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Ideas al vuelo


¿Una reforma o un psicoanálisis?

Ricardo Medina Macías

Algunos intelectuales “sienten” que no habrá auténtica democracia en México hasta que la izquierda – léase el PRD – gane la Presidencia. Para satisfacer ese “sentimiento”, dicen, se hizo la reforma electoral. ¡Qué enredo!


Escribe uno de los promotores de la reciente reforma electoral (Agustín Basave Benitez) que la transición a la democracia en México está trunca porque en 2006 prevaleció un veto al Partido de la Revolución Democrática (PRD). ¿Cuál es la demostración de esta enormidad? La “demostración” es la siguiente y cito: “Me basta con acreditar la percepción social, que es la medición de la legitimidad y que indica que una tercera parte de los mexicanos creyó y cree que hubo fraude electoral”.

Es decir: La “demostración” no es demostración, sino la creencia-sentimiento del analista de que: 1. La percepción social (¿una encuesta?, ¿un sondeo entre amigos?, ¿una consigna?) es la medición (¿fuente?) de la legitimidad, que se suma a la creencia-sentimiento de que: 2. Un tercio de los mexicanos creyó y tal vez aún cree que hubo fraude electoral, lo cual conduce al terrible sentimiento de trauma que el analista formula con dramatismo: 3. “En otras palabras, que la gente de izquierda o centro-izquierda, creo que es valido llamar de esa manera a quienes votamos por Andrés Manuel López Obrador, se siente excluida” (puse dos comas que faltaban a la confusa sintaxis original).

Se le escapa al analista que su sentido alegato implica reconocer que sólo un tercio de los mexicanos votó por López, ¿no se la ha ocurrido que ese simple dato, equivalente a que dos tercios de los mexicanos NO votamos por López, explica la derrota mejor que cualquier veto fantástico? Pero dejémoslo así. Lo que importa en esta apología sentimental de la reforma es la confesión de que estamos NO ante la mejoría de un diseño institucional, sino ante la sublimación de un sentimiento de agravio: “Siento que merecía ganar; por eso no perdí, me robaron”.

Con los sentimientos no se discute. Si Eloísa le dice a su amante Abelardo: “Siento que ya no me quieres”, Abelardo, con todo su arsenal de lógica, está perdido.

Así estamos. Este país no debe hacer otra cosa en los próximos años que exorcizar el sentimiento de exclusión de estos sentidos muchachos y muchachas… ¿No saldría más barato pagarles una terapia psicoanalítica y mandarles flores?

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