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China crece “más rápido, más alto, más fuerte”

por James Dorn

James A. Dorn es Vice-presidente para Asuntos Académicos de Cato Institute y especialista en China y coautor de China’s Future: Constructive Partner or Emerging Threat? (El Futuro de China: ¿Socios Constructivos o Amenaza Emergente?).

Desde una perspectiva económica no hay un país que mejor represente el lema olímpico –más rápido, más alto, más fuerte- que China. Durante los últimos 30 años de su apertura al mundo y su liberalización económica, China ha crecido hasta convertirse en la tercera nación más importante para el comercio mundial y en la cuarta economía mundial. Además, el incremento en la libertad económica ha aumentado el rango de decisiones personales y le ha dado a millones de personas la oportunidad de salir del sector estatal y “saltar hacia el mar de la empresa privada”.

Durante la Revolución Cultural, dominaba el centralismo, el capitalismo era un crimen, y Mao Zedong hizo un llamado a la gente para “golpear con fuerza hasta a la más leve señal de propiedad privada”. Hoy en día, casi todos los precios son fijados por la demanda y la oferta del mercado, los capitalistas pueden formar parte del Partido Comunista de China y la República Popular China proclama en su constitución, “La propiedad privada obtenida legalmente es inviolable”.

La Ley de Propiedad, promulgada en el 2007, da una mayor protección al sector privado y a los derechos individuales de propiedad. Esa legislación refleja la influencia política de la creciente clase media y de empresarios privados quienes tienen interés en una continua liberalización económica, lo que les ha permitido un estilo de vida que pocos habrían soñado con tener, tan solo hace un corto tiempo. Millones de personas ahora disfrutan de la privacidad en sus hogares y autos, la libertad de viajar y los enormes beneficios de los celulares y el Internet.

Mientras en China ganaría una medalla de oro por su desempeño económico desde 1978, claramente no fuera medallista en la búsqueda de la libertad personal. Pero tampoco estuviera en el último puesto. En 1995, la periodista china Jianying Zha en su libro China Pop asevera que “Las reformas económicas han creado nuevas oportunidades, nuevos sueños y en cierta medida una nueva atmósfera y nuevas actitudes… Hay una sensación creciente de mayor espacio para la libertad personal”. Muchos estarían de acuerdo.

Hubiese sido tonto enfocarse solo en los defectos de China sin reconocer el progreso que mejora la vida de la gente –el progreso debido a la eliminación de restricciones en las decisiones económicas y personales, y no debido al centralismo. En particular, la globalización y la revolución de la información han jugado papeles cruciales en el desarrollo de China. Sin los beneficios del comercio, China fuera pobre todavía.

El paso lento de la reforma política y la violación de los derechos humanos debería ser de gran preocupación, pero utilizar sanciones comerciales contra China para que esta promueva los derechos humanos tendría el efecto contrario. A diferencia del comercio, el proteccionismo niega a los individuos la libertad para expandir sus alternativas efectivas, limitando así sus decisiones. Las sanciones fortalecerían el nacionalismo económico, perjudicado a los consumidores estadounidenses, y le daría más fuerza a los conservadores en Pekín.

No tiene sentido usar un instrumento tan obtuso en un intento de “avanzar” en cuanto a derechos humanos en China cuando el comercio en sí es un derecho humano importante. En lugar de ello, EE.UU. puede ayudar a los chinos continuando su política de interacción y evitando un proteccionismo destructivo.

El comercio incrementa la riqueza de las naciones y reduce el riesgo de conflicto. Hong Kong, la economía más libre del mundo, aprendió hace mucho tiempo los beneficios del comercio internacional y del estado de derecho. Su estrategia de desarrollo –“estado pequeño, mercado grande”- ha influenciado claramente a la China continental y el “virus de la libertad” se está propagado.

El desafío de la nueva generación de líderes de China es el de continuar en el sendero del “desarrollo pacífico” y no dejar que la política obstaculice el mercado. Si China pretende prosperar y convertirse en la mayor economía mundial, Pekín necesita dejar que se marchite el socialismo de mercado y que florezca el liberalismo de mercado. Esa transformación requerirá un sistema transparente y legal que proteja por completo los derechos de las personas a la vida, la libertad y la propiedad.

Para ayudar a China a lo largo de ese proceso, EE.UU. debería continuar su Diálogo Económico Estratégico iniciado por los presidentes Bush y Hu Jintao. Otros dos pasos positivos serían terminar la discriminación contra China en los casos de antidumping reconociendo a la República Popular China como una economía de mercado y admitir a China al G-8 como un poder normal en crecimiento. Esos actos de amistad reasegurarían a Pekín que EE.UU. le da la bienvenida al crecimiento de China y no la ve como un enemigo inevitable. Al mismo tiempo no debemos ignorar las violaciones a los derechos humanos que ocurren y el uso de la presión diplomática para ayudar a llevar a China hacia un legítimo Estado de Derecho.

Mientras los turistas admiran la asombrosa arquitectura en Pekín y otras ciudades, no deben olvidarse que lo que cuenta a largo plazo no es la infraestructura física sino las instituciones formales e informales que limitan el poder del gobierno y realzan la libertad.

Finalmente, el pueblo chino debe determinar la forma de sus instituciones gubernamentales y de otro tipo, pero EE.UU. puede ayudar sosteniendo los mismos principios liberales de mercado que quiere que China adopte. Al final del día, adhiriéndose a una agenda de libre comercio, el gobierno estadounidense podría mostrarle al pueblo chino que los estadounidenses practican lo que predican.

Utopía y violencia

por Gabriela Calderón

Gabriela Calderón es editora de ElCato.org y columnista de El Universo (Ecuador).

Guayaquil, Ecuador—Este es el título que el filósofo Karl R. Popper le dio a un capítulo de su libro Conjeturas y refutaciones.1 En ese capítulo Popper argumenta que las utopías derivan, inevitablemente, en violencia. El documento hecho en Montecristi nos propone la utopía de un Ecuador donde todos los ecuatorianos seamos iguales (formal y materialmente según dice el artículo 66).2

Las revoluciones sangrientas del siglo XX tenían en común una pasión por la igualdad que superaba a aquella por la libertad.

En 1989 se cumplió el segundo centenario de la Revolución Francesa, así como también cayó el muro de Berlín. Marc Fumaroli de la Academia Francesa, dice que en ese año “De pronto, se hizo imposible no sólo esconder o atenuar, en nombre del postulado de un radiante porvenir, el carácter carcelario del régimen soviético y el río de sangre y de torturas que su tiranía no había dejado nunca de hacer correr, sino también negar por más tiempo el giro feroz y sangriento que había tomado en 1792 la Revolución Francesa: la igualdad y los derechos del hombre impuestos en París y en las provincias por la cuchilla de la guillotina”. Luego añade que “Todos los Terrores ‘rojos’ del siglo XX han procedido de ideologías igualitarias tan sumarias y abstractas como aquélla (de la Revolución Francesa)”.3

Pero volviendo a Popper, este decía que las utopías presuponen una sociedad ideal y que es imposible concebir tal sociedad a través de los métodos científicos y de la lógica. Por ende, las diferencias de opinión acerca de cómo debería ser esa sociedad ideal “no siempre pueden ser resueltas a través del método de la argumentación”. Entonces, “el utópico debe ganarse, o destruir, a los utópicos que compiten con él y que no comparten sus objetivos utópicos y quienes no profesan su religión utópica”. Y para destruirlos el utópico se debe valer de la violencia, la cual según Popper comprende la propaganda, silenciar a los críticos y la aniquilación de toda oposición.

Los planes utópicos suelen pedir el sacrificio del individuo por el todo (la Constitución de Montecristi así lo pide en el artículo 83) o por generaciones futuras. No obstante, Popper decía que “ninguna generación debe ser sacrificada por el bien de una generación futura. . . nunca deberíamos pretender balancear la miseria de alguien con la felicidad de otro”. Además que “Aquellos entre nosotros que creemos en el hombre como es, y que por lo tanto no hemos renunciado a la esperanza de derrotar la violencia y la irracionalidad, debemos demandar…que a cada hombre se le permita dirigir su propia vida en todo momento en que esto sea compatible con el igual derecho de otros”.

El reino de los “filósofos reyes”—individuos que equivocadamente creen que el conocimiento y la razón son instrumentos que justificarían que ellos se tomen el poder y ejerzan violencia, si es necesaria para lograr sus fines utópicos—pone en peligro la libertad y la paz en nuestro país.

El día que nos gobiernen individuos verdaderamente racionales—que según Popper son aquellos que siempre “están concientes de lo limitados que son sus conocimientos, y del simple hecho de que cualquier habilidad crítica que poseen se la deben a la interacción intelectual con otros”—tendremos un gobierno que no nos prometa el “buen vivir”, o algo parecido al cielo en la tierra, sino solamente los derechos más elementales. La revolución que necesitamos es aquella que nos garantice igualdad ante la ley, no la igualdad formal y material que solo una guillotina puede intentar garantizar.

Rusia y la oportunidad perdida

por Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner es periodista cubano residenciado en Madrid.

Hace casi 20 años, cuando la URSS se tambaleaba, conversé con Boris Yeltsin y saqué dos conclusiones curiosas: le gustaba tomar vodka en las mañanas y había perdido toda su fe en el comunismo. Nunca supe si el alcohol, al revés de lo que suele ocurrir, le aclaraba el razonamiento, pero es posible. Era más brillante y alegre que sobrio. En aquella época, su mayor preocupación era que el KGB lo ejecutara paralizándole el corazón por medio de unas ondas especiales que emitía un arma secreta. Yo me empeñaba en hablar de la perestroika y él de su temor a que lo asesinaran. Tal vez era comprensible.

Poco tiempo después, cuando ya Yeltsin mandaba en el Kremlin, me entrevisté con Andrei Kozyrev, su ministro de Relaciones Exteriores, para hablar, esencialmente, de Cuba. Kozyrev, un diplomático de carrera, me pareció una persona mucho más sensata, educada e inteligente que su jefe. Se había rodeado de un magnífico equipo y participaba de una convicción entonces muy generalizada en el país: había que liberar a Rusia del peso terrible de la Unión Soviética. La cruzada internacional por conquistar nuevos territorios dentro del escenario de la guerra fría había ahogado las posibilidades de desarrollo.

Colgar del presupuesto de Moscú a líderes aventureros e incapaces, incontrolablemente pedigüeños y pésimos administradores, como Fidel Castro, el etíope Mengistu o el nicaragüense Daniel Ortega, en gran medida había provocado el colapso financiero del imperio soviético. En ese momento el déficit nacional ascendía a unos ochenta mil millones de dólares. Sólo el subsidio a Cuba en los treinta años de padrinazgo había excedido los cien mil millones de dólares. Era la primera vez que las colonias saqueaban y arruinaban a la metrópolis.

Entre los reformistas cercanos a Kozirev, junto a la certeza de que la conquista del planeta había sido una empresa demasiado costosa y contraproducente, se había abierto paso otra idea clave: no había que combatir a Occidente, sino abrazarlo, imitarlo, invitarlo a invertir, y competir dentro de las reglas del juego del capitalismo de mercado. Aquellos diplomáticos entendían que Rusia no tenía por qué convertirse en contrapeso de nada, ni jugar a una bipolaridad que sólo podía traerle conflictos y pobreza al país. Al fin y al cabo, Rusia era la nación más grande de Occidente, la tercera Roma —la segunda había sido Constantinopla— y no tenía sentido adoptar una actitud de hostilidad contra un mundo que era tan de ellos como de Francia o Inglaterra.

Todo esto viene a cuento de la actitud de Rusia en el conflicto entre Georgia y Osetia del Sur. Es muy probable que el presidente georgiano Mijail Saakashvili haya actuado temerariamente al atacar en su afán de reconquistar ese territorio, pero parece evidente que Moscú estaba esperando la oportunidad para darle un zarpazo. El movimiento de tropas de Georgia comenzó el 8 de agosto. El 20 de julio, 19 días antes, ya los rusos conocían los planes de Saakashvili y habían desatado una guerra cibernética encaminada a desmantelar las comunicaciones por internet del borrascoso país vecino.

Era una magnífica coyuntura para propinarle un escarmiento a los georgianos y al resto del mundo, y muy especialmente a Estados Unidos que apadrinaba el ingreso de Georgia en la OTAN.

Mi impresión es que Estados Unidos y Europa (por incapacidad y por padecer una penosa cortedad de miras) perdieron una excelente oportunidad de fomentar el espasmo occidentalista de Rusia ocurrido tras la desaparición de la URSS. Aquél fue un momento mágico para apostar por una de las dos fuerzas contrarias que desde el siglo XVIII pugnan en la sociedad rusa: una (tal vez la más débil) que se asocia a Occidente y suscribe la pasión por el progreso y la modernidad, y la otra, más oscura, perniciosamente nacionalista, con un peligroso tinte de paranoia, que sospecha de cualquier influencia extranjera y trata a los demás países como enemigos potenciales. Esa parece ser la Rusia que hoy prevalece de la mano del tándem Medvedev-Putin y a la que apoya la mayoría de la población.

¿Puede la diplomacia occidental tratar de revertir esta tendencia?

No sé: me temo que el presidente Bush carece de la refinada visión que requeriría un esfuerzo de ese tipo, mientras en Europa, muy dividida y sin una cabeza visible, tratan de apaciguar a Rusia, no de sentarla a la mesa a compartir el festín. Por este camino vamos, otra vez, a una nueva y absurda variante de la guerra fría.

El tribunal de Dios
Alvaro Vargas Llosa

Washington, DC—El reciente foro celebrado en la iglesia de Saddleback, en el que los aspirantes presidenciales de los EE.UU., Barack Obama y John McCain, respondieron a las preguntas del pastor Rick Warren, la nueva estrella del movimiento cristiano evangélico, sólo puede darse en los Estados Unidos. El resto del mundo observó atónito cómo los dos políticos proclamaban su fe ante el tribunal de Dios, procurando persuadir al jurado de que su posición frente al aborto, el matrimonio gay, las investigaciones con células madre, el altruismo estatal y otros “valores” no se aparta (demasiado) del dogma.

No es que la conducta de Warren o sus seguidores fuera intolerante. Todo lo contrario: tanto el anfitrión como el auditorio fueron afables y justos. Pero el foro puso de relieve el examen que McCain, un conservador del que muchos conservadores desconfían, y Obama, un creyente al que algunos conservadores creen un musulmán emboscado, están teniendo que rendir ante la comunidad evangélica, un factor decisivo en la política estadounidense.

Lo fascinante del evento no fueron las preguntas o las respuestas; ni siquiera, como señalan muchos comentaristas, las diferencias de estilo entre el socrático Obama y el marcial McCain. Fue lo que el foro le dijo al resto del mundo acerca de los Estados Unidos.

El encuentro en Saddleback, una iglesia gigantesca en el Condado de Orange, en California, puso en evidencia un tema central en la historia estadounidense: la tensión entre lo teocrático y lo secular. Esa tensión estuvo presente desde los orígenes de la nación, en la distinción entre los colonos originales de Virginia, cuya ambición no se subordinaba a la religión, y los peregrinos del Mayflower, que querían establecer el reino de Dios. Y los historiadores han visto en el “Gran Despertar” —el renacimiento religioso ocurrido en los Estados Unidos del siglo 18— la matriz de la que surgió la Revolución: el historiador británico Paul Johnson considera el hecho de que la Revolución Americana fuera “un evento religioso” la diferencia esencial con la Revolución Francesa. Y sin embargo la Constitución de los EE.UU. es un documento secular que prácticamente ignora la religión hasta la Primera Enmienda, donde queda grabada en piedra la separación entre la Iglesia y el Estado.

En épocas contemporáneas, hubo periodos —la “contracultura” de los años 60, el fallo de la Corte Suprema a favor del aborto en 1973— en los que el impulso secular sacó ventaja; luego vino la resaca teocrática: el renacimiento evangélico que comenzó en la década del 80 y con el que uno de cada cuatro estadounidenses se identifica hoy día.

Esa confrontación no resuelta –el gigante en la sala del foro de Saddleback— es la que dificulta que el Partido Republicano se convierta verdaderamente en el partido del Estado pequeño. La tensión entre teocráticos y seculares en la sociedad en general se reproduce en el alma de los republicanos conservadores, escindidos entre la libertad individual —su creencia en la libre posesión de armas o su aversión a los altos impuestos— y el Estado Moral: su convicción de que el Estado debe ser agente de los “buenos” valores morales.

Hay épocas en las que lo secular desplaza a lo teocrático entre los republicanos conservadores. En tales momentos, como sucedió con Barry Goldwater en los 60, el Partido Republicano produce dirigentes que se inclinan por una sociedad liberal, con Estado pequeño. Pero hay épocas en las que la pulsación teocrática es más fuerte. Eso explica a George W. Bush y el férreo crecimiento del Estado bajo su presidencia. La libertad individual y la ingeniería moral son la sístole y la diástole del corazón republicano.

De manera similar, resulta dramática la contradicción entre los demócratas. Pese a que éstos han hecho concesiones a los conservadores por necesidad política, la conversación de Obama con Rick Warren nos recordó que el Partido Demócrata no quiere que el Estado le imponga valores a la sociedad mediante la coacción. Esta es una convicción secular que favorece el Estado pequeño. Pero la fe en el Estado como agente de la justicia social en todos los ámbitos, desde el alivio de la pobreza hasta la política energética o la sindicalización de los trabajadores, es una receta que exige un Estado grande. Es también una especie de proposición teocrática: el Estado como agente de la bondad.

¿Alguna vez se disipará en la política estadounidense la tensión entre lo secular y lo teocrático, entre Estado pequeño y Estado grande? ¿Se necesitará un tercer partido o el cambio vendrá al interior de uno de los dos existentes?

Sospecho que es más probable que la solución a este conflicto se origine dentro de uno de los dos partidos. Al menos, el esclarecedor evento de la iglesia de Saddleback sacó a la superficie estas verdades fundamentales.

Estiman que hay 11,8 millones de mexicanos en EEUU

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Un oficial de Inmigración de Estados Unidos remueve las esposas de un grupo de ilegales mexicanos que fueron devueltos a su país.
Guillermo Arias / AP
Un oficial de Inmigración de Estados Unidos remueve las esposas de un grupo de ilegales mexicanos que fueron devueltos a su país.

El número de mexicanos radicados en Estados Unidos asciende a unos 11,8 millones, y se calcula que alrededor de 580.000 nacionales emigran anualmente al vecino país del norte, según estimaciones divulgadas el miércoles por funcionarios federales.

La responsable de población y migración de la Secretaría de Gobernación, Ana Teresa Aranda, dijo durante un foro sobre la temática migratoria que en 2007 vivían en Estados Unidos 11,8 millones de mexicanos y sumados sus descendientes la cifra de personas de origen mexicano en aquel país es de unos 30,3 millones de personas.

El 93% de los mexicanos radicados en el país del norte llegaron ahí a partir de la década de 1970 y actualmente sólo 21,5% contaba con la ciudadanía estadounidense, añadió la subsecretaría de Población.

Con base en cifras mexicanas y estadounidenses, Aranda refirió que pese a que los mexicanos son la principal mano de obra inmigrante en diversos sectores (85% en agricultura, pesca y silvicultura; 56% en construcción y mantenimiento), su trabajo se desarrolla en labores que requieren poca capacitación, “lo que se traduce en salarios muy bajos e incide negativamente en su calidad de vida”.

Refirió que los mexicanos reciben un salario promedio de 24.000 dólares anuales, lo cual representa alrededor de 15.000 dólares menos que el promedio del resto de los inmigrantes y de la población nativa.

Añadió que se estima que 8 de cada 10 trabajadores de origen mexicano de 24 años o más no concluyeron la preparatoria.

Para Aranda, esas cifras muestran la importancia demográfica, laboral y cultural de los connacionales en Estados Unidos, y la necesidad de que haya “una reforma migratoria de largo alcance que reconozca el papel de los mexicanos en la construcción de la prosperidad de los Estados Unidos y la profunda interdependencia que existe entre ambas naciones”.

Mientras, el secretario del Consejo Nacional de Población, Félix Vélez, dijo que se estima una emigración anual de alrededor de 580.000 mexicanos hacia Estados Unidos.

México, un país con cerca de 107 millones de habitantes, ha tenido una larga tradición de emigración hacia Estados Unidos, donde según estimaciones oficiales radica más del 98% de los mexicanos que viven en el extranjero.

La emigración también ha hecho que el envío de remesas se hayan convertido en una importante fuente de divisas, para ubicarse en segundo lugar apenas detrás de la venta de petróleo.

En el primer semestre del 2008, los envíos ascendieron a 11.601 millones de dólares, una disminución de 2,2% respecto al mismo periodo del año anterior.

En 2007 las remesas sumaron 23.979 millones de dólares que representaron un alza de apenas 1% con relación al 2006, cuando habían aumentado 15,1%.

Soldados rusos se atrincheran en Georgia pese a promesas de Moscú

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Soldados rusos en vehículos blindados recorren los alrededores de Gori, al noroeste de Tiflis, la capital de Georgia, el martes 19 de agosto de 2008.
Mikhail Metzel / Foto AP
Soldados rusos en vehículos blindados recorren los alrededores de Gori, al noroeste de Tiflis, la capital de Georgia, el martes 19 de agosto de 2008.

Las tropas rusas cavaron trincheras y establecieron puestos de centinelas el miércoles en el centro de Georgia, bastante afuera de la zona de seguridad en la que están autorizados a permanecer, sin dar muestras de la retirada que prometieron.

Entretanto, un convoy de camiones de plataforma llevaban ayuda alimentaria necesitada urgentemente por los georgianos a una de las áreas más afectadas por las hostilidades, que empezaron el 7 de agosto. Permanecían tensas, sin embargo, las condiciones en gran parte del país en medio de incertidumbre sobre las intenciones de las fuerzas rusas que entraron profundamente en territorio georgiano.

En una escuela de entrenamiento militar en la ciudad montañesa de Sachkhere, un centinela georgiano dijo temer que las fuerzas rusas cumplirán su amenaza de regresar después de una confrontación tensa el día anterior.

El centinela, que sólo se identificó como el cabo Vasily, dijo que 23 tanques rusos, transportes blindados de tropas y armas pesadas se presentaron el martes a la base y exigieron que se les dejara entrar. Los georgianos se negaron y los rusos partieron después de un compás de espera de 30 minutos, pero juraron regresar después de destruir con explosivos algunas instalaciones en el poblado de Osiauri, agregó.

El Ministerio de la Defensa de Georgia dijo el miércoles que los soldados rusos destruyeron varias instalaciones de logística militar en Osiauri, pero no fue posible confirmarlo de inmediato.

Los soldados rusos estaban instalando campamentos en por lo menos tres posiciones en el centro-oeste de Georgia. Más al este, los soldados estaban construyendo un puesto para centinelas en una colina fuera de Igoeti, el punto más cercano a la capital, Tiflis, donde las tropas rusas han mantenido una presencia significativa.

Entretanto, un general ruso anunció el miércoles que instalará varios puestos de avanzada que estarán a cargo de centenares de soldados en la así llamada “zonas de seguridad” que rodea Osetia del Sur, la región separatista georgiana con respaldo ruso que fue el detonante de un enfrentamiento este mes que trajo tropas rusas hasta Georgia.

El cese de hostilidades, que requiere que ambas partes se retiren a sus posiciones previas al conflicto, permite que Rusia mantenga tropas en una zona que se extiende 7 kilómetros (4,3 millas) dentro de Georgia y a lo largo de la frontera con Osetia del Sur.

El coronel general Anatoly Nogovitsyn, subjefe del estado mayor ruso, dijo a periodistas el miércoles que Rusia construirá una línea doble de puestos de control, por un total de 18 en la zona de seguridad, con aproximadamente 270 soldados a cargo en la línea frontal.

Dijo que la zona de seguridad estará a apenas 40 kilómetros (25 millas) de Gori, pero esa ciudad estratégica está mucho más cerca de los presuntos límites de la zona que esa distancia.

Los planes muestran claramente el objetivo de Rusia de solidificar completamente su control en Osetia del Sur.

Por ahora, Osetia del Sur forma teóricamente parte de Georgia, pero Rusia ha dicho que aceptará lo que los líderes de Osetia del Sur decidan sobre su estatus futuro: algo que casi seguramente será una declaración de independencia o una petición para incorporarse en Rusia.

Los líderes de Occidente han enfatizado que Georgia debe retener sus fronteras actuales.

El presidente estadounidense, George W. Bush, dijo el miércoles en Florida que las regiones disidentes de Osetia del Sur y Abjasia son parte de Georgia y que Washington trabajará con países aliados para defender la independencia de Georgia y su integridad territorial.

El presidente ruso Dimitry Medvedev ha dicho que sus fuerzas completarán su retirada el viernes, pero se han visto pocos indicios de salida que no sea una pequeña porción de las tropas que han tomado la estratégica ciudad de Gori, 40 kilómetros (25 millas) al oeste de Igoeti.

La toma rusa de Gori y varios poblados de la región han dejado a miles de personas con escasez de alimentos y la incertidumbre sobre suministros futuros. Nueve camiones de plataforma que llevaron ayuda del Programa Mundial de Alimentos podrían traerles un poco de alivio por unos días.

Las fuerzas rusas en Georgia parecen tratar de debilitar al ejército de Georgia antes de retirarse, mediante la detención de prisioneros de guerra y la destrucción de equipos militares.

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