Irán propone a China crear un banco binacional y abandonar el euro y el dólar

Irán propone a China crear un banco binacional y abandonar el euro y el dólar

El Economista, Madrid

Irán ha propuesto a China la creación de un banco binacional que contribuya a facilitar las transacciones económicas, financieras y comerciales entre los dos países, anunció hoy la agencia en noticias estatal Irna.

Según la fuente, la idea fue transmitida esta mañana por el director de la Organización iraní para la Promoción del Comercio, Hamid Safdel, durante una entrevista mantenida con el embajador de Pekín en Teherán, Yuhong Yang.

La oferta incluye una propuesta para marginar el uso del euro y el dólar y realizar todas las transacciones en las divisas propias de ambos países.

Además, la ambición es crear nuevos comités de comercio conjuntos a distintos niveles, a través de la firma de tratados de entendimiento, que facilitarán la apertura de líneas de crédito y la creación de empresas comunes, así como una mayor flexibilidad en los trámites aduaneros.

Según cifras oficiales iraníes, el intercambio comercial entre los dos países se ha multiplicado por diez en la última década hasta alcanzar los 30.000 millones de dólares, con una balanza claramente favorable a China.

Asadollah Asgaroladi, presidente de la cámara de comercio chino-iraní, ha pronosticado que este intercambio se situará en torno a los 50.000 millones de dólares en los próximos cinco años.

Entre otros negocios, en los últimos años empresas nacionales y privadas chinas se han hecho con importantes contratos petroleros abandonados por otras multinacionales occidentales a causa de las sanciones impuestas por la ONU a Irán debido a las sospechas que se desprenden de su conflictivo programa nuclear.

Correa entre la democracia liberal y la tentación de la democracia dictatorial

Correa entre la democracia liberal y la tentación de la democracia dictatorial

Rafael-correa-socialismo-siglo-xxi Por Carlos Alberto Montaner

El Periódico, Guatemala

El presidente Correa convocó a un referéndum para cambiar a Ecuador y acabó descubriendo que quien debe cambiar es él. Cuando redacto estos papeles no se sabe si ganó o perdió la consulta (probablemente triunfó por los pelos), pero lo importante fue confirmar que el país está dividido a la mitad, lo que anula la suposición de que solo lo adversan los “pelucones” de la burguesía urbana.

Si Correa fuera un estadista sereno advertiría que no hay consenso para su “revolución ciudadana”, cuyo propósito oculto es dotarle de poderes ilimitados. Los ecuatorianos seguramente coinciden cuando él afirma que el Poder Judicial está podrido –como prácticamente todo el aparato estatal–, pero la forma de adecentarlo no es entregarle toda la autoridad al Presidente para que asuma los otros poderes que equilibran y dan sentido y forma a la estructura republicana. La mitad de los ecuatorianos tampoco está de acuerdo en controlar las informaciones y las opiniones que vierte la prensa.

El Estado no está para vigilar a la prensa sino al revés. Lo grave no es que los accionistas de un diario lo sean también de una fábrica de tornillos, sino que el Estado controle medios de comunicación en donde jamás se investigará a los funcionarios públicos y mucho menos al Presidente. Ahí sí existe un conflicto de intereses intolerable en una sociedad moderna y progresista.

Lo que pretende el presidente Correa es demoler los cimientos de la “democracia liberal” y sustituirlos por una “democracia dictatorial”.

No estoy jugando con las palabras. La democracia liberal es el tipo de Estado en el que la masa consiente en ser gobernada, si constitucionalmente se establece una división de poderes que limita la autoridad de los mandatarios, y si existe una economía de mercado donde la producción recae, fundamentalmente, en la sociedad civil. O sea, el modelo de convivencia de los treinta países más desarrollados y felices del planeta.

En cambio, la democracia dictatorial, descrita y defendida por el dominicano Juan Bosch en Dictadura con respaldo popular, un ensayo de 1969, revivida por Chávez en el Socialismo del siglo XXI, es un Estado donde la autoridad, ejercida por un caudillo legitimado en las urnas por una mayoría que abdica de sus derechos y del control de sus vidas, es impuesto a la masa para su gloria y beneficio, algo que casi nunca sucede, porque los 30 pueblos más pobres y desdichados del planeta caen, precisamente, en esa categoría.

¿Rectificará el presidente Correa? Ojalá, pero me temo que no. No hay síntomas de que sea capaz de asumir humildemente una visión autocrítica. No está en su naturaleza.

El Salvador: El dilema de Funes

El Salvador: El dilema de Funes

Printer-friendly versionSend to friend Comparte estopor Manuel Hinds

Manuel Hinds es ex Ministro de Finanzas de El Salvador y co-autor de Money, Markets and Sovereignty (Yale University Press, 2009).

El presidente Funes está en un dilema que es considerado clásico en el análisis de políticas públicas —el del político que para llegar a la presidencia hace promesas que son contradictorias en términos de los objetivos que ofrece lograr y las acciones que ofrece tomar para lograrlos.

El dilema se da cuando el político se da cuenta de que si hace las cosas que prometió hacer va a lograr lo contrario de los objetivos que dijo que lograría, y que para lograr los objetivos que ofreció tendría que hacer lo contrario de lo que prometió hacer. Es como si usted promete que va a lograr que una planta siga viva y crezca más rápido, y que lo logrará cortándole el agua. Si cumple con la promesa de cortarle el agua, la planta se va a morir, con lo que incumplirá la promesa de mantenerla viva y hacerla crecer; si cumple con la promesa da hacer que viva y crezca, tendrá que regarla, con lo que dejará de cumplir la promesa de cortarle el agua. Este es el dilema del que hablamos.

Entre otras cosas, el presidente prometió mejorar la seguridad ciudadana. Pero con este objetivo iba una promesa implícita de que lo iba a hacer con acciones consistentes con la idea de la izquierda intelectual de que la criminalidad es el resultado de las injusticias de la sociedad capitalista. Desde esta perspectiva, los criminales son víctimas del resto de la sociedad. Lógicamente, no puede ni debe hacerse nada contra ellos mientras la sociedad no alcance un cierto nivel de perfección y justicia. Mientras tanto, no hay que hacer nada.

Este razonamiento encaja perfectamente con lo que el presidente ha hecho con respecto a la criminalidad desde que tomó el poder: exactamente nada. El problema es que al no hacer nada la realidad está yendo en el sentido contrario de lo que el presidente prometió en términos de objetivos: la criminalidad no está disminuyendo y en realidad está aumentando. De esta manera, el presidente está cumpliendo con sus promesas del tipo de acciones que tomaría pero incumpliendo las de los objetivos que estas acciones supuestamente iban a lograr.

El dilema se manifiesta no sólo en seguridad pública. También se ve claramente en la política económica. Sus partidarios en el FMLN querían dos cosas: que atacara al sector privado (con insultos, con trabas para la inversión, con costos adicionales) y que la economía creciera con inversiones que crearían nuevos y mejores empleos. Por supuesto, las dos promesas se contradicen. Si usted quiere que haya inversión, no puede lograrlo a través de insultar, y culpar de todo a los inversionistas. O se saca las cóleras que les tiene a los inversionistas, o logra que haya más inversión o empleo, pero no puede lograr las dos cosas a la vez.

Igual que en el caso de la seguridad, el presidente Funes ha decidido cumplir con las acciones, no con los objetivos, y se ha dado entero a atacar continuamente al sector privado, a acusarlo de no invertir cuando todos sus esfuerzos están orientados a forzar a los inversionistas a que no inviertan, a llevarlos a una esquina en la que se sientan acosados e injustamente culpados por haber invertido exitosamente en el pasado

Quizás en esto haya un factor anímico. ¿Por qué prometería usted cortarle el agua a una planta? Quizás usted odia a la planta, detesta verla verde y rozagante, y quisiera verla destruida, a cualquier costo, y por eso se siente feliz al dejar de regarla y cortarle las hojas. Si la planta fuera suya, usted podría clamar que tiene derecho a destruirla —aunque hay muchos ecologistas que le negarían ese derecho. Pero es claro que no tiene ningún derecho de hacerlo si los empleos de miles de personas dependen de que la planta viva, y si con cada hachazo que le da a las hojas usted deja a muchos sin trabajo. Las políticas públicas no deben ser diseñadas con cóleras sino con pragmatismo.

Hay lecciones para el pueblo y para el presidente en el análisis de este dilema. El pueblo tiene que entender que el resentimiento, las cóleras, las envidias, son emociones negativas que llevan a la destrucción, no al progreso. El pueblo tiene que aprender a no poner personas movidas por emociones negativas en posiciones de poder, en las que pueden, motivados sólo por sentimientos personales, están dispuestos destruir lo que tanto ha costado construir al pueblo entero.

Pero el presidente Funes también debe confrontar este dilema. ¿Qué legado dejará al país? ¿resultados positivos, mayor empleo, menos crimen? ¿o será recordado sólo un conducto para la ventilación de emociones negativas —cóleras, resentimientos, y odios? Ojala escoja el lado positivo y no el lado de la destrucción. Eso es lo que diferencia a un agitador de un estadista.

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