>La cumbre de Chile en el Rastro

Agapito Mestre

Está bien que el Rey haya mandado callar al truchimán de la capitanía de Venezuela. Algo es algo. El gentío está contento. La chusma se ríe y pasea la prensa del domingo con el pecho henchido. Pero no exageremos.

Paseo por El Rastro el domingo por la mañana. Camino con dificultad entre la multitud. El sol de Madrid es de diamante puro. Sol de otoño. Sol de Noviembre. Me paro en un tenderete de libros y acabo comprando uno de Quevedo, que fue publicado en 1926 por la Casa Hernando de Madrid en su colección Biblioteca Universal. Este libro es una joya. España está dentro. Contiene todo lo que hay saber sobre la miseria política. Sobre la miseria nacional. Sobre la miseria de Zapatero y la oposición. La miseria y la fealdad rebosan por todas partes. Son burlas, dice Quevedo, que llevan en la risa disimulado algún miedo provechoso.

Burlas para ver y reír. ¿Qué que veo? Lo común. Veo un jefe de Gobierno asustado y cobarde, ridículo y melifluo, entregado a un dictador payaso. Veo una cuadrilla de mamarrachos en torno a un Borbón. Veo al truchimán de la Capitanía de Venezuela riéndose del Rey y los Virreyes. Todo queda reducido a un gesto de mala diplomacia. La prensa internacional ni menciona la reunión de Chile. Pasa del corral hispano-luso.

Y, encima, el jefe de la oposición cacareando que “el Gobierno ha llegado tarde”. ¿Dónde estaba él, o sea, porqué calló, cuando llamaban “fascista” al único presidente de Gobierno que había dado la mayor lección de democracia que cabe esperar de un gobernante? ¿Dónde estaba el heredero del insultado para recordar que Aznar fue el único jefe de Gobierno que se auto-limitó en el ejercicio del poder, o sea, el único que ha sido genuinamente democrático? Es verdad que el Gobierno llegó tarde, o peor, ni siquiera llegó, pero él llegó, como dicen los alemanes, zu spät (demasiado tarde). Estaba esperando las palabras del Borbón.

El mundo por de dentro, obra genial de Quevedo, tiene los principios justos para entender el aquellarre de Chile, esa reunión casposa de dictadorzuelos americanos y demócratas acomplejados, cuyo primer pagano es España, o sea, los españoles. Lo visto es de Rastro. De lo peor del Rastro. Está bien que el Rey haya mandado callar al truchimán de la capitanía de Venezuela. Algo es algo. El gentío está contento. La chusma se ríe y pasea la prensa del domingo con el pecho henchido. Pero no exageremos. El Borbón sólo ha mandado callar a un matón del Caribe, pero tenía que haberle recordado que lo mejor de la sociedad civil venezolana, cientos de miles de personas, hace tiempo que vive aquí en España.

Firmeza y coraje para silenciar a un dictador payaso no valen para nada si la prensa internacional pasa del asunto. Y eso es, exactamente, lo que ha pasado. La socialdemocracia negra ha conseguido ocultar el asunto, sencillamente, porque la prensa democrática mundial considera la “cumbre de Chile” menos que nada, un chiringuito para que se pavonee la escoria comunista. Basura para reciclar. Ahí está España. Terrible.

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