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Nicolas Sarkozy, estilo mosquetero y visionario

Laurent Artur du Plessis

El estilo, es el hombre. El estilo sin complejos de Sarkozy es el opuesto al de Chirac, muy estirado. Este último, a pesar de su temperamento de húsar, siempre pecó por su reverencia a los valores de la izquierda, ausencia de facundia, espíritu tecnócrata, y su nerviosismo ante las cámaras. Por algunas actitudes pontificantes y empalagosas que reflejan la fatuidad tecnócrata, al “estilo Chirac” se le vinculó Giscard. Mitterrand fue un paréntesis, con esas maneras literarias a lo Léon Blum que florecieron bajo el IIIª República. Pompidou personificaba el modernismo de los Treinta Gloriosos. Antes, de Gaulle se envolvía en una majestad estilo Luis XIV, tomando prestados al mismo tiempo de la vida militar verdores de lenguaje.

Sarkozy, es el estilo mosquetero, vivo, combativo, ardiente, va derecho al objetivo. Salta, gesticula, se cuadra, saca la barbilla: d’Artagnan en la batalla. Es valiente. El 13 de mayo de 1993, en la toma como rehenes de los niños de la guardería “Commandant Charcot” de Neuilly, Sarkozy, Ministro de Presupuesto y alcalde de la ciudad, negoció él mismo – antes de la intervención de la RAID – con Éric Schmitt, “Human Bomb”, el secuestardor armado de explosivos, y consiguió que liberara progresivamente a los niños. La televisión lo mostró saliendo de la escuela con uno ellos en brazos.

Sarkozy funciona por el olfato, como de Gaulle, que seguía fielmente a Henri Bergson, el filósofo de la intuición. Sarkozy ha dado muestras de él en contra de no pocas recomendaciones cautelosas, y ha dado un giro acentuado a la derecha en su campaña, anunciando un Ministerio de Inmigración e Identidad nacional, y manteniendo este rumbo entre las dos vueltas.

Este personaje de acción y movimiento tiene una viva imaginación, que lo proyecta más allá de los límites convencionales. Una imaginación que junto a su temperamento luchador, modeló su destino. A los veinte años, declaraba que sería presidente de la República: delirio juvenil, se pensaba. Su sueño, lo ha hecho realidad. Eso habla de su capacidad para transformar Francia.

No estudió en la ENNA (Escuela Nacional de Administración), pero domina numerosas ramas técnicas, como un pragmático que las ha conocido durante su carrera como cargo electo y como Ministro, no como un tecnócrata en su torre de marfil.

Es un político. Ha leído las biografías de los gigantes de la Historia, desde Alejandro y César a de Gaulle, explorando los carácteres, las actitudes y las estrategias. La vida de los grandes hombres es su guía. No es un Rastignac que pretende el poder por poder, contrariamente a Chirac o Mitterrand. Llevando la mirada muy alta, quiere ver su busto en la galería de los Grandes. También piensa cambiar el curso de la Historia.

¿Pura mégalomania? Avisar a los 20 años, que tenía la certeza de llegar a la magistratura suprema, también era megalomanía. Ésta es una característica común de los grandes protagonistas de la Historia. Sarkozy no ha llegado al Elíseo con el único fin de estar y de mantenerse. Quiere llevar a cabo lo que no pudo bajo la férula de otros Presidentes de la República. Claude Guéant, su director de campaña será posiblemente Secretario General del Elíseo, y el tecnócrata y fiel François Fillon, irá Matignon (residencia del 1er ministro). Sarkozy conducirá a este Gobierno-comando de quince Ministros en la blitzkrieg de las reformas, frente a los sindicatos y a la calle. Se propone aplicar a la sociedad francesa un electroshock thatcheriano o reaganiano. Aunque su acción se vea obstaculizada por la importancia de las transferencias de poder de Francia a la Unión Europea efectuados en las dos últimas décadas.

Su infancia traumatizada por la falta de su padre, le dio un carácter enérgico. Contrariamente a sus compañeros, que prosiguieron sus estudios sin sobresaltos financieros, Sarkozy debió ayudarse con pequeños trabajos. Sin haber pasado por la ENNA y alimentado por sus lecturas particulares, tiene la originalidad de espíritu necesaria para gobernar las crisis. Y tiene esa buena estrella sin la cual no es posible llegar muy lejos. Brilló cuando, en junio de 2005, después de la salida de Raffarin, Chirac le dio el Ministerio de Interior en vez de Matignon que era lo que deseaba. En un primer momento, se vio decepcionado, pero los acontecimiento de la Place Beauvau, conocida a causa de la inseguridad creciente, fue un trampolín para la campaña presidencial.

El nombramiento como Primer Ministro le hubiera hecho asumir el balance de Chirac, impidiéndole ser el candidato de la ruptura.

Ignoramos en qué medida triunfará Sarkozy. Pero su reinado no será anodino. Es un hombre nuevo, heraldo de una derecha que se osa a reafirmarse. Reanima la política, desvitalizada por la tecnocracia desde hace cerca de cuarenta años. Es el heraldo de una nueva ola de dirigentes, que serán puestos en órbita por el aumento de los peligros que acechan a Occidente.

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