>Cautivos del Mal (1952)

Dicen que el productor cinematográfico que retrata “Cautivos del Mal” (The Bad and The Beautiful) está inspirado tanto en la figura de Val Lawton (el artífice de maravillas para la RKO como “La Mujer Pantera” o “Yo anduve con un zombi”) como en la de David O. Selznick, el padre, entre otras, de la imperecedera “Lo que el viento se llevó”.

Es posible que ello sea cierto, pero el dato es irrelevante, pues la película de Minnelli sería magnífica aunque no reflejase un ápice de verdad, que sí la refleja, y de qué manera…El Cine – y Hollywood primero que nadie – , una vez llegado a cierta madurez expresiva, sintió la tentación autocrítica – esa que casi nunca sienten los políticos -, experimentó la necesidad de mirarse el ombligo de vez en cuando, y lo hizo con ojos mordaces y cáusticos. Dentro de ese subgénero que puede denominarse, sin la menor originalidad, “el Cine dentro del Cine”, hay muestras tan notables como “Nace una estrella” – en sus diversas versiones -, “Sunset Boulevard”, “Dos semanas en otra ciudad”, “El juego de Hollywood” o la europea “La Noche Americana”, de François Truffaut, por sólo citar las más conocidas y destacadas. Pero “Cautivos del Mal” es paradigmática, por su intrínseca e indudable calidad, y también por ese aliento didáctico que pone en liza a los cuatro pilares básicos de la realización de un film, a saber : guionista, productor, director e intérpretes.

El productor, según la mirada crítica de Minnelli, es un verdadero encantador de serpientes, un embaucador nato, un manipulador de imágenes, de emociones y de seres humanos, un demiurgo que mueve hábilmente a sus peones para ganar la batalla de la taquilla y el público, un general que exige lo máximo de sus tropas y las exprime hasta la extenuación, pero las deja listas para librar cualquier otro combate y salir victoriosas de él. El productor se llama Jonathan Shields ( Kirk Douglas ), hijo de productor y dueño absoluto de sus películas, desde las baratas producciones de Serie B, rodadas derrochando imaginación donde no hay presupuesto para efectos especiales, al cine mainstream, el que gana dólares por millones y se hace acreedor a las doradas estatuillas de la Academia.

Shields es un tirano sin escrúpulos, aunque con encanto, un déspota con talento, instinto y olfato que juega con los sentimientos de sus subordinados, pero al que estos, finalmente, son incapaces de volver la espalda y dejar en la estacada, porque fue él quien los hizo, fue él quien sacó lo mejor de ellos mismos, de forma implacable y nada misericordiosa, es verdad, pero quién dijo que Hollywood fuera una ONG…. Él es quien convierte en una estrella a Georgia Lorrison ( Lana Turner ), la hija de una vieja gloria del Cine Mudo, una extra sin frase que empina demasiado el codo para olvidar la sombra inconmensurable del padre. Descubre su enorme potencial, y describe su fotogenia, su magnetismo, con palabras que definen a la perfección de qué materia estaban hechos los sueños que se encarnaban en los semidioses de la pantalla: “Actúas mal y te mueves torpemente, pero el hecho es que los ojos del público están sólo pendientes de ti”. Georgia se enamora de su Pigmalión, pero la fidelidad no es para los tipos como Shields; la reservan únicamente para su trabajo.

Tampoco tiene el menor problema en deshacerse de Fred Amiel ( Barry Sullivan ), el director con el que empezó en el negocio desde abajo, en producciones de cuatro cuartos Llega un momento en que resulta más rentable colocar un nombre ilustre detrás la cámara, y el cínico productor, que no se casa con nadie, se lo dice a la cara. Pero lo que ha aprendido a su lado no caerá en saco roto, y contribuirá a que Amiel obtenga grandes éxitos en su posterior carrera en solitario. La irresistible capacidad de seducción de Shields persuade también a James Lee Bartlow ( Dick Powell ), un profesor universitario de una pequeña ciudad sureña que acaba de publicar un celebrado libro sobre la Revolución Americana, para que sea él mismo quien escriba el guión de la adaptación cinematográfica. Se lo lleva a Hollywood junto con su dicharachera esposa Rosemary ( Gloria Grahame, Oscar a la Mejor Actriz Secundaria por este papel ), trata de separarlo de ella – pues considera que no le conviene – e indirectamente es el responsable de su muerte en un accidente de aviación, tras arrojarla en los brazos del actor Víctor Gaucho Rivera , el clásico latin lover interpretado por Gilbert Roland.

Los tres – Georgia, Fred y James Lee – tienen, por lo tanto, sobrados motivos para mandarle a freír espárragos, e incluso para asesinarle, sin embargo cuando un Shields con el agua al cuello, pero también con todo su entusiasmo intacto y otra de sus geniales ideas bullendo por su incansable cerebro, les telefonea, suplicándoles con toda una batería de convincentes argumentos para que le echen una mano, cada uno en su especialidad, los tres serán incapaces de resistirse : ¿ la fascinación por el Mal ?, ¿ la belleza del Diablo ? Ácida crónica de aquel Hollywood irrepetible que sublimó el cine, con uno de esos guiones ajustados al milímetro ( obra de Charles Schnee y George Bradshaw, ganadores del Oscar de ese año ), media docena de interpretaciones memorables – no olvidemos tampoco al veterano Walter Pidgeon – , y una realización perfecta por lo invisible, “Cautivos del Mal” demuestra que Minnelli no fue sólo un gran director de musicales Made in Metro…

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