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El verdadero heroísmo: la contención

El conservadurismo es una filosofía política que se refiere a las aspiraciones y las acciones colectivas. Pero el conservadurismo enseña que el gobierno benevolente no siempre es un benefactor. La tarea del conservadurismo es distinguir entre lo que el gobierno puede y no puede hacer, y entre lo que debe hacer pero no debería hacer.

Durante los años 20 y 30, la izquierda norteamericana se escindía entre múltiples formaciones que representaban con fruidición diversas variantes del socialismo, acusando cada una a las demás de revisionismo y desviación. Los izquierdistas se reconfortaban con el pensamiento de que “no se puede partir la madera podrida”.

Pero se puede. Y la salud de la persuasión política puede ser inversamente proporcional a la cantidad de tiempo que sus fieles emplean en expulsar a los herejes de la única iglesia verdadera (y constantemente más reducida). Los argumentos de hoy en materia del conservadurismo son, sin embargo, prueba de sana introspección.

El reformista más reciente en clavar sus depuradoras tesis en la puerta de la catedral del conservadurismo es Michael Gerson, antes redactor de discursos del presidente actual y ahora columnista sindicado. Defiende el “Conservadorismo heroico” en un libro nuevo de título arrollador.

Su tarea de dar vida a su concepto mediante ejemplos concretos es simplificada por el hecho de que piensa que la administración Bush ha sido heroicamente conservadora mientras expandía el estado de bienestar e intentaba exportar la democracia. Su tarea de hacer atractivo tal conservadurismo es complicada por el hecho de que… bueno, no es solamente la Enmienda 22 lo que evita al presidente presentarse a un tercer mandato.

Gerson, cristiano evangélico, hace de “la compasión” el atributo definitorio del heroísmo político. Pero la compasión es una sensación personal, no una agenda pública. Actuar compasivamente es actuar para evitar o paliar el dolor o las situaciones complejas. Pero si existe, como sugiere Gerson, un imperativo categórico para hacerlo, se derivan dos cosas. En primer lugar, la política se reduce al buenimo — tener buenas intenciones derivadas de sentimientos nobles — y guarda una relación atenuada con los resultados. El segundo, el gobierno limitado se debe considerar falto de compasión por obligación, porque las maneras de evitar o reducir la tensión son ilimitadas.

“Tenemos la responsabilidad”, decía Bush el Día del Trabajo en el 2003, “de que cuando alguien cause dolor, el gobierno tiene que ponerse en marcha”. Ese es un pensamiento menos compasivo que el alarde de sentimiento encaminado a evitar pensar en las capacidades limitadas del gobierno y la confianza ilimitada.

El conservadurismo es una filosofía política que se refiere a las aspiraciones y las acciones colectivas. Pero el conservadurismo enseña que el gobierno benevolente no siempre es un benefactor. La tarea del conservadurismo es distinguir entre lo que el gobierno puede y no puede hacer, y entre lo que debe hacer pero no debería hacer.

El llamamiento de Gerson al “idealismo” no es una exhortación informativa: tanto Huey Long como Calvin Coolidge tenían ideales. El “conservadurismo heroico” de Gerson es, sin embargo, una variante de lo que se ha dado en llamar “conservadurismo de grandeza nacional”. El nombre mismo sugiere que América será grande siempre que emprenda este o aquel gran esfuerzo en el exterior. Esto ralla en los conservadores que piensan que América es grande, especialmente porque rara y usualmente mete a la gente a regañadientes en enormes empresas colectivas.

La mayor parte de los candidatos presidenciales Republicanos expresan admiración a Theodore Roosevelt. Verdadero tipo de la grandeza nacional (“He estado esperando y trabajando ardientemente para hacer realidad nuestra interferencia en Cuba”), lamentaba que América carezca de “el estómago para ser imperio”.

Fue pionero en la práctica de gobernar agresivamente mediante decretos. Jim Powell, autor de “Bully Boy”, un examen sin paliativos de Roosevelt, dice que en los 40 años desde Abraham Lincoln hasta el predecesor de Roosevelt, William Mckinley, los presidentes extendieron 158 decretos. En siete años, Roosevelt extendió 1.007. Solamente dos presidentes han extendido más — la némesis de Roosevelt, Woodrow Wilson (1.791) y el primo de Theodore Roosevelt, Franklin Roosevelt (3.723).

“No creo”, decía Theodore Roosevelt, “que venga daño alguno de la concentración de poder en manos de un hombre”. Ese tipo de fanfarronería ejecutiva es precisamente de lo que Washington no necesita más. Necesita más conservadores como David Keene, presidente de la Unión Conservadora Norteamericana durante 23 años y director político para el Sur de la campaña presidencial de Ronald Reagan de 1976. Escribiendo acerca de “El continuo Conservador” en el número de septiembre-octubre de The National Interest, Keene dice de Reagan:

“Recurrió a la fuerza militar con mucha menos frecuencia que muchos de aquellos que vinieron antes que o que desde entonces han ocupado el Despacho Oval… Tras el ataque (1983) contra los cuarteles Marine en el Líbano, fue cuestionar la inteligencia de la implicación norteamericana lo que condujo a Reagan a retirar a nuestras tropas en lugar de destacar efectivos. No encontró ninguna razón estratégica buena para ofrecer a nuestros enemigos regionales tentadores objetivos norteamericanos. ¿Puede imaginarse alguien a algunos de los absolutistas neoconservadores de hoy retrocediendo de cualquier combate en cualquier parte?”

Es una pena que Theodore Roosevelt construyera el Canal de Panamá. Si no lo hubiera hecho, “la grandeza nacional” y los conservadores “heroicos” podrían invertir sus desbordantes energías y suscitar ambiciones para construirlo, y los demás conservadores — llámelos simples realistas — podrían seguir persiguiendo el gobierno limitado, fundado en el conocimiento de la capacidad limitada del gobierno. Ese es un idealismo en consonancia con la grandeza real de la nación.

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