrollo de la moral comercial fueron combatidos con la oposición de los filósofos morales y profesores de religión, una historia lo suficientemente bien conocida y con detalle.

Ahora estamos en la situación extraordinaria en que, si bien vivimos en un mundo con una población numerosa y creciente que se puede mantener viva sólo gracias a la prevalencia del sistema de mercado, la gran mayoría de la gente (no exagero) ya no creen en el mercado. Se trata de una cuestión crucial para la preservación futura de la civilización y que debe ser encarada antes de que los argumentos del socialismo nos devuelvan a una moralidad primitiva. Una vez más, se deben suprimir los sentimientos innatos, que han brotado en nosotros una vez que se dejó de aprender la disciplina tensa del mercado, antes de que destruyan nuestra capacidad de alimentar a la población a través del sistema de coordinación del mercado. De lo contrario, el colapso del capitalismo asegurará que una parte muy importante de la población mundial morirá porque no podemos darle de comer.

Este es un problema serio, y uno que no ha tenido que ser resuelto en el pasado. La población mundial, ni siquiera las mentes de los líderes de ningún país, nunca serán persuadidas por argumentos teóricos de que deben creer en un cierto tipo de moralidad. No obstante, podemos demostrar que a menos que la gente esté dispuesta a someterse a la disciplina constituida por la moral comercial, será destruida nuestra capacidad para apoyar un mayor crecimiento de la población, o incluso para mantener sus números actuales, salvo en el relativamente próspero Occidente.

Yo no estaría de acuerdo en que el proceso de selección por el cual la moral del capitalismo ha evolucionado, produciendo lo que pocos libros de texto reconocen como sus “efectos beneficiosos sobre la sociedad en general”, consista en su totalidad en ayudar al crecimiento de la población. Muchos de los pueblos del mundo probablemente serían mucho más felices si el crecimiento de la población no hubiera sido estimulado en la medida en que se ha hecho. Sin embargo, la población mundial ha crecido a un tamaño que puede ser alimentado sólo por la adhesión a un sistema de mercado. Los intentos de sustituir el mercado demuestran (más gráficamente en Etiopía) la locura de la imposición de una alternativa.

Así como la prosperidad ha llevado a los pueblos más avanzados de forma voluntaria a restringir el crecimiento de la población, así también los pueblos que sólo muy lentamente están empezando a aprender esta lección urgente puede llegar a ver que no es de su interés crecer más rápidamente. En esta coyuntura crítica para el tipo de civilización que hemos construido, la contribución más importante que un economista puede hacer es insistir en que podemos cumplir con nuestra responsabilidad de mantener nuestra población existente sólo siguiendo confiando en el sistema de mercado, que trajo esta gran población a existir en primer lugar.

F.A.Hayek fue miembro fundador del Instituto Mises. Compartió el Premio Nobel de Economía con su rival ideológico Gunnar Myrdal “por su obra pionera en la teoría del dinero y las fluctuaciones económicas y por su penetrante análisis de la interdependencia de los fenómenos económicos, sociales e institucionales”.

Zambrana y el socialismo

Tontería económica

Zambrana y el socialismo

Carlos Rodríguez Braun

Según él, el principio que debe orientar al Estado es la eficiencia. ¡La eficiencia, oiga! Cree que si la coacción es eficiente, no debe tener límites precisos. Y a esto llama don Justo “equilibrio” entre libertad y coacción.

El economista y político socialista Justo Zambrana cree que durante los últimos 30 años hemos estado dominados por Hayek, nada menos. Claro, quien cree eso puede creer cualquier cosa, por ejemplo, que la crisis económica ha “negado la viabilidad del laissez-faire“. Vamos, que los impuestos, las regulaciones, las multas y las prohibiciones que han padecido los ciudadanos durante las últimas décadas se corresponden a los de una sociedad de mujeres y hombres libres. Miedo da pensar qué sería para don Justo una bonita comunidad sin esos desorbitados niveles cuasi anarquizantes de laissez-faire.

Diagnosticada de forma tan disparatada la realidad, el señor Zambrana pasa a definir cómo debería ser el socialismo. Y nos da cinco pautas: equilibrio entre mercado y Estado, igualitarismo, internacionalismo, ecologismo y alianza con las nuevas tecnologías. Houston, tenemos un problema, o más bien varios.

Primero, este sistema político en el que vivimos es precisamente el que quiere don Justo, y el famoso “equilibrio entre mercado y Estado” ha dado lugar a unos Estados que usurpan directamente en torno a un 40 ó un 50 % del PIB todos los años, y condicionan y regulan severamente el resto. ¿Cuánto más debe aumentar la coacción para que lleguemos a un punto satisfactorio para los socialistas? Lo inquietante del asunto es que este no es un problema para don Justo: según él, el principio que debe orientar al Estado es la eficiencia. ¡La eficiencia, oiga! Cree que si la coacción es eficiente, no debe tener límites precisos. Y a esto llama don Justo “equilibrio” entre libertad y coacción.

Segundo: “las sociedades solo son moralmente aceptables si son igualitarias”. Puede volver a leer esto usted todas las veces que quiera, pero no saldrá de su estupor: para este caballero la libertad no importa a la hora de aceptar moralmente una sociedad, sino la igualdad.

Tercero: “La economía actual es global y el capitalismo financiero actúa globalmente. Cualquier intervención política sobre la economía también debe ser global”. El pensamiento único repite esto con tanta insistencia como falta de fundamento. En efecto, si las personas libres pueden efectuar transacciones libremente entre países, ¿por qué eso va a significar que es imprescindible un ministerio Regulador Internacional?

Cuarto: la ecología o el delirio verde. “Esta es una civilización cortoplacista que puede topar pronto con los límites del planeta. El mercado capitalista no prevé, ni puede prever, los costes externos que su funcionamiento produce… hay muchos bienes que no pueden ser entregados a la lógica de los mercados”. O sea, don Justo de verdad pretende que creamos que la alternativa al mercado, es decir, los políticos y los burócratas, ellos sí prevén costes externos, ellos sí conocen los límites del planeta, ello sí hacen las cosas con una lógica mejor que la lógica de la libertad, ellos sí que atienden al largo plazo, y nunca a cosas ordinarias cortoplacistas como, por ejemplo, las próximas elecciones.

Quinto: alianza con las nuevas tecnologías. La tecnología ha sido siempre una fuerza a favor de la libertad. De ahí la pasión de los antiliberales por controlar, vigilar, prohibir y bloquear las tecnologías modernas. Pero don Justo dice que quiere aliarse con ellas. No sé qué tal les caerá su propuesta a los socialistas que quieren restringir la libertad con toda suerte de bonitas excusas como “neutralidad en la red”, “defender la cultura”, y demás apotegmas que nunca apuntan a salvaguardar la libertad individual. ¿No será precisamente esto lo que el señor Zambrana entiende por “alianza” con la tecnología?

Obama en la cresta de la ola

Obama en la cresta de la ola

Publicado por guido

Fuente: Google

Según una reciente encuesta el presidente Obama habría alcanzado una aprobación en su gestión del 60% de los norteamericanos. No sólo eso: el 50% de los encuestados estaría dispuesto a votar por él en las elecciones de fines del año próximo. Por último, el 52% de las personas a las cuales se les preguntó aprueban el manejo del presidente en lo respecta a la economía del país. ¿Quiere decir esto que la mitad de la gente que vive en los EUU está a favor del incremento del gasto público y el endeudamiento del gobierno a niveles claramente insostenibles? Es probable. Hay gente que juega a la ruleta rusa o realiza apuestas más peligrosas que ponen en riesgo su vida, no?

El peso del gobierno, medido en términos del PIB, ya alcanza el 40% en los EEUU, cuando hace una década era del 30%. La deuda pública ya se ubica en aproximadamente un 85% del PIB cuando no hace mucho era del 60%. ¿Qué significan estos niveles? Que alguien tendrá que pagar la cuenta. Es probable que muchos de los que en este tipo de encuestas manifiestan su conformidad con la gestión del presidente Obama (también sucedía con Bush cuando también no paraba de aumentar el gasto y la deuda pública) no sepan las consecuencias que tendrá en sus vidas el exceso de estatismo. Es probable que crean que el creciente intervencionismo estatal vía un mayor gasto público y/o regulaciones al sector privado tenga efectos positivos. O quizás el hecho de la muerte de Osama Bin Laden genere este sentimiento de euforia colectiva que hace opacar los problemas económicos de la vida diaria: el desempleo, la caída de ingresos, las empresas que quiebran, etc.

Lo que sí es seguro es que la “fiesta” del crecimiento del tamaño del Estado norteamericano tendrá que pagarse, más tarde o más temprano. Y cuando la situación fiscal en los EEUU provoque los mismos problemas que hoy están sufriendo los griegos, irlandeses o portugueses quizás el reelegido Obama ya esté disfrutando de una primaveral jubilación. ¿Quién se hará responsable de la irresponsabilidad fiscal de estos años? Sabemos que Santa Claus y los Reyes magos no existen, por lo tanto, alguien pagará los “platos rotos”. ¿Quieren apostar quién paga la cuenta?

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