>¿Qué ha hecho Bush contra el eje del mal?

En Corea del Norte e Irán, careciendo de posibilidades reales de actuar, la administración Bush se dirige a la línea de meta haciendo lo que el senador George Aiken sugirió una vez para Vietnam: declarar la victoria y volver a casa

Apenas cuatro meses después del 11 de Septiembre, George Bush identificó a Irán, Irak y Corea del Norte como el “eje del mal” y afirmó que socavar la influencia de estos regímenes criminales era la labor más urgente de América en materia de seguridad nacional. A Bush se le debería juzgar en función de si tuvo éxito en esa empresa. Seis años más tarde y con el tiempo de esta administración agotándose, la herencia Bush está clara: uno de tres. En contra de lo que actualmente piensa la opinión pública, Bush habrá tenido éxito en Irak, fracasado en Irán y puesto límites a Corea del Norte.

Bush ha arrojado la toalla con el programa nuclear de Irán porque la burocracia de la Inteligencia, en un golpe espectacularmente exitoso, se hizo con el control de la política exterior en lo que al país de los ayatolás se refiere mediante un informe, el National Intelligence Estimate (NIE), que muy engañosamente predica a los cuatro vientos la afirmación de que Irán había detenido su programa nuclear. En realidad Irán solamente detuvo el componente menos importante de su programa nuclear, a saber, la conversión de tecnología civil para fines militares.

La parte más difícil es la producción del combustible nuclear. Irán sigue enriqueciendo uranio en 3.000 centrifugadoras actualmente en funcionamiento, lo que supone un obvio desafío a las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. Una vez se tiene el combustible necesario, se puede fabricar la bomba en muy pocos meses.

Por tanto, hablar del programa nuclear iraní como algo que se ha detenido mientras prosigue el enriquecimiento es absurdo. Y eso es cierto incluso si se pasan por alto los recientes informes de disidentes que afirman que el programa de transformación de tecnología civil en militar, suspendido temporalmente en el 2003, se reanudó de hecho al año siguiente, lo que contradice abiertamente la estimación del NIE, ofrecida solamente con “confianza moderada”, de que nunca se ha reanudado.

La Casa Blanca tuvo inmediatamente que difundir y aceptar las sensacionalistas conclusiones del NIE porque en caso contrario el informe se habría terminado filtrando y la administración habría sido entonces acusada de encubrir las buenas noticias para justificar una nueva guerra. Al parecer, muchos tienen asumido que George Bush y Dick Cheney experimentan un placer a la Patton en cuanto huelen la posibilidad de una nueva batalla.

La administración entiende que el distorsionado mensaje del NIE de que Irán ha renunciado a construir proyectiles nucleares no sólo ha eliminado del terreno de juego cualquier opción militar, sino que ha puesto en peligro cualquier posible sanción adicional contra Irán. Haciendo de la necesidad virtud, Bush mareará ahora la perdiz hasta el final de su mandato, dejando la bomba iraní a su sucesor.

En cuanto a Corea del Norte, llegamos a obligar a Kim Jong-Il a desmantelar su programa de producción de plutonio. El siguiente paso es que Pyongyang divulgue todas sus actividades nucleares. Esto significa poner negro sobre blanco todas las actividades de proliferación anteriores y el programa clandestino de enriquecimiento de uranio que Corea del Norte había llegado a admitir, pero que ahora niega.

Sabiendo que somos incapaces de dar ningún palo a Corea del Norte, lo que estamos haciendo es ofrecer zanahorias. El presidente Bush ha escrito una carta personal a Kim Jong-Il, que en esencia le ruega que confiese todo lo referido a su programa nuclear para que podamos proceder a la total normalización.

Desmantelar el reactor de plutonio es un logro, y hemos obtenido valiosísimos datos de Inteligencia simplemente por el mero hecho de poder estar allí inspeccionando. Sin embargo, no hay ninguna esperanza de que Corea del Norte abandone su arsenal de armas nucleares existente, y hay pocas garantías de que encontremos, no digamos ya desmantelemos, cualquier programa clandestino. Pero a falta del poder de intimidación, hacemos lo que podemos.

Irak es harina de otro costal. Cualquiera que fueran nuestras dificultades posteriores, nuestro éxito inicial libró definitivamente al mundo de Saddam Hussein y sus monstruosos hijos. La dinastía Hussein no se reconstruirá, rearmará y amenazará al mundo, como habría hecho a falta de la invasión norteamericana. El derrocamiento de Sadam condujo directamente al total desarme nuclear de Libia y, sin duda, a la suspensión por parte de Irán del programa de transformación de tecnología nuclear civil a militar en el 2003.

En cuanto al propio Irak, después de tres años de desorientación, Estados Unidos ha descubierto por fin una estrategia ganadora de contrainsurgencia. Le llevó a Bush tres años encontrar a su general (igual que a Lincoln) y convertir una guerra destinada a perder en una ganable. Bagdad y Washington están negociando actualmente un acuerdo a largo plazo que le permita a Estados Unidos disponer de una presencia militar permanente y cooperar estrechamente con el país más importante del corazón de Oriente Medio, un importante logro estratégico.

No obstante, continuará la presión sobre esta administración y la siguiente para abandonar prematuramente el país. Hay quienes consideran que nuestro único objetivo en Irak es reducir los niveles de efectivos militares en lugar de proteger a un aliado árabe potencialmente crítico en una región de enorme importancia estratégica.

En Corea del Norte e Irán, careciendo de posibilidades reales de actuar, la administración Bush se dirige a la línea de meta haciendo lo que el senador George Aiken sugirió una vez para Vietnam: declarar la victoria y volver a casa. Sin disponer de ninguna opción buena, esas decisiones son completamente comprensibles. Pero si Bush o su sucesor hacen el Aiken en Irak, donde el éxito es posible, la historia lo juzgará con severidad.

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