>Un paquete de estímulo muy poco estimulante

Si el Estado le coge dinero a Jones y lo entrega a Smith, el gasto de Smith será visible para todo el mundo. No tan visible es el efecto “que no se ve”: lo que Jones habría hecho con el dinero, pero no pudo porque se lo dieron a Smith.

El eslogan del momento es “estímulo económico”. Prácticamente todos los políticos y expertos están de acuerdo en que el Estado tiene que actuar con rapidez para prevenir una recesión incentivando un aumento del consumo. El presidente Bush y la directiva demócrata de la Cámara de Representantes acordaron rápidamente un paquete de 150.000 millones de dólares, que también incluye incentivos fiscales a la inversión empresarial.

Los contrincantes presidenciales, tanto republicanos como demócratas, también respaldan “el estímulo” (Ron Paul es la excepción). Cualquier programa estatal que obtenga el apoyo de la clase política y de los comentaristas de los medios me resulta sospechoso.

Es cierto que la economía parece estar aflojando (en enero hubo una pérdida neta de puestos de trabajo). El sector inmobiliario se está quedando atrás y el mercado crediticio se tensa debido a los problemas de las hipotecas de riesgo. De manera que, para “impulsar la economía”, estos ungidos quieren que el Estado coloque dinero contante y sonante en nuestras manos. Según nos cuentan, la economía saldrá del bache cuando hayamos salido corriendo a gastarlo.

Una interesante teoría que no es nueva en absoluto y ha sido refutada en muchas ocasiones antes por economistas partidarios del libre mercado. Russell Roberts, economista de la Universidad George Mason, señala que un problema es que el dinero que presuntamente va a ser “inyectado” en la economía ya está circulando. De manera que, ¿cómo puede ser esto un estímulo?:

Los políticos siempre tienden a inyectar cierta cantidad de dinero en manos del consumidor y en la economía, como un médico que realiza una transfusión de sangre salvavidas. Pero, ¿de dónde viene la inyección económica? Tiene que venir desde dentro del sistema. No es un estímulo externo, como la transfusión o las palas del desfibrilador. Conlleva quitarle dinero a alguien o a alguna parte del sistema y entregárselo a otro.

El Gobierno federal está en números rojos. El nuevo presupuesto de Bush tiene un déficit de 400.000 millones de dólares. Y no hay ninguna caja fuerte con 100.000 millones. De manera que para conceder a todo el mundo una devolución fiscal, el Gobierno tendrá que pedir prestado más dinero. Pero eso solamente desplaza la liquidez de una parte de la economía a otra. Como dice Roberts, “es como sacar un cubo de agua de la parte honda de una piscina y verterlo donde no cubre”.

A menos que el Estado recorte sus gastos, algo que según la teoría neutralizaría el estímulo, la única manera que queda de obtener dinero es subir los impuestos o hacer que la Reserva saque papel a circulación –inflación– lo cual elevará los precios de todo. ¿Cómo va eso a estimular algo, aparte de las cifras de popularidad a corto plazo de los políticos?

Los partidarios del estímulo solamente consideran los efectos “visibles”. Si el Estado le coge dinero a Jones y lo entrega a Smith, el gasto de Smith será visible para todo el mundo. No tan visible es el efecto “que no se ve”: lo que Jones habría hecho con el dinero, pero no pudo porque se lo dieron a Smith.

Los economistas llaman a esto “la falacia de la ventana rota”. En el siglo XIX, el economista francés Frederic Bastiat lo ilustraba con la historia de un niño que rompe la ventana de una tienda. Al principio los habitantes de la ciudad lamentan la pérdida, pero después alguien señala que el tendero tendrá que gastar dinero para reemplazar la ventana. Lo que gane el vidriero, pronto lo gastará en alguna parte. Dado que el dinero circula por la ciudad, se producirá una ola de prosperidad.

El error, por supuesto, es que si la ventana no hubiera sido rota, el tendero habría “cambiado sus zapatos gastados… o añadido otro libro a su biblioteca”. La ciudad no se beneficia en absoluto de la ventana rota. Los promotores del estímulo pasan por alto este tipo de razonamiento. Lo que me sorprende es que no terminen sugiriendo que evitemos las recesiones rompiendo ventanas por doquier.

El otro principio olvidado es que el consumo no conlleva prosperidad. Sí, el gasto en consumo constituye el 70% del PIB, pero el consumo es el resultado, no la causa, del crecimiento económico. No se puede consumir lo que no ha sido producido.

Milton Friedman estaba en lo cierto. Nada es gratis.

No estoy diciendo que el Gobierno no pueda hacer nada con la economía. Lo mejor que puede hacer es quitarse de en medio. Las economías florecen cuando el Estado elimina los obstáculos a la producción: impuestos elevados, regulaciones, subsidios, barreras comerciales, manipulación de la masa monetaria, etc. Pero su abolición debería ser permanente, no temporal.

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