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El Clinton que manda

Por Jeff Jacoby

Una vez más el único presidente electo en haber hecho frente a un proceso de derogación está generando toneladas de furia y consternación. Pero los críticos de Clinton ahora no son Republicanos, sino Demócratas y progresistas.

El día en que inicia mandato un nuevo presidente, el presidente saliente tradicionalmente se mantiene en segundo plano, saliendo discretamente por la puerta trasera tras la ceremonia de juramento y dejando el centro de atención a su sucesor. Bill Clinton no. Su primera parada de asunto post-presidencial el 20 de enero de 2001 era una concentración de 90 minutos en la base Andrews de las Fuerzas Aéreas, repleta de honores y una salva de 21 cañones.

“¡Abandoné la Casa Blanca, pero aún estoy allí!”, decía exultante a la multitud. “¡No nos vamos a ninguna parte!”

Al igual que la mayoría de los norteamericanos, me había hecho a la idea de que el fastidioso y miserable psicodrama que fue la administración Clinton había terminado por fin. Pero algo me decía que él no estaba hablando de manera retórica exclusivamente.

“Él habla en serio”, escribí en aquel momento. “No se va a ninguna parte. Sí, hizo las maletas, recogió toda su parafernalia y entregó las llaves de la Casa Blanca a los nuevos inquilinos — pero aún está aquí. Habrá más incongruencias procedentes de nuestro expresidente. Habrá más retorcimiento de la verdad, más acopio de dinero, más escándalos. Incluso fuera del cargo encontrará nuevas maneras aberrantes de degradar la presidencia. Basta con esperar”.

De manera que aquí estamos, siete años y una semana más tarde, y adivine — Clinton ha vuelto a los titulares, con sus furiosas diatribas y ataques políticos proyectando una sombra sobre la campaña presidencial. Una vez más el único presidente electo en haber hecho frente a un proceso de derogación está generando toneladas de furia y consternación. Un Rip Van Winkle recién despertado de 10 años de siesta no se sorprendería al encontrar a Clinton siendo objeto de críticas por propagar falsedades y comportarse de manera cuestionable. Pero tendría que poner más atención al descubrir que los críticos de Clinton ahora no son Republicanos. Son colegas Demócratas y progres a los que les repugnan sus ataques contra el Senador Barack Obama, que ha tenido el descaro de desafiar a Hillary Clinton por la candidatura presidencial.

La semana pasada, Clinton era puesto a caer de un burro por el Senador por Vermont Patrick Leahy por “farfullar ataques verbales injustos” que “quedan muy por debajo de la dignidad de un expresidente”. Era atacado por Ed Schultz, el principal presentador radiofónico progresista de la nación, por “mentir acerca del historial de Barack Obama” y “avergonzar” al Partido Demócrata. Tom Daschle, el anterior líder Demócrata en el Senado, que ha dado su apoyo a Obama, advertía que “las distorsiones obvias” de Clinton no eran “presidenciales” y podrían “destruir al partido” si no eran atajadas.

Un expresidente del Partido Demócrata de Carolina del Sur acusaba a los Clinton de practicar “la política del engaño” y equiparaba al expresidente con Lee Atwater, un operativo Republicano que se volvió infame a causa de su guerra política despiadada.

“Los Clinton juegan sucio cuando se sienten amenazados”, escribía William Greider en un mordaz artículo para The Nation, la revista de cabecera de la izquierda. “El reciente ataque violento a Barack Obama se enmarca en el estilo enseña de los años Clinton en la Casa Blanca. Magnánimo y presumido a primera vista, pelotero engañoso debajo, rastrero entre medias. Son una pareja de la que no te puedes fiar, y van juntos. La nación corre el riesgo serio de tenerlos de vuelta en la Casa Blanca durante cuatro años más. La idea me da escalofríos”.

Es una pena que los progresistas y los Demócratas no fueran tan francos acerca de la deshonestidad y el descaro de los Clinton allá por los años 90. Siendo justos, unos cuantos lo fueron: el ex Senador Bob Kerrey caracterizaba célebremente a Bill Clinton como “un embustero inusualmente bueno — inusualmente bueno”, y Jesse Jackson le describió una vez como “inmune a la vergüenza”, alguien que en el fondo consistía de “absolutamente nada… nada aparte de un apetito”. Pero con demasiada frecuencia las costumbres de los Clinton de mendacidad, cólera y autocompasión, su constante cargar el muerto a otros, su búsqueda implacable del poder, eran excusadas o minimizadas por la izquierda.

La cultura política de América nunca se habría agriado de esta manera si en aquel momento los Demócratas se hubieran enfadado un poco más ante la falta de ética de los Clinton y hubieran sido un poco menos fanáticos en demonizar a aquellos que les criticaban.

Si las últimas semanas han dejado algo claro es que la campaña Clinton actual tiene que ver tanto con hacer presidenta a Hillary como con devolver a Bill a la Casa Blanca.

Los arrebatos de furia de Bill Clinton, su falta de autocontrol, su dominante presencia en la escena pública, son ciertamente un aperitivo del aspecto que tendría una Restauración Clinton. Hillary podría ser la presidenta, pero Bill aún sería, como ha sido siempre, el Clinton que manda. ¿Ante quién respondería en una segunda administración Clinton? No ante la mujer cuya carrera política es un derivado de la suya, eso es seguro.

A Hillary le gusta afirmar que ella “se presenta para romper el más alto y duro techo de cristal”, pero con Bill de vuelta a la Casa Blanca, ¿estaría lo bastante claro alguna vez simplemente por dónde discurren los límites de la autoridad? ¿Qué podría vigilar y equilibrar de manera plausible el poder extraconstitucional de un presidente consorte que también es un expresidente? En cualquier momento que quiera, Bill Clinton puede ocupar el centro de atención. En una presidencia Clinton restablecida, ¿se contentaría con permanecer a la sombra de su esposa? ¿O seguiría ella — como sigue incluso hoy — a la sombra de él?

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