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Santi Lucas
España es diferente

El discurso de permanente autocomplacencia del Gobierno de Rodríguez Zapatero chirría cada vez con más estruendo ante el contraste con la realidad.

Los medios de información general y económica han coincidido con mínimos matices en subrayar la gravedad del batacazo de las Bolsas internacionales el pasado lunes. España no sólo no ha sido una excepción, sino que acumuló las mayores pérdidas de la eurozona. Con una caída histórica en el Ibex-35 del 7,54 por ciento los titulares de la prensa española son muy elocuentes: “Pánico en la Bolsa” “España lidera la hecatombe europea” “Lunes sangriento en las bolsas” “Terremoto en los mercados financieros”, etc, etc… El punto de originalidad de esta jornada negra para los mercados financieros la puso el responsable económico del Gobierno, Pedro Solbes, al decir que “no hay que exagerar” y que “estamos bastante cómodos y podemos mirar con tranquilidad el futuro”. Entre lanzar un prudente mensaje de confianza en la solvencia de la economía española y la holganza oficial del “no pasa nada” hay un tramo donde reside lo que nos hace tristemente diferentes a otros gobiernos y naciones del mundo.

El discurso de permanente autocomplacencia del Gobierno de Rodríguez Zapatero chirría cada vez con más estruendo ante el contraste con la realidad. No hay en esta crisis bursátil una responsabilidad exclusiva ni determinante del gobierno español, pero la pasividad con la que se encara la situación es la penosa constante que le caracteriza. Cuando el líder de la oposición, Mariano Rajoy, promete un gobierno “previsible, con objetivos claros y sin genialidades” está reclamando, precisamente, un giro hacia la eficacia y la seguridad a las que tienen derecho los ciudadanos.

Hace mucho tiempo que España dejó de ser diferente. Hoy es una democracia moderna y avanzada que debe competir entre los mejores países con decisión, con realismo y con solidez. La inmovilidad de Solbes y Zapatero, sus ilusorias palabras en medio de una turbulencia plagada de incertidumbres, son un completo despropósito, un paño caliente para no enfriar sus expectativas electorales o la constatación de una incompetencia supina. Es más, si no estuvieran enmarcadas en una circunstancia económica tan grave, sonarían como una auténtica rechifla para la opinión pública.

Si España no se merece un gobierno que le mienta, tampoco ha hecho ningún mérito para tener un gobierno que ponga celofán a las dificultades y, por norma, describa un inexistente país de las maravillas.

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