>David Horowitz
El final de la universidad tal como la conocemos

En su última reacción a las quejas por la politización de la educación superior, la Asociación Norteamericana de Profesores Universitarios (AAUP) ha adoptado una opinión novel: “No es adoctrinamiento que los profesores esperen que los estudiantes capten ideas y apliquen el conocimiento que es aceptado como cierto dentro de una disciplina relevante”. Bajo este precepto, propuesto en el reciente informe de la AAUP “Libertad en las aulas”, los profesores ya no están sujetos a estándares de expresión “docente” o “científica” o “intelectualmente responsable”, sino a lo que quiera que “sea aceptado como cierto dentro de una disciplina relevante”. Con esta formulación, la AAUP torpedea la comprensión tradicional de lo que constituye una educación liberal y ratifica la transformación de la universidad que ya está bastante avanzada.

Desde los años 60 han aparecido muchas disciplinas académicas recién creadas que no son resultado de avances académicos o científicos, sino de presiones políticas ejercidas por imposición de sectas ideológicas.

La disciplina de Estudios de la Mujer, el más importante de estos novedosos campos, reconoce abiertamente su origen en un movimiento político y define su misión educativa en términos políticos. El preámbulo de la Constitución de la Asociación Nacional de Estudios de la Mujer proclama:

Estudios de la Mujer debe su existencia al movimiento de liberación de la mujer; el movimiento feminista existe porque las mujeres están oprimidas. Los estudios de la mujer, diversos como sus componentes son, tiene como su objetivo más elevado una visión de un mundo libre no solamente de sexismo sino también de racismo, prejuicios de clases, prejuicios heterosexuales, racismo de edad — libre de todas las ideologías e instituciones que consciente o inconscientemente han oprimido y explotado a algunos para ventaja de otros. … Estudios de la Mujer pues está equipando a las mujeres no solamente para ingresar en la sociedad en conjunto como seres humanos productivos, sino para transformar el mundo en uno libre de toda opresión.

Ésta es la declaración de una causa política, no de un programa de inquietud académica.

La AAUP ha dado a conocer su defensa del adoctrinamiento completamente consciente del hecho de que estas disciplinas académicas nuevas conciben su misión como utilizar las aulas para inculcar una ideología a sus estudiantes. Estos programas incluyen, además de Estudios de la Mujer, Estudios Afroamericanos, Estudios de Paz, Estudios Culturales, Estudios Chicanos, Estudios Homosexuales, Estudios Post-Coloniales, Estudios Blancos, Estudios de la Comunicación, Estudios Comunitarios, y disciplinas politizadas recientemente tales como Antropología Cultural o Sociología.

En la Universidad de Santa Cruz, el departamento de Estudios de la Mujer se ha rebautizado realmente como “el Departamento de Estudios Feministas” para plasmar que se trata de unas instancias de formación política. No ha habido una palabra de queja o advertencia procedente de los administradores de la universidad o la AAUP.

Bajo la nueva doctrina de la AAUP, estos credos sectarios están protegidos del escrutinio del método científico. En la nueva administración, el control político de una disciplina es la base adecuada para censurar el debate crítico. La idea de que el poder político puede establecer “la verdad” es una concepción tan contraria a los fundamentos intelectuales de la investigación universitaria moderna que el comité de la AAUP no podría mencionarlo tan abiertamente. De ahí el falso compromiso de “la verdad dentro de una disciplina relevante”.

Hace algunos años, Robert Post, de Yale, uno de los miembros del subcomité de la Asociación Norteamericana de Profesores Universitarios que redactó el informe, resumía los principios que habían regido la administración universitaria durante casi un siglo.

Una “premisa clave” de la clásica Declaración de Principios de la Libertad y la Enseñanza Académica de la AAUP de 1915, escribía Post, “es que los integrantes del claustro deben ser entendidos como expertos profesionales en la producción de conocimiento”. Post explica, “La misión de la universidad que defiende la ´Declaración´ depende de una teoría del conocimiento particular.

La ´Declaración´ no presupone solamente que existe el conocimiento y que puede ser articulado por los académicos, sino también que es impulsado a través de la libre aplicación de formas de investigación altamente disciplinadas, que corresponden a grandes rasgos con lo que [el filósofo] Charles Pierce llamaba en tiempos ´el método de la ciencia´ en contraposición al ´método de la autoridad´”.

El método de la autoridad es precisamente el método recomendado ahora por la AAUP — la autoridad de la disciplina. Virtualmente todo departamento de Estudios de la Mujer de todo el sistema universitario imparte un plan de estudios basado en la controvertida tesis de que el género “se construye socialmente”. Estudios de la Mujer plantea y explora esta afirmación doctrinal como si fuera una verdad establecida, y se espera que los estudiantes de Estudios de la Mujer la apliquen como conocimiento.

La construcción social del género, sin embargo, es simplemente nomenclatura académica para la primacía de lo adquirido por encima de la naturaleza, una idea esencial para un movimiento ideológico — el feminismo radical — que propone el uso de medios políticos para remodelar las relaciones sociales. Pero la propia afirmación es refutada. Es refutada por los descubrimientos de las neurociencias modernas, la psicología evolutiva, y la biología (como saben los lectores de The Blank Slate, de Steven Pinker).

Obligar a los estudiantes a aceptar como verdad una doctrina que es controvertida entre los científicos de ciencias biológicas es precisamente lo que se pretende mediante el adoctrinamiento. Para el momento en que su informe era finalizado, una nueva edición de la revista oficial de la AAUP, Academe, ofrecía dos artículos en defensa del adoctrinamiento feminista de los estudiantes universitarios.

El primero era “Enseñanza apasionada”, de la presidenta de la delegación de la AAUP, Pamela Caughie, directora del departamento de Estudios de la Mujer de la Universidad de Loyola. Caughie escribía: “Pienso que hago bien mi trabajo cuando los estudiantes pasan a ser practicantes del análisis feminista y comprometerse con la política feminista”. Esta es la postura de un misionero que pretende modelar a sus estudiantes en el dogma feminista, no la de un profesor que pretende educarlos en materia de la mujer.

En el segundo artículo, la profesora Julia Kilmer, del Olivet College, describe la necesidad de exponer e intimidar públicamente a los estudiantes “que se resistan” a tal adoctrinamiento y sugiere cómo hacer esto. La publicación de dos artículos así a duras penas se puede clasificar de coincidencia. Revela la decadencia en la que hoy se encuentra la Asociación Norteamericana de Profesores Universitarios.

Es una decadencia en declive en más de un sentido. La doctrina de “la verdad dentro de una disciplina relevante” abre la universidad a las formaciones políticas. Suponga que los antagonistas a la teoría de la evolución de Darwin establecieran el campo académico de Estudios de Diseño Inteligente. ¿Qué principio académico les impediría impartir sus cuestionadas teorías como verdad? Lo mismo se aplicaría a los teóricos de la conspiración del 11 de Septiembre, o los activistas de los derechos de los animales, o de los racistas — en la práctica, de cualquier ideología que fuera capaz de tomar el control de un departamento universitario y estructurar su plan de estudios como nueva “disciplina académica”.

Algunos defensores de la postura de la Asociación Norteamericana de Profesores Universitarios afirman que el adoctrinamiento en realidad no es adoctrinamiento si el estudiante puede poner objeciones a la versión partidista de un profesor en el aula sin miedo a represalias. ¿Pero cómo iban a saber los estudiantes que no hay penalización por rehusar apoyar las premisas políticas de un profesor? ¿Cómo tratarían con las amenazas de la profesora Kilmer de “exponerles públicamente” y quebrar su “resistencia”, o con la presión implícita en la “enseñanza apasionada” de Caughie?

Hasta el término mismo “enseñanza desapasionada” es una salida significativa de un entendimiento más antiguo de la educación superior. La declaración de 1940 de la AAUP en materia de libertad académica, que forma parte de la plantilla de la mayor parte de las universidades modernas, afirma que los educadores y los docentes deben “abstenerse” en lugar de apasionarse, y deben mostrar el respeto apropiado a las opiniones divergentes: “En calidad de docentes y funcionarios educativos… [los profesores] deben en todo momento ser precisos, ejercer la contención adecuada [y] deben mostrar respeto a las opiniones de los demás”.

Bajo las pautas anteriores, los profesores tenían la obligación de contener su ardor, enseñar a los estudiantes a ser escépticos, examinar las pruebas, respetar las opiniones contrarias, y apoyar el pluralismo de ideas sobre el que descansa la cultura democrática.

Proporcionar a los estudiantes los materiales que les permitirían sopesar más de una versión de temas controvertidos, y así aprender a pensar inteligentemente y pensar por sí mismos era su deber profesional. Es ese el propósito central de la universidad que ahora está traicionando la Asociación Norteamericana de Profesores Universitarios.

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