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Federico Reyes Heroles

Fantasmas

No creo en los fantasmas, pero de que existen, existen. Hace tres lustros estábamos ahogados en la discusión sobre el TLC. De un lado, en mayoría, se lanzaban los petardos en contra. El TLC nos devoraría como nación, cómo competir con el gran monstruo, jamás lograríamos penetrar ese mercado, acabarían con nuestra identidad, los tacos desaparecerían substituidos por McDonald’s, no quedaría nada de la industria nacional, el país sería de puros miserables. En fin, el infierno de Dante. Del otro lado, en minoría, estábamos los vendepatrias, los traidores, los proyanquis, los polkos que queríamos entregar a México a las garras del gran lobo feroz.

El tiempo nos dio la razón. El TLC no era panacea pero tampoco el infierno. Era una excelente oportunidad de montarnos en la economía global del lado de la principal potencia económica del mundo, de no quedarnos solos en el escenario global, de incentivar y modernizar a la planta industrial, de atraer inversiones, de generar empleos, etcétera. Jamás imaginamos que podríamos escalar nuestras exportaciones no petroleras a los niveles de hoy, casi 200 mil millones de dólares. Jamás imaginamos que podríamos acabar con el sistemático déficit con Estados Unidos y que el llamado sector externo dejaría de ser un problema. A la distancia algo queda claro, el peso de la ideología era tal que no se leía la realidad con profesionalismo.

Hoy de nuevo los fantasmas merodean. “Sin maíz no hay país”. El abismo está próximo, cientos de miles de desempleados, el campo incendiado, la miseria a galope pleno, México arrasado por el hambre. Las falsedades y deformaciones no tienen límite. De entrada hay que recordar que la apertura lleva ya 14 años y que se postergó la desaparición total de aranceles en unos cuantos productos, entre ellos el maíz, el frijol, el azúcar. México lleva años importando maíz y también exportando, dependiendo del tipo y por supuesto de los mercados. El maíz blanco, para consumo humano, tortillas, del cual tenemos pequeños excedentes, ha sido exportado. El amarillo, que se utiliza para forraje, llevamos importándolo mucho tiempo. Necesitamos maíz amarillo, de allí que el gobierno haya liberado los aranceles. El campesino tradicional de México no produce maíz amarillo, en todo caso lo consume en el forraje de sus animales y más vale que sea barato.

Pero los fantasmas rebasan toda argumentación económica. Nos enfrentamos no a razones sino a pasiones. México debe seguir siendo un país de campesinos. ¿Por qué? De entrada ya no lo somos, sólo una minoría, alrededor del 17 por ciento de la PEA vive del agro. Los países desarrollados con niveles envidiables de ingreso tienen muy poca población abocada al sector primario: Estados Unidos 2 por ciento; Japón 5 por ciento; Francia 2 por ciento; Alemania 2 por ciento; España 5 por ciento. Salvo excepciones, hay una clara correlación entre prosperidad y disminución de la PEA agrícola. Muchos de esos países son exportadores de productos agrícolas y tienen grandes superávits. Se dice que el campesino mexicano está condenado por la apertura. Falso, eso supone que es incapaz de adaptarse, que es torpe. Quizá con el estatismo, los subsidios y la negación de los mercados lo hemos vuelto torpe. Negarle la capacidad de cambio es ofensivo. Pero por el camino de los fantasmas no hay nada alentador. Honduras, Colombia, Argentina, Uruguay y Brasil son países más competitivos en maíz que México. En Honduras se alcanzan en promedio siete toneladas por hectárea, México apenas y rebasa las dos. Ya no hablemos de otros países que son los graneros del mundo como Estados Unidos o incluso algunos de África con promedios superiores a las ocho toneladas.

El futuro de los campesinos mexicanos está por construirse. Para atrás hay poco que rescatar. La miseria del agro se explica en buena medida por esas obstinaciones irracionales. México es el cuarto o quinto país en lo que a biodiversidad se refiere. Sus nichos productivos son infinitos. México tiene una amplia vocación forestal, alrededor del 22 por ciento del territorio. Las exportaciones de frutas y verduras se han incrementado de manera asombrosa, rondan los 7 millones de dólares. México es ya, en plena danza de fantasmas, el principal proveedor de frutas y verduras de Estados Unidos. Ello sin reformas de fondo que den garantías patrimoniales plenas a la propiedad agraria y sin modernización tecnológica.

El meollo está en que no queremos dejar de ser lo que hemos sido, como si nuestro pasado agrario fuera tan glorioso. Lo primero es asumir con verdadera vergüenza que los más miserables de los miserables de México se encuentran en el campo, que son aquellos mexicanos que están atados al autoconsumo y lo están porque no les hemos abierto las posibilidades de ser más prósperos. Pero esa prosperidad no radica en ratificar los errores sino en enmendarlos. Ahí el punto delicado: el conservadurismo disfrazado es una verdadera enfermedad. Con qué cara nos vienen a decir que lo mejor que le puede ocurrir al agro mexicano es que nada cambie, claro, nos lo dicen los que ya tienen ingresos por otras fuentes. Vergüenza debía de darles argumentar que el mejor futuro de esos mexicanos pobres es seguir siendo lo que son. Si en algo fracasaron las medidas surgidas de la Revolución fue precisamente en llevar prosperidad al campo. Las nuevas y en algún sentido asombrosas clases de ingresos medios son urbanas, pero no vemos ese mismo impulso en las zonas rurales. ¿Por qué?

Son los fantasmas. México puede ser un país muy próspero siempre y cuando no haga caso de los fantasmas. Si pretendemos navegar en el mundo global atendiendo a los miedos ancestrales, a los temores infundados, haciendo caso a los inventores de fantasmas, el futuro será pavoroso. Si los enterramos la prosperidad será nuestra.

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