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Libertad de ofensa

El derecho a no ser ofendidos es ahora el derecho más sagrado del mundo. El derecho a la libertad de expresión, la libertad de asociación, la libertad de movimiento, ninguno es nada en comparación con el derecho universal a la libertad de ofensa. Ciertamente es apenas una cuestión de tiempo que “la formación en sensibilidad” sea equiparada por los cursos igualmente rigurosos de “formación en inofensividad”.


La época de fiestas está aquí y eso significa que es hora de tomar parte en la consagrada tradición navideña de poner objeciones a cada consagrada tradición navideña. Australia está un montón de zonas horarias por delante de Estados Unidos — allí puede que sea ya el primer fin de semana después de Navidades – así que inauguraron primero este año con un titular verdaderamente fantástico:

“El ‘ho ho ho’ de Santa Claus reprendido por ofensivo para la mujer” (“ho” en argot afroamericano significa “whore”, es decir, puta)

Vaya. Como continuaba la noticia: “Los Santa Claus de Sydney han recibido órdenes de decir ‘ha ha ha’ en su lugar”, informaba el Daily Telegraph. Un contrariado Santa Claus informaba al diario de que una firma de contratación le advertía de no utilizar “el ho” porque podía asustar a los niños y se acerca demasiado al “ho”, un término vulgar norteamericano para designar a las prostitutas.

Si yo fuera una residente de Sydney, creo que estaría más ofendida por la premisa de que las mujeres australianas y las prostitutas norteamericanas se confunden con tanta facilidad. Como solía cantar el viejo sainete del vodevil gangsta-rap: “¿Quién era esa puta con la que te ví la otra noche?”, “No era una puta, era mi zorra”.

Pero la idea es que el derecho a no ser ofendidos es ahora el derecho más sagrado del mundo. El derecho a la libertad de expresión, la libertad de asociación, la libertad de movimiento, ninguno es nada en comparación con el derecho universal a la libertad de ofensa. Ciertamente es apenas una cuestión de tiempo que “la formación en sensibilidad” sea equiparada por los cursos igualmente rigurosos de “formación en inofensividad”. Un músico amigo mío hizo una vez un bolo en una sesión de música repetitiva y, tras una hora o dos de interpretar arreglos orquestales insípidos de Moon River y Windmills of Your Mind, parte de la atención de los músicos empezó a divagar y empezaron a presumir con demasiada bulliciosidad, y el director paró y les amonestó invitando a bajar el tono. En un mundo en el que todo el mundo está dispuesto a ofenderse, es difícil mantener modulado de manera uniforme los ánimos repetitivos.

Por ejemplo, cuando decía que el derecho a no ser ofendido ahora es el derecho “más sagrado” del mundo, ciertamente no pretendía ofender a las personas de orientación no-teísta. En Hannover, New Hampshire, hogar del Dartmouth College, un ateo y una agnóstica conocidos solamente como “fulanito y menganita” (cuál es cuál es difícil de decir) han presentado una demanda porque sus tres hijos en edad escolar son obligados a recitar el juramento a la bandera.

Bueno, vale, no son obligados a recitar. El juramento es voluntario. Se te permite permanecer sentado o, más discretamente, permanecer en pie en silencio, que es lo que hacen durante los himnos en mi iglesia local los varones Yankee que piensan que cantar no es sofisticado. Pero eso no es suficiente para “los ito”. Dado que el juramento menciona a Dios, sus hijos están obligados, por decirlo así, a no decirlo. Y, como expresan “fulanito y menganita” en su demanda, tener que escoger abandonar la participación en un acto voluntario expone a sus hijos a la potencial “presión social” de los demás estudiantes. Los tribunales norteamericanos no han sido tradicionalmente comprensivos con este argumento. La ACLU y demás entidades contenciosas harían mejor en explorar la versión de que el juramento a la bandera es profundamente ofensivo para los millones de extranjeros ilegales en el sistema público de educación obligados a prometer lealtad a la bandera de un país del que no son ciudadanos o del que no son turistas legalmente admitidos siquiera.

Pasemos ahora del sistema escolar de New Hampshire al sistema escolar sudanés. O como rezaba el titular de Associated Press:

“Miles en Sudán piden la ejecución de la profesora británica del osito de peluche”.

La semana pasada, Gillian Gibbons, maestra británica que trabaja en Jartoum, uno de los vertederos enganchados a perpetuidad a la ayuda exterior más repugnantes del planeta — ups, quiero decir, uno de los cabos más vivos y vibrantes en el rico tapiz de nuestro mundo multicultural — lo que sea, Mrs. Gibbons fue condenada la semana pasada a 15 días de prisión por ser culpable de, ejem, permitir que un osito de peluche se llame “Mahoma”. Ella no fue tan idiota como para poner Mahoma al osito por sí sola. Pero, en una poco aconsejable incursión sudanesa en la democracia, dejó a sus escolares someter a votación qué nombre querían poner al osito de la clase, y siendo buenos musulmanes, votaron a su nombre favorito: Mahoma.

Craso error. Aparentemente existe toda una sección en el Corán acerca de cómo tienes que ser decapitada si bautizas juguetes blanditos en honor al Profeta. Bueno, en realidad no existe. ¿Pero por qué dejar que la pedantería teológica te prive de la oportunidad de dar lo propio al infiel? Mrs. Gibbons es calificada de afortunada por ser condenada a 15 días de prisión, cuando el tribunal le podría haber impuesto seis meses y 40 latigazos. Pero ni siquiera eso habría sido bastante bueno para la turba de Jartoum. Los manifestantes gritaban “Sin clemencia. Ejecución” y “Matarla.Pasarla por el pelotón de fusilamiento” y “Asco de Reino Unido” — que insiste en enviarnos profesoras imperialistas de parvulario a imponer idólatras peluches a los jóvenes de Sudán. Independientemente, si los británicos están en posición de defender a Mrs. Gibbons o no es cuestionable en sí mismo tras un veredicto de un tribunal británico esta semana: tras un altercado con otro conductor, a Michael Forsythe se le impone una pena de 10 semanas de prisión por “alteración del orden con agravante racial” por llamar a Lorna Steele “perra inglesa”. “¿Con agravante racial?” En realidad Steele no es inglesa, sino galesa.

No obstante, en el momento exacto en que Gillian Gibbons llamaba la atención de las autoridades sudanesas, una mujer saudí de 19 años era condenada a 200 latigazos y seis meses de prisión. ¿Su crimen? Había sido secuestrada y violada colectivamente por siete hombres. Originalmente había sido condenada a 90 latigazos, pero su abogado había apelado y por tanto el tribunal subió a 200 y pena de cárcel. ¿Alguien en las calles de Sudán o en cualquier otra parte del mundo musulmán quiere manifestarse contra eso? Regueros de gente gritando “Alá Ajbar”.

Oriente es oriente y occidente es occidente, y en ambas partes nos ofendemos por nada: Santa Claus que dicen “ho ho ho”, osos de peluche llamados Mahoma. Y aún así la diferencia es reveladora: los ya anuales atuendos de Santa en “la guerra de las Navidades” y la determinación por abolir hasta expresiones tan anodinas de fe como el juramento a la bandera son ataques a la posibilidad misma de una cultura común. En contraste, la basura del osito de peluche es una cruda demostración de presión cultural prevista para domesticar e intimidar. Cuando oriente se encuentra con occidente, cuando ofendidos musulmanes se encuentran funcionando en naciones occidentales, descubren que ambas técnicas son útiles: algunos desfilan por la calle al estilo Jartoum, exigiendo que el Papa sea decapitado, otros utilizan los mecanismos contenciosos occidentales de la cultura del agravio perpetuo para censurar a los detractores. Quizá en alguna parte de Sydney haya una mujer genuinamente ofendida por escuchar a Santa decir “ho ho ho” igual que esos inquisidores ateístas afirman estar genuinamente ofendidos por el juramento la bandera. Pero sus quejas son frívolas y decadentes, y más grupos resueltos están utilizando los patrones que han establecido para censurar el debate sobre cosas de las que deberíamos estar hablando. La capacidad de ofender y ser ofendidos es lo que separa de Sudán a las sociedades libres.

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