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REFLEXIONES LIBERTARIAS
¿FIN DEL LIBRE COMERCIO INTERNACIONAL?

Ricardo Valenzuela

“Lo único más grande que lo infinito del universo es la estupidez humana,” afirmaba la mente más brillante que el mundo haya conocido: Albert Einstein.

Frente a la debacle del Imperio Romano, la humanidad iniciaba una caída hacia un abismo de barbarie, guerra, hambruna definiendo esa época de la historia como la “era de la oscuridad.” A finales del primer milenio se logró dar por terminada esa barbarie cuando, proclamado por el Papa, el mundo abrazara el documento conocido como La Paz de Dios

El segundo milenio se pudiera describir como una inmutable fotografía sin nuevos matices durante los siguientes 800 años. La agricultura, el feudalismo, el mercantilismo serían las identificaciones del nuevo mundo, lo que provocaba el ingreso per cápita de Europa permaneciera estático durante casi mil años. Los países que acumularan mayores cantidades de oro, eran los “mas prósperos.” Sin embargo, luego se darían cuenta que, al dejar al resto sin el preciado metal, sus mercados se les agotaban.

Pero el liberalismo parido en Escocia a finales del Siglo XVI, le daba vida a la Revolución Industrial la que, durante el siglo XIX, catapultara el ingreso de los ingleses en casi 1000% en menos de cien años. La ruta hacia la riqueza de las naciones quedaba claramente dibujada y los pinceles definían mercados libres, gobiernos limitados y, en especial, el comercio entre las naciones.

El mundo navegaría esa ruta durante el siglo XIX y la primera parte del siglo XX. Pero como lo afirmara Jefferson: “En la medida que los gobiernos se expanden las libertades se encogen.” La Revolución Industrial había producido, en cien años, más progreso que en los 2,000 anteriores y, como es natural, los generadores de esa nueva prosperidad, el moderno empresario, acumulaban fortunas que los reyes jamás hubieran soñado. Emergía entonces con devastadora fuerza lo que Jefferson pretendiera evitar al fundar una República Comercial, el más bajo de los sentimientos humanos; la envidia.

Al mismo ritmo que la envidia crecía, lo hacia el odio hacia esos nuevos magnates que le daban al mundo el automóvil, el ferrocarril, la medicina moderna, los buques de vapor y, sorpresa, crecían también las intrusiones de los gobiernos invadiendo los más profundos rincones de la sociedad. Ante el abordaje de la nave de los modernos piratas con licencia para despojar, los gobiernos, nacía ahora una diabólica sociedad entre gobierno y el hombre sin escrúpulos cuyo retorno se convertía en el cáncer de las economías, el empresario estatista.

Al finalizar la primera guerra mundial y la administración del “Chico Abusón,” Teddy Roosevelt, el mundo había perdido gran parte de su libertad y los mercados se encontraban infectados con el virus que casi los destruyen; el intervencionismo. El primer tumor letal que producía la enfermedad era el FED.

Hacia 1920, los EU sepultaban las ideas de Adam Smith tendiendo fortalezas proteccionistas para sus industrias en contra de la competencia extranjera. En 1930 el Congreso firmaba la sentencia con la aprobación de la ley Smoot-Hawley para asentar un devastador golpe la economía mundial, dando por terminada la era del libre comercio internacional.

El resultado del potaje sería La Gran Depresión sepultando al mundo hasta que, con los esteroides de la Segunda Guerra mundial, asomaba la cabeza de los nuevos retoños apadrinados por otro Roosevelt: Un mundo aprisionado por The New Deal a merced de los gobiernos intrusos. Otro dominado por el comunismo destinado a la muerte desde su nacimiento. Y el tercer mundo paralizado no solo por la envidia, por la estupidez humana del nacionalismo y su sustitución de importaciones. En medio de tal manicomio sobrevivía sangrante el comercio mundial.

Pero después de seis décadas expandiendo el comercio mundial, el virus de la estupidez humana resurge con renovada fuerza. Cuando la plebecracia de Corea del Sur está a punto de tirar a su presidente en protesta por las importaciones de carne. El alza de los granos provoca naciones prohíban su exportación, y los EU ante la posibilidad de elegir un presidente enemigo del comercio internacional, el mundo puede estar atestiguando el final de una era.

El congreso de los EU aprobó subsidios para la agricultura de casi $300,000 millones de dólares afectando gravemente las posibilidades del comercio justo. Los EU, también, ha rechazado un acuerdo de libre comercio con Colombia. La estupidez mundial de nuevo toma la bandera de cómo las importaciones baratas provocan pérdida de empleos ¿Por qué no se habla de los empleos que crean las exportaciones?

En cierta ocasión le pedí a mi maestro Art Laffer que me definiera el concepto de comercio internacional. Procede: “Imagina que los EU inventan una medicina para curar el cáncer y desterramos la enfermedad. Ahora imagina Japón inventa una vacuna para prevenir ataques cardiacos. Se termina ese flagelo. Los japoneses proceden a vender su vacuna en EU y se termina aquí esa enfermedad. Pero, cuando nosotros tratamos de vender en Japón el medicamento para curar el cáncer nos cierran sus fronteras ¿Qué hacer? ¿Responder prohibiendo que ellos vendan su medicina para prevenir los ataques cardiacos? Por supuesto que no. Si los japoneses quieren seguir muriendo de cáncer, su problema, nosotros no queremos seguir sufriendo ataques cardiacos.”

Una regresión al mercantilismo que etiquetó la edad media esparciendo la pobreza por el mundo, es una preocupante posibilidad ante el horizonte.

El ingreso anual de una sociedad es igual al valor de intercambio de lo que esa sociedad produce. Como cada individuo emplea su capital en soporte de la producción domestica, al orientarse a la actividad que genera más valor, ese esfuerzo individual provoca mayor riqueza para la sociedad para poder intercambiar sus productos de mayor valor por los importados a mejor precio.

Una nación en sus relaciones comerciales es igual a los individuos, intenta comprar lo más barato posible y vender al mejor precio. Pero esto solo es posible cuando existe el libre intercambio entre naciones para acudir a un mercado que, mientras más participantes acudan más atractivas serán las oportunidades. La única razón para exportar es tener recursos para importar productos más baratos que los esa nación puede generar.

En la edad media el comercio mundial se consideraba una lucha en la que había ganadores y perdedores. A los ciudadanos se le condicionó para ver con odio y envidia la prosperidad de otras naciones con las que se comerciaba, y considerar que su ganancia era nuestra pérdida. Si no hemos entendido que el libre comercio no es pro trabajadores, pro empresarios, sino pro consumidores, estaremos regresando a la era de la oscuridad que abatió al mundo el primer milenio.

CUANDO LAS MERCANCIAS NO CRUZAN LAS FRONTERAS, LO HACEN LOS EJERCITOS.

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