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Ideas al vuelo

La economía y el pecado original (IV y final)

Ricardo Medina Macías

La evidencia de la falibilidad humana – “naturaleza caída”, “pecado original” o defecto de diseño, como quiera llamársele- debería alejar a los economistas de la tentación de convertirse en los “nuevos teólogos” de “nuevas confesiones dogmáticas”. Los modelos económicos son imperfectas herramientas para aproximarnos a la realidad, de gran utilidad, pero jamás deberíamos tomarlos como la última palabra.

Aunque uno no comparta la vehemencia de algunos anticlericales a ultranza, como lo fue el gran economista Frank H. Knight, debe reconocerse que tal espíritu escéptico – que algunos motejan de cínico – es la actitud que más conviene al científico que busca la verdad, porque es muestra de que el científico auténtico sabe que la realidad que investiga siempre es más rica que todos los modelos que construyamos para capturarla.


En este sentido, Knight decía que la tarea del buen economista es semejante a la labor de Sísifo, que debe recomenzar ahí donde se quedó la noche anterior o, incluso, sobre los escombros de una hipótesis que primero pareció reveladora y después se mostró equivocada al confrontarse con los hechos.


Adicionalmente, no sólo se trata de que la realidad nos rebasa, sino de que el propio investigador – ¡otra vez, el pecado original!- es falible. En palabra de Blas Pascal – científico, pero también católico convencido de la falibilidad y de los infranqueables límites de la razón humana- no es necesario que todas las fuerzas del universo se conjuren para desviarnos de la búsqueda de la verdad; basta el perturbador vuelo de una mosca para que nuestra inquisición científica pierda la brújula…o deje de interesarnos.


Vivimos una época en la que, a despecho de grandes descubrimientos científicos y de la formidable dispersión social de la información, proliferan las supersticiones – calificadas gratuitamente como “ciencia” por no pocos medios de comunicación- y los novedosos dogmatismos. Mientras algunos clérigos olvidan la salud de las almas y repiten mitos y prejuicios totalmente acientíficos sobre los tratados comerciales, los precios o la pobreza, no pocos académicos confunden la ciencia con la teología y, abandonando el método científico, predican consignas ideológicas, cual si fuesen enviados divinos revelándonos el último dogma del momento. Han convertido el aula en púlpito sectario.


Ni unos ni otros podrían responder la pregunta clave que Milton Friedman solía hacer a los estudiantes que alegremente formulaban afirmaciones gratuitas: “Y eso que dices, ¿cómo lo sabes?”.

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