>Los Estados Unidos aplican un doble estándar en el país y el exterior

La administración Bush está intentando apaciguar la apocalíptica reacción del gobierno turco ante la calificación de “genocidio” que el Comité de Asuntos Externos de la Cámara de Representantes hizo de la matanza de Turquía de un millón y medio de armenios, la cual aconteció hace casi un siglo. La administración teme que un enfurecido aliado turco, amenazando ya con invadir el norte de Irak a fin de eliminar a los rebeldes kurdos turcos armados que buscan refugio allí, interrumpa también el acceso de los Estados Unidos a las bases aéreas y carreteras turcas utilizadas para reabastecer a las fuerzas de los EE.UU. en Irak. La administración esencialmente desea permitir a los turcos seguir negando un hecho histórico que precedió incluso a la existencia del actual sistema de gobierno turco.

De modo similar, los Estados Unidos jamás han sido demasiado entusiastas respecto de criticar la negación de Japón de haber usado a mujeres chinas y surcoreanas como esclavas sexuales (denominadas “mujeres para el placer”) durante la Segunda Guerra Mundial. De manera más general, los Estados Unidos nunca dicen en verdad demasiado cuando el actual gobierno japonés trata regularmente de ocultar en los textos escolares la atroz conducta del régimen imperial japonés antes y durante la Segunda Guerra Mundial. Nuevamente, un aliado relevante que no hace frente a hechos históricos importantes no es reprobado.

No obstante ello, la administración todavía sigue reiteradamente poniendo sobre el tapete a la negación del presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad en diciembre de 2005 del hecho histórico del holocausto judío en mano de los nazis. Eso se debe a que el gobierno estadounidense elije confraternizar mucho menos con el gobierno iraní (que con los gobiernos de Turquía y Japón); en virtud de que Israel, el némesis de Irán, es un aliado de los Estados Unidos; y porque la administración puede sumar puntos con su lobby israelí interno.

En la misma línea, se supone que la administración está apoyando la expansión de la democracia en el exterior—¿por eso es que los Estados Unidos invadieron Irak, cierto?—pero solamente lo hace en aquellos países menos amistosos, no en los aliados cercanos. Los Estados Unidos han presionado a los países árabes más débiles cercanos a Israel para que celebren elecciones y efectúen reformas democráticas, por caso, entre los palestinos y libaneses, pero no han presionado a Israel para que remueva su ciudadanía de segunda clase de la población árabe que vive dentro de sus fronteras. La administración ha ayudado a las fuerzas opositoras en Irán, incluso a pesar de que esos grupos no desean el respaldo, mientras realiza tan solo esfuerzos poco entusiastas para democratizar a sus aliados autocráticos en Paquistán, Egipto y Arabia Saudita. Por supuesto, los Estados Unidos en verdad no necesitan consentir a regímenes despóticos solo para ganar su tibio apoyo en favor de la “guerra contra el terror”, su promesa de no atacar a Israel o su acuerdo para extraer el petróleo al que de todos modos su propio interés económico les haría vender en el mercado mundial. Pero tampoco precisa inmiscuirse en los asuntos internos de adversarios, tales como Siria e Irán.

Pero sí los Estados Unidos tuviesen el mismo estándar para todos los países—tanto amigos como enemigos—y se uniese a la comunidad internacional en la identificación y férrea condena de todos los casos documentados de genocidio, otros crímenes de guerra y comportamientos represivos por parte de todos los países, entonces quizás existiría la posibilidad de que la historia no se repitiese.

Par empezar, los Estados Unidos precisan limpiar su propio accionar. Otros países pueden haber actuado terriblemente en el pasado, pero los ciudadanos estadounidenses no deberían permanecer ciegos ante los pecados de su propio gobierno. Desde la Segunda Guerra Mundial, en términos de cantidades de aventuras militares, los Estados Unidos han sido el país más agresivo del mundo. Y muchas de tales intervenciones no pueden ser endilgadas a la necesidad de combatir al comunismo internacional. Incluso después de que el principal enemigo de los Estados Unidos—la Unión Soviética—colapsó, los EE.UU. expandieron su imperio informal e incrementaron sus actividades militares por todo el globo. Los Estados Unidos bombardearon Serbia y Kosovo; invadieron Panamá, Afganistán e Irak (dos veces); e intervinieron en Somalia, Haití y Bosnia. Además, los Estados Unidos han secuestrado gente y la han puesto de manera ilegal en prisiones secretas en países donde se perpetra la tortura, o simplemente hicieron que la CIA o las fuerzas armadas estadounidenses realicen la tarea. A estos prisioneros les han sido negados tanto los derechos de los prisioneros de guerra como los derechos de los acusados que garantiza la Constitución de los Estados Unidos—por ejemplo, el derecho a cuestionar la detención mediante el empleo del recurso de Habeas Corpus. Es probable que una porción sustancial de estos reclusos sea inocente.

Sí los Estados Unidos piensan criticar el comportamiento de otros países, tanto históricos como actuales, deberían eliminar el doble estándar en el país y en el exterior, y limpiar primero sus propios actos.

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