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La libertad conduce a la prosperidad

Por Mary Anastasia O’Grady

¿Están los pobres del mundo condenados a vivir para siempre en la miseria, a menos que los países ricos les den dinero para invertir en educación e infraestructura?

Eso es lo que uno debería pensar si sigue los consejos sobre “préstamos” de los gurúes del Banco Mundial. La “inversión” en educación e infraestructura son dos de los temas sobre desarrollo favoritos del banco.

Sin embargo, hay cada vez más pruebas de que la inversión de los gobiernos y los organismos multilaterales de crédito en educación e infraestructura no es importante para el desarrollo. Para salir de la pobreza, los países necesitan, en cambio, un crecimiento acelerado; y para conseguir eso necesitan liberar el espíritu animal de sus emprendedores.

El apoyo empírico a esta visión aparece, una vez más, en el Índice de Libertad Económica elaborado por The Heritage Foundation y The Wall Street Journal, publicado hoy. En su decimocuarta edición, la encuesta anual califica a los países según una combinación de factores que incluyen la protección a los derechos de propiedad, las tasas tributarias, la intervención del gobierno en la economía, las políticas fiscal, monetaria y comercial y la libertad para hacer negocios.

El gráfico adjunto muestra el ranking de 2008 pero no cuenta toda la historia. El índice también muestra que, ordenados por países, el 20% más libre tiene un ingreso por habitante que duplica al del 20% siguiente y quintuplica al del 20% menos libre. En otras palabras: la libertad y la prosperidad están altamente correlacionadas.

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El Índice de 2008 señala que, si bien la libertad económica no se expandió en 2007, tampoco se redujo. El puntaje promedio de los 157 países incluidos es casi igual al del año pasado, que había tenido el segundo puntaje más alto desde el nacimiento del ranking. Esto no deja de ser un logro, teniendo en cuenta el creciente ánimo proteccionista y antimigratorio en Estados Unidos, la incertidumbre creada por el alza en los precios de la energía, la eficaz apelación al miedo de Al Gore acerca del calentamiento global y la persistente amenaza de la ‘jihad’ islámica.

Tres ex colonias británicas en Asia figuran este año entre los cinco primeros países de la lista. Pero la mitad de las 20 economías más libres del mundo están en Europa. De las cinco regiones analizadas, Europa es la más libre, y ha avanzado este año gracias a recortes de impuestos y otras medidas favorables a las empresas. La única otra región que este año obtuvo un puntaje superior al promedio global es América, ayudada por el sólido desempeño de EE.UU., Canadá, Chile y El Salvador. Del otro lado de la escala, Argentina, Bolivia, Haití, Venezuela y Cuba presionaron hacia abajo el promedio regional.

Aunque la libertad económica global no aumentó, hay algunas estrellas. Egipto es la economía que más mejoró, gracias a cambios sustantivos en su régimen de impuestos y en la regulación de la actividad empresarial. Saltó del puesto 127 de la lista al 85. Las Islas Mauricio registró el segundo mayor progreso, tras pasar del puesto 34 a estar entre los 20 mejores. La liberalización del comercio internacional y mejores políticas fiscales, como un impuesto de tasa fija, hicieron de Mongolia el tercer país de mejor desempeño, lo que la puso en la categoría de “países moderadamente libres”.

Tres ensayos en el Índice de este año ilustran por qué la libertad económica influye en el progreso humano. En “Economic Fluidity: A Crucial Dimension of Economic Freedom” (Fluidez económica: una dimensión crucial de la libertad económica), el presidente de la Fundación Kaufmann, Carl Schramm, explica que la innovación enfocada en el crecimiento no sólo es producto de políticas macroeconómicas sensatas, sino también del dinamismo a nivel micro.

Lo más importante es la interacción entre “los elementos institucionales, organizativos e individuales de una economía”, lo que posibilita “la energía emprendedora y la velocidad de la evolución económica”. Esta “fluidez”, escribe Schramm, “facilita el intercambio y la difusión de conocimiento por sobre las fronteras. Así se fomenta tanto la innovación como su propagación a través de los emprendimientos”.

El ensayo de Schramm muestra por qué las economías exitosas no pueden ser planificadas desde el gobierno central. La fluidez, señala el artículo, recuerda “la idea de ‘la orilla del caos’, la región donde el orden rígido y el caos aleatorio se juntan y generan altos niveles de adaptación, complejidad y creatividad”. Son las “ideas en los márgenes, que desafían el status quo y elevan la trayectoria del desempeño de una economía”. Intente algo así en Cuba.

En “Narrowing the Economic Gap in the 21st Century” (Cerrando la brecha económica en el Siglo XXI), Stephen Parente, profesor asociado de economía en la Universidad de Illinois, destruye varios mitos sobre el Banco Mundial, mostrando que no son los recursos de una economía -tierra, trabajo y capital- los que juegan el rol más importante en explicar los mayores ingresos de algunos países. Se trata, en cambio, de “la eficiencia con la que una sociedad utiliza estos recursos para producir bienes y servicios”.

Parente alude a los datos macroeconómicos del Instituto Global McKinsey, según el cual la industria moderna de India podría recuperar mucho terreno en sus diferencias de productividad con sus competidores de EE.UU. simplemente actualizando sus técnicas de producción. India no necesita otro proyecto educativo de los organismos multilaterales. Necesita acceder al conocimiento que ya está disponible en las economías exitosas: la información y la tecnología ya están allí. El problema es que no están disponibles en países como India, porque las barreras y los límites impuestos por los gobiernos para frenar la competencia dificultan, o impiden, el acceso a ellas.

El ensayo del periodista francés Guy Sorman, “Globalization is Making the World a Better Place” (La globalización está transformando al mundo en un lugar mejor) es un tratado sobre “una de las fuerzas más positivas y poderosas surgidas en toda la historia de la humanidad”. Estimula el desarrollo económico, mueve a los países de tiranías a democracias, envía información y conocimiento a los rincones más remotos del planeta, refuerza el imperio de la ley y enriquece la cultura. El comercio internacional en la Europa de posguerra, recuerda Sorman, no fue inventado por los diplomáticos, sino por emprendedores que querían poner fin a siglos de conflictos en su continente y construir una unión pacífica basada en el comercio.

Los emprendedores de hoy, a lo largo y ancho del mundo, tienen aspiraciones y destrezas parecidas. Sólo falta que los políticos las liberen.

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