>¿Una Europa burocrática post-democrática o sólo una floja política exterior?

Los periódicos informan en sus secciones de internacional que se prepara una tercera ronda de sanciones contra Irán por sus veleidades nucleares. El presidente iraní, Mahmoud Ahmadineyad, amenaza a Europa: “Vosotros europeos sabéis bien lo que pasará en la esfera económica si Irán adopta una decisión seria sobre este asunto” http://www.telegraph.co.uk/news/main.jhtml?xml=/news/2007/11/01/wiran101.xml.

La actitud reticente de Irán y la firmeza mostrada en declaraciones y sanciones por parte de Estados Unidos han generado una situación en que el poder iraní sólo puede buscar en Europa su preservación económica frente a la presión internacional. Dado que la posición de Francia sobre la materia es considerablemente similar a la de Estados Unidos, Irán confía en que Alemania, el gran actor económico de la UE, muestre síntomas de debilidad para aprovecharlos. Así, en la página Web oficial del régimen, de la que cabe felicitar su excelente español, se citan las diferencias políticas internas germanas

http://www2.irna.ir/en/news/view/line-22/0711023702200525.htm acerca de la actitud a adoptar. Tal conocimiento del idioma de Cervantes, por cierto, nos permite tener excelentes relaciones entre nuestras instituciones oficiales de prensa http://www2.irna.ir/es/news/view/line-83/0710318818144011.htm. Por lo visto la agencia iraní ha firmado un acuerdo de cooperación con EFE rubricado por las dos agencias. Todo un alegato a la libertad de expresión.

En todo caso, parece que la alarma ha alcanzado al “establishment” europeo que no ve con excesivos buenos ojos la evolución de la situación. Así, Timothy Garton Ash escribe el 1 de noviembre un artículo en el diario “progresista” The Guardian, de Inglaterra, estimando que Europa debe enfrentarse a las difíciles opciones que tiene ante sí en este asunto. El artículo es además reiterado en la Web de un nuevo think-tank cercano a George Soros y con participación de – entre otros – Narcís Serra (¡) http://www.ecfr.eu/content/entry/12.

Lo que argumenta el especialista británico es que existe el peligro real de que, una de dos, o Irán bombardee algo (Israel, por ejemplo) o que los Estados Unidos lo bombardeen antes. Ash distingue pulcramente que “sin que ello implique equivalencia moral alguna entre Teherán y Washington”. Permítase añadir que de lo que se habla, tanto en el London Times recientemente como antes en la órbita de influencia neoconservadora http://www.commentarymagazine.com/viewarticle.cfm?id=10882, es de bombardear las instalaciones nucleares de Irán, más precisamente.

Ash realiza una ilustrativa comparación entre el escándalo que hace un cuarto de siglo llevó a los adeptos del “nuclear no” a las calles de Europa rechazando el despliegue de misiles, y se pregunta porqué no se teme tanto la escalada iraní. Considera pues que Europa debe hacer algo si pretende impedir ambos peligros: el del bombardeo iraní y el del bombardeo americano. Esto va en la misma línea de las declaraciones concordantes del presidente americano y del presidente francés, e incluso, de la propuesta neoconservadora: “sólo hay algo peor que bombardear Irán, y es que Irán bombardee primero”.

Critica Ash la parálisis europea sobre el asunto: “Un caracol borracho se movería más deprisa”. Para evitar la conflagración – la deflagración más bien – propone una ofensiva diplomática sin prejuicios que permita una negociación directa USA-Irán que deberá ser lograda en parte mediante la presión comercial que sólo Europa es capaz de ejercer. En este caso se trata de convencer a Alemania e Italia, cuya dependencia económica es grande, de las medidas que ya Francia e Inglaterra no tienen inconveniente en tomar.

En todo caso, Ash concluye: “Ha llegado el momento de las elecciones difíciles. Para ser creíbles en Teherán, para ser creíbles en Washington, y, por fin, y esto es quizá lo más importante, para ser creíbles ante nuestros propios ciudadanos, Europa debe estar preparada a poner su dinero a la altura de sus declaraciones”.

Lo primero que resalta aquí, y no es precisamente tranquilizador respecto a la seriedad de la situación, es que los poderes establecidos en Europa están seriamente inquietados.
Por otra parte, de manera incidental, al comentar la situación general de la guerra contra el terrorismo, el antiguo embajador americano ante las Naciones Unidas, John Bolton, dijo lo siguiente:

“¿Es Europa, donde estas posiciones predominan (sistemas electorales de representación proporcional y parlamentos que eligen al ejecutivo, en lugar de un ejecutivo directamente elegido e independiente del legislativo) tan ‘democrática’ como los Estados Unidos? No lo creo. Es más, la democracia (aclara antes que lo previo y más importante es la libertad) no es necesariamente un punto final en política sino quizá una estación de paso. A través de la Unión Europea, ‘Europa’ puede estar transitando desde una sociedad feudal pre-democrática, a una burocrática post-democrática, habiendo sucedido que algunas partes del continente apenas han vivido un breve tiempo como auténticas democracias”.

Resuenan en estas palabras las cuestiones que Revel se planteaba en “Cómo terminan las democracias”: “¿Y si la democracia no fuera más que una ínfima peripecia? ¿Y si nuestro Occidente no acabara por ser más que un accidente?”.

A día de hoy, sin embargo, la situación remite al recién aprobado tratado europeo que, para muchos observadores, no es más que la versión adelgazada de la rechazada Constitución. Así lo declaró sin empacho el ex presidente francés Giscard d’Estaing en una tribuna en Le Monde hace unas semanas, quedándose la mar de satisfecho con que lo descartado por los franceses fuera reintroducido por la puerta trasera por la burocracia continental. Su satisfacción estaba mitigada por la pérdida de un par de elementos, pero se quedaba tranquilo puesto que lo sustancial estaba recogido y si alguien, en el futuro, pretendía usarlo con el ánimo que inspiró la Constitución, podría hacerlo.

Esta es la misma impresión que se deduce de los comentarios que los lectores holandeses hicieron en sus periódicos cuando el Gobierno de los Países Bajos anunció que no habría referéndum sobre el tema. No hay libertad, no hay democracia, qué escándalo, etc.
En Francia el comentarista de Le Figaro Ivan Rioufol, de inspiración liberal, estima que Sarkozy debería someter el texto a consulta, porque los franceses se lo merecen, y porque parecen contentados por las modificaciones. El socialista Fabius ha pedido expresamente un voto.

En Inglaterra, sin embargo, es donde el debate alcanza mayor amplitud. The Economist afirmaba hace unas semanas que “muchos de los conjuradores de Bruselas ya han abandona el subterfugio, asegurando a todo el mundo que esto es una Constitución, después de todo”. Y añade: “Con independencia de cuáles sean sus opiniones sobre el tratado, esto es una farsa, y tiene consecuencias que se extienden más allá de Europa”. Considera que la única razón por la que se están evitando las consultas es porque se prevé que se pierdan. “Para una institución desesperadamente necesitada de legitimidad y control, esta es exactamente la excusa equivocada”. Lo curioso del caso es que The Economist es bastante favorable al texto del que destaca varios puntos como positivos, pero, aclara: “La necesidad de tener un nuevo tratado no es tan imperiosa que justifique tener uno tan pobre”.

Junto con este artículo, el semanario británico destacaba la complejidad institucional que rodeará la política exterior de la Unión una vez que Lisboa sea ratificado. Bajo el título: “¡Enhorabuena, son trillizos!” destaca los peligros de descoordinación que puede traer la competencia entre el nuevo presidente estable de la Unión, el nuevo responsable exterior y la Comisión en sus relaciones comerciales extranjeras.

Toda esta discusión está teniendo lugar mientras el marco institucional actual no ha podido reaccionar ante la amenaza – comercial, competencia común – de Irán, y mientras las relaciones internacionales tradicionales han sustituido sólo en parte lo que la Unión ha dejado de hacer. Todo ello cuando parece que el consenso con el “progresismo” reinante, existe.

Si esto sucede cuando todos estamos de acuerdo, entran escalofríos de pensar lo que puede ocurrir en las situaciones normales. Para aquellos que reclaman esa autoridad moral superior de Europa, esa conciencia del mundo dispuesta a evitar los excesos de tirios y troyanos, el mensaje no es tranquilizador.

Pero lo que refleja, más allá de ello, y por si esto no fuera suficiente, es que los ciudadanos cuentan poco, las burocracias siguen su camino a trancas y barrancas pero inasequibles al desánimo, y los políticos elegidos a duras penas logran hacer eficaces sus decisiones. Lo que llevará, inequívocamente, a la retracción nacional de aquellos que pueden, que suelen ser los que tienen el arma atómica y ejércitos desarrollados, pero que sólo son dos.

Entonces, qué, ¿post-democracia burocrática o inanidad exterior? Efectivamente, ha llegado el momento de las decisiones difíciles.
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