>¿El fin del romance nacional con los Clinton?

La campaña Demócrata de las primarias ha estado sobrecogedoramente vacía. Lo que se hace pasar por sustancia es una absurda competición de cambio esperanzado (Obama) contra el cambio experimentado (Clinton) contra el cambio enfurecido (John Edwards interpretando en inglés a Hugo Chávez).

¿Fueron las lágrimas en la cafetería de New Hampshire? Siempre que hay un trastorno político, todo el mundo busca el incidente discordante, el momento micrófono abierto que lo que pueda explicar. La improbable historia de Hillary Clinton en New Hampshire se está atribuyendo ampliamente a su infrecuente muestra de emociones al ser preguntada cómo lo soportaba. Esta noticia “Hillary lloró, Obama perdió” es satisfactoria, pero pasa por alto un momento previo interpretado ante una audiencia televisiva nacional de 9 millones que fue aún más revelador.

Mostró una cara de Barack Obama no conocida antes ni después. Y no era agradable. Preguntada en el debate Demócrata del sábado acerca de sus paupérrimas “probabilidades”, Clinton ofrecía una respuesta tan artística como dulce – diciendo primero comedidamente que sus sentimientos estaban heridos y añadiendo valiente y ridículamente que intentaría continuar costase lo que costase, reconociendo generosamente a continuación que Obama es muy agradable y “yo no creo que sea tan mala”.

Momento en el cual, Obama, obedeciendo algún impulso inexplicable, protagonizaba el otro momento inexplicable fuera del guión de la campaña de New Hampshire – auto-compasión gratuita al margen: “tienes las posibilidades suficientes, Hillary”, decía con la vista en el suelo y no con una sonrisa, sino con una mueca.

La estrella del rock en ascenso derrota a la luchadora diva – una imagen desagradable, profundamente brusca, casi cruel, viniendo de un candidato que tuvo al país en un tris con su campaña de tolerancia e inspiración. Los medios prestaron poca atención al momento, pero millones lo vieron en directo, y ciertamente yo no puedo ser el único que lo encontró estridente.

Es lógico que New Hampshire haya reaccionado a una lágrima o un diálogo imprevisto. La campaña Demócrata de las primarias ha estado sobrecogedoramente vacía. Lo que se hace pasar por sustancia es una absurda competición de cambio esperanzado (Obama) contra el cambio experimentado (Clinton) contra el cambio enfurecido (John Edwards interpretando en inglés a Hugo Chávez).

No se tiene que estar en sintonía con los Clinton para comprender su desconcierto ante la canonización de Obama pre-New Hampshire. El hombre sale de la nada con un historial tan pobre como el de Chauncey Gardiner. Pero, como se quejaba correctamente Bill Clinton, aunque torpemente, Obama tiene carta blanca de la prensa.

No es solamente que la NBC admitiera que “es difícil ser objetivo al cubrir a este tipo”. O que Newsweek publicase un artículo de portada tan halagüeño que uno se pregunta qué se reserva a la cobertura del Segundo Advenimiento de Cristo. O que los acólitos mediáticos de Obama den jabón diciendo que su encendida retórica y biografía personal van a abolir la división ideológica de los años 60 — como si la división entre izquierda y derecha, entre libre mercado y estado del bienestar, entre unilateralismo e internacionalismo, entre libertarismo social y tradicionalismo moral, fuera el residuo de Sergeant Pepper y la marcha sobre Washington. Los hijos de los 60, en su solipsismo sin final, ahora creen que la derecha y la izquierda las crearon ellos — el enfrentamiento de ideologías post-Ilustración que se remonta a las ordenaciones de la Asamblea Legislativa de representantes de los estados de la nación en 1789.

La más blanca de todas las cartas de Obama es la negligencia general ante la contradicción central obvia de su candidatura — el aunador bipartidista que nos unirá a todos trascendiendo ideologías se muestra como un Demócrata progre de principio a fin anodino que mantiene posturas, creencias y prácticas desfasadas, en toda ocasión y con cada política.

Ni siquiera ofrece una desviación modesta de la ortodoxia. Cuando el grupo bipartidista de Senadores moderados del 109 Congreso, 7 Republicanos y 7 Demócratas, accedía a restaurar el orden y una pizca de bipartidismo en el proceso de selección judicial, Obama rehusaba adherirse no sea que ello encolerizase al electorado progre.

¿Intereses especiales? Obama es un defensor de la ley Davis-Bacon, un notorio regalo a los sindicatos que encarece todo proyecto del gobierno federal de construcción pública. No solamente aboga por defenderla, sino que propone extenderla a elevar artificialmente los salarios de cara a cualquier programa de trabajador invitado.

En Irak, por supuesto denigra el incremento de efectivos. Esto se exige a los candidatos Demócratas. Pero además afirma que los sunitas se unieron a nosotros y se volvieron contra Al Qaeda — prepárese — a causa de la victoria Demócrata en las elecciones de 2006 al Congreso.

Aún está por planteársele a Obama por algún entrevistador de referencia que el Consejo de Salvación de Anbar fue fundado por el jeque Abdul Sattar Abú Risha dos meses antes. Obama tiene aún por ser preguntado el motivo de que los sunitas eligieran unirse a los invasores americanos en el mismo momento en que los Demócratas los iban a abandonar — y dejarlos tirados como los vietnamitas proamericanos o los argelinos pro-franceses, a ser cazados y aniquilados cuando sus patronos se hubieran ido. Eso es suicidio.

Incluso si usted cree que una restauración Clinton sería un desastre, aún debería estar agradecido por New Hampshire. Los síncopes nacionales, al igual que la histeria nacional, nublan el sentido. La sorpresa de New Hampshire por lo menos ha roto temporalmente el hechizo. Tal vez ahora alguien abra la veda y someta a nuestra novedad más reciente del trato amable al escrutinio que todo candidato merece.

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