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Obama, el vendedor de esperanza

Los demócratas temen que el encanto de Obama se quiebre entre el momento de su nominación y las elecciones, y ello les cierre las puertas de la Casa Blanca. Mi estimación es que lo mantendrá un poco más allá del día en que jure el cargo. <!– var IVW="http://libertaddigital.ojdinteractiva.com/cgi-bin/ivw/CP/Desarrollo_opinion_Internacional::desaopi;"; document.write("“); // –>

Charles Krauthammer

No hay mejor camino al éxito que hacer pagar a la gente por una mercancía gratuita. Como el genio que imaginó cómo hacer que la gente pagase por el agua: embotellándola (Aquafina demostró no ser más que agua del grifo reprocesada) y cobrándola más cara que la gasolina. O piense cómo Google encontró la forma de vender los sustantivos del diccionario (zapato, barco, reloj): cobrando trillones a los anunciantes por salir cada vez que alguien introdujera cierta palabra en una búsqueda.

Y ahora estamos ante el truco más asombroso de todos: un elocuente senador novato ha descubierto el modo de vender esperanza. Para recibirla, basta con otorgarle el voto. De esta forma, Barack Obama está ganando millones. Este tipo de venta no es en absoluto nueva. Las religiones llevan siglos ofreciendo un producto similar, la salvación. Es por esto que la campaña de Obama tiene un regusto a renacimiento religioso que, como observaba el escritor James Wolcott, tiene cierto “fervor de salvación” y “celo idealista separado de cualquier política o causa concreta y conducido a lomos de la pura euforia”.

“Somos la esperanza del futuro”, dice Obama. Podemos “rehacer este mundo como debería ser”. Crea en mí y le redimiré no sólo a usted, sino a su país. Por el mismo precio podemos convertirnos “en himno que sane a esta nación, repare este mundo y haga este momento diferente a todos los demás”.

Y vaya si lo hace. Tras diez victorias seguidas, Obama está a punto de sepultar todo el parloteo del Súper Martes sobre una convención igualada en la que los superdelegados no electos decidirán el candidato. A menos que el 4 de marzo Hillary Clinton pueda hacer en Ohio y Texas lo que Rudy Giuliani demostró que es casi imposible –mantener un cortafuegos en un estado grande tras una cadena incesante de derrotas menores– los superdelegados se decantarán en masa por Obama. La esperanza habrá triunfado.

Llama la atención que Obama haya sido capaz de lograr estas victorias electorales y deslumbrar a la muchedumbre en un territorio tras otro al mismo tiempo que su poder de fascinación comenzaba a despertar el escepticismo y las dudas en los principales medios de comunicación.

Jake Tapper, de la cadena de televisión ABC, observa “los rasgos de culto desordenado” de “los fieles de Obama”, que Joel Stein, del periódico Los Angeles Times, denomina “el Culto a Obama”. El discurso de victoria del Súper Martes fue una obra clásica del género. Su efecto fue electrizante, suscitando un fervor rítmico entre la audiencia ante tonterías retóricas tales como “somos aquellos a los que hemos estado esperando [aclamaciones, aplausos]. Somos el cambio que buscábamos”.

Demasiado para Joe Klein, del New York Times. “Había algo un pelín espeluznante en el mesianismo de masas”, escribía. “El mensaje está llegando a ser peligrosamente autocentrado. La campaña de Obama versa con demasiada frecuencia sobre lo maravillosa que es la campaña de Obama”.

Podríamos desdeñar, por hiperbólica, la queja de Paul Krugman, del New York Times, de que “la campaña de Obama parece peligrosamente cercana a convertirse en un culto a la personalidad”. Pero no tras escuchar a Chris Matthews, quien ya no cuenta con la excusa de la juventud, reaccionar al discurso de victoria en las primarias del Potomac con un “vaya, sentí un escalofrío subiéndome por la pierna”. Cuando sus co-anfitriones en la cadena MSNBC intentaron hacerle desistir de sus comentarios, rehusó retractarse. Algo extraordinario viniendo de un acólito que antes decía que Obama “se presenta, y parece tener las respuestas. Este es el Nuevo Testamento”.

Solamente una vez he visto un estado de exaltación nacional similar. Durante mi adolescencia en Canadá, fui testigo de cómo un carismático profesor de Derecho pasó del anonimato a convertirse en primer ministro, pasando por el Ministerio de Justicia, transportado por una ola que entonces se llamó Trudeaumania.

Pero incluso en ese caso el objeto del afecto desbordado de sus paisanos no era una hoja en blanco. Pierre Trudeau era ya un intelectual serio que había escrito, pensado y dictado conferencias durante mucho tiempo sobre de la naturaleza y el futuro de su país.

Obama tiene un historial documentado sorprendentemente vacuo. Va por ahí extendiendo pagarés de un futuro que probablemente no vaya a poder pagar. Promesas de sanar al mundo negociando con el presidente Ahmadineyad de Irán y similares. Promesas de superar los interrogantes sobre la reforma del sistema de prestaciones sociales, que exige renuncias dolorosas y reales que se llevan eludiendo durante una generación entera. Promesas de financiar el resto de sus promesas con la retirada rápida de una guerra impopular (con la esperanza, supongo, de que el supuesto incremento del prestigio americano resultante de esta política compense el caos ulterior).

Los demócratas temen que el encanto de Obama se quiebre entre el momento de su nominación y las elecciones, y ello les cierre las puertas de la Casa Blanca. Mi estimación es que lo mantendrá un poco más allá del día en que jure el cargo. Después llegará el despertar. Será desagradable.

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