> México: Masoquismo económico

por Roberto Salinas León

Roberto Salinas León es presidente del Mexico Business Forum.

La estabilidad de precios, aun con todos los pormenores ocasionados por choques como el impacto de los altos petro-precios, o la desaceleración estadounidense, representa una oportunidad única, no antes vista en dos generaciones (devaluadas), de lograr subir el salario real de los consumidores—y vivir mejor.

Empero, a pesar del logro monetario (de dejar la mesa puesta, por decir), parecería que estamos haciendo hasta lo imposible por vivir peor. En materia económica, sabemos lo que se tiene que hacer, pero preferimos no hacerlo, ya sea por razones de la “soberanía” del pueblo, o porque “no están dadas las condiciones políticas”. Somos, sin duda, ejemplo sobresaliente de masoquismo económico.

No podemos contemplar mayor competencia en el sector de electricidad, a pesar de un pésimo desempeño de las paraestatales, quienes responden con solicitudes de hacer los privilegios sindicales huesos ad perpetuam. Las penas anti-monopolio quedan, quizás, y lo más seguro es que quién sabe, para discusión algún otro día del calendario legislativo. Las guerrillas se ven como víctimas, y las víctimas como merecedoras de actos terroristas. Es un verdadero circo de masoquismo económico.

El caso del petróleo es el más dramático. De entrada, los radicales ya sentenciaron la oportunidad de cualquier cambio: si algo se hace, será condenado como privatizador, y por ende, como traición a la patria. No importa que la producción vaya en total declive, no interesa que se requiera inversión en nuevas tecnologías. Seremos importadores de crudo en el futuro cercano, pero eso sí, muy soberanos. Más bien, masoquistas.

La respuesta de los políticos legisladores es que “no están dadas las condiciones”. La respuesta del gobierno es que debemos hacer lo posible, no lo deseable. El resultado, en un año muy complicado, es el mismo que en años de bonanza: crecimiento mediocre, o recursos dejados sobre la mesa—una mesa de estabilidad, completamente desperdiciada, sobre todo para el futuro del salario real.

Ante esta situación de desperdicio crónico ¿se podrá pensar en grande? ¿Podríamos hablar de competencia educativa, o hasta un sistema de subsidio a la demanda? ¿De una reforma presupuestal que derivara en una masiva racionalización del gasto público? ¿De eliminar los numerosos procesos, trámites, reglas, reglamentos, oficios y barreras que, hoy por hoy, siguen obstaculizando la actividad productiva?

Los incentivos son la fuerza motriz de un régimen de inversión confiable. Si no es posible generar las “condiciones políticas” para ello, en algo tan patente como los insumos de electricidad, de telefonía fija, o de energía en general, no tenemos futuro económico de alto crecimiento—aun cuando la receta está en la mesa.

Este masoquismo es nuestra verdadera tragedia. Como decía un estimado colega al respecto: la tragedia latinoamericana no es la serie de tonterías supremas de Chávez, o la perfecta idiotez de Evo, o el subdesarrollo crónico de países como Ecuador, ni siquiera el gran problema del narcotráfico. La tragedia es México—esa economía tan fabulosamente dotada de recursos, naturales y humanos, que teniendo todo para ser una potencia mundial de competitividad y bienestar para el consumidor, se resigna a la mediocridad crónica, a un masoquismo infernal bajo la excusa de “condiciones políticas”.

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