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El déficit democrático en Rusia

La oposición política y los desacuerdos son interpretados como anomalías de la sociedad que necesitan ser controlados y, eventualmente, reprimidos. El disenso es visto como algo peligroso que socava las bases de legitimidad.

Hace tiempo que Diario Exterior, domiciliado en España, viene informando sobre los condicionamientos que el gobierno ruso pone a la democracia en ese país. Desde la marginación de minorías hasta la represión de los opositores el Kremlin intenta “moderar el conflicto”.

La idea de que la democracia es un conflicto es antigua y no del todo errada. Las sociedades encierran contradicciones que son propias de las características humanas y del desarrollo individual. Lo que el sistema democrático hace, en estos casos, es mediar en las diferencias. Establecer las bases para que los desacuerdos no se transformen en el origen de la pelea y el enfrentamiento social.

Pues este concepto tan viejo y asimilado por las sociedades modernas puede ser mal utilizado. Y el caso de Rusia es un ejemplo. La oposición política y los desacuerdos son interpretados como anomalías de la sociedad que necesitan ser controlados y, eventualmente, reprimidos. El disenso es visto como algo peligroso que socava las bases de legitimidad.

Reducir el pluralismo

Sobre esta concepción es que parece actuar el gobierno de Putin. Y lo que por momentos parece un ejercicio de autoridad se transforma, evidentemente, en un golpe de mano contra el pluralismo. El caso de Kasparov es tan mediático que pierde veracidad. Pero no deja de ser un llamado de atención hacia la comunidad internacional y los propios ciudadanos sobre el funcionamiento de la democracia en ese país.

Hace poco Condoleezza Rice denunció “un retroceso” de la democracia Rusia. Señaló que “nos inquietamos porque sabemos que no es un buen momento” político en ese país. Las palabras de Rice fueron secundadas por declaraciones de Bush quien comentó que “parece que Putin será Primer Ministro, pero ahora lo que hay que hacer es seguir de cerca lo que suceda”.

Todo ello consagrado por la revista Time que señaló a Putin como el hombre del año. Sin dudas se referirá a la concentración de fuerzas que el líder fue acumulando durante estos años y que revitalizó aspectos de la política exterior que parecían superados. A saber: la cuestión nuclear, la negociación energética, la influencia política sobre las regiones más próximas, y la desconfianza entre una Rusia desafiante y los gobiernos del área Occidental.

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