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El veleidoso Obama

Ni un titubeo. Ni un parpadeo. Ni rastro de vergüenza. Para cuando haya terminado, Obama hará parecer escrupulosos a los mismísimos Clinton.

Las cosas claras: Barack apoyará la obstrucción a cualquier ley que incluya inmunidad retroactiva para las compañías de telecomunicaciones.

Bill Burton, portavoz de Obama, 24 de octubre de 2007

Eso era entonces: había primarias demócratas que ganar y activistas políticos virtuales que seducir. Todo esto, Hillary Clinton incluida, quedo atrás. Ahora Obama dice que votará a favor de la nueva ley FISA que extiende la inmunidad por las escuchas post-11 de Septiembre a las compañías de telecomunicaciones.

Por aquel entonces, el año anterior a las primarias, Obama descalificaba totalmente el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y prometía forzar una renegociación, “fustigar” a Canadá y México, y amenazar con la denuncia unilateral del acuerdo. Ahora ya ha guardado el látigo. Obama se refiere a su anterior retórica sobre el NAFTA como “acalorada” y esencialmente aprueba lo que uno de sus veteranos consejeros económicos les dijo a los canadienses en privado: el discurso contra el libre comercio no es más que populismo fingido.

Tampoco queda mucho de la promesa hecha durante las primarias de reunirse “sin precondiciones” con el presidente iraní Mahmoud Ahmadineyad. Habrá “preparativos”, ya ve, publicitados por sus ayudantes como el equivalente funcional a las precondiciones.

La larga marcha de Obama hacia el centro ha comenzado.

¿Y por qué no? ¿Cuál es el inconveniente? No va a perder a la izquierda. Ni siquiera a los demócratas de toda la vida. Ninguno de ellos se quedará en casa en noviembre. El sentimiento anti-Bush y anti-republicano es simplemente demasiado fuerte. El día de las elecciones es el día de su venganza por el recuento de Florida, por los ataques contra John Kerry, por todas las heridas, reales o imaginarias, infligidas por los republicanos a lo largo de los últimos ocho años.

Normalmente, los candidatos presidenciales inconsistentes tienen que preocuparse por la prensa. Obama no. Después de todo, este es el establishment que escuchó su grandilocuente discurso de Filadelfia, diseñado para racionalizar por qué “no puedo repudiar a Jeremiah Wright más de lo que puedo repudiar a mi abuela blanca”, y reaccionó soltando una lágrima y elogiándolo como la segunda venida de Abraham Lincoln. Tres meses más tarde, con Wright repudiado, la abuelita aceptada y el gran “discurso racial” ya inservible, no oímos ni una palabra de reconsideración por parte de sus acólitos de los medios.

¿Miedo a la prensa? Su cambio de opinión con la FISA suscitó unos cuantos gruñidos en algunos blogs de izquierdas, pero ni un murmullo en los principales medios de comunicación. ¿Recuerda su promesa de permanecer leal a la financiación pública de las campañas electorales? Ahora que está nadando en dinero, es el primer candidato a unas generales desde el Watergate en no usar fondos públicos. Algunos puristas del Estado “limpio” le echaron la bronca, pero los columnistas más conocidos, quienes durante años habían estado despotricando contra la financiación privada como insalvablemente corrupta y corrompedora, solo manifestaron una moderadísima decepción.

De hecho, el New York Times expresaba una comprensión benévola respecto del giro total de Obama dando por buena su absurda afirmación de que era un ataque preventivo contra las organizaciones libres de impuestos que apoyan a McCain y que no están reguladas por la Comisión Electoral. Esto a pesar de que, como señala Jonathan Martin, de la revista Politico “no existen organizaciones anti-Obama no reguladas por la Comisión ni hay planes inmediatos de crear ningún grupo así”; y el único anuncio independiente de alguna importancia que se emite hoy a nivel nacional es una coproducción de AFSCME y MoveOn.org contra McCain.

Cierto, el cambio radical de Obama en materia de financiación pública no se debió a motivos ideológicos, sino a razones como las de Willie Sutton: ahí es donde está el dinero. Al hacer esto traicionó un principio que muchos en la prensa afirmaban tener en alta estima.

Dado que la financiación pública no es algo que yo valore mucho, no me siento en absoluto escandalizado por el hecho de que Obama lo haya abandonado. Tampoco estoy remotamente decepcionado por sus calculadas y cínicas reorientaciones. Nunca me he llevado a error con Obama. Simplemente observo con sorpresa que sus medios de comunicación entusiastas parecen aceptar cada uno de sus giros de 180 grados con una soltura que no se veía desde que por ejemplo el Daily Worker cambió de la noche al día de bando en la Segunda Guerra Mundial, o cuando quiera que los vientos de Moscú soplaban en una nueva dirección.

La verdad sobre Obama no es complicada. Es simplemente un político, aunque de habilidades y ambición inusuales. El hombre que se atrevió a decirlo abiertamente es precisamente quien le conoce perfectamente. “Hace lo que hacen los políticos,” explicó Jeremiah Wright.

Cuando llega el momento de tirar por la borda su postura sobre la financiación de las campañas electorales, la vigilancia de las comunicaciones, la renegociación del NAFTA o al propio Jeremiah Wright, Obama no es sentimental. No vacila. Se lo quita de encima de un plumazo.

Para empezar, es el mismo tipo que tiró por la borda a su propia abuela allá en Filadelfia y después la subió de nuevo a bordo ahora que sus servicios son necesarios. Ayer, la abuelita era el equivalente moral al furibundo reverendo Wright. Hoy, es uno de los apoyos mostrados en el anuncio conóceme-soy-adorable de Obama en la televisión nacional.

Ni un titubeo. Ni un parpadeo. Ni rastro de vergüenza. Para cuando haya terminado, Obama hará parecer escrupulosos a los mismísimos Clinton.

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