>El Gobierno acabará rompiendo lo que esté intacto

Larry Elder

Esta historia está basada en hechos reales. Algunos nombres han sido alterados para proteger a los burócratas implicados.

Hace algunos meses conocí a un contratista en un bar. Me habló de su negocio y le pregunté a cuántas personas daba trabajo. Me contestó: “A 49. Si contrato a una más, entonces tendría que lidiar con la Ley de Ausencia por Motivos Médicos Familiares y la Ley de Derechos Familiares de California. A partir de ahí, si alguien se ausentara tendría que mantener durante meses su puesto de trabajo vacante, me lo pueda permitir o no. Es una mierda.” De modo que aquí estamos. Un hombre que quiere contratar a más personal rehúsa hacerlo, porque un solo empleado adicional supondría un mazazo a su margen de beneficios.

Visité recientemente a un amigo que vive en la bahía. Atravesé los controles de seguridad del Aeropuerto Internacional de Los Ángeles, pese a que mi bolsa de aseo incluía gomina, pasta de dientes y desodorante. Todo eso atravesó el control de seguridad sin ningún problema. Pero al embarcar de vuelta en el Aeropuerto de San Francisco, sin embargo, el personal de seguridad me hizo abrirla y me dio severas instrucciones de poner en el futuro cosas como el champú, la gomina, la pasta de dientes, el protector solar o el desodorante en una bolsa de plástico con cremallera.

– Cuando vine nadie me dijo que lo hiciera – objeté.

– Esas son las normas. Alguien simplemente no las siguió – replicó el vigilante de seguridad.

No hace mucho el Gobierno publicó los resultados de una prueba llevada a cabo el año pasado para determinar la eficacia de la seguridad aeroportuaria en la detección de bombas falsas. El informe de la Administración de Seguridad en el Transporte revela que el personal del Aeropuerto Internacional de Los Ángeles no descubrió bombas falsas en el 75% de las pruebas. El personal del Aeropuerto O’Hare de Chicago no encontró más del 60%. Pero sólo el 20% de las bombas lograron atravesar la seguridad en los cinco aeropuertos norteamericanos que tienen permiso para contratar firmas privadas para el control de la seguridad. A los contratistas de esos cinco aeropuertos se les reembolsan los costes, y obtienen beneficios extra dependiendo de su rendimiento. San Francisco, por cierto, tiene vigilantes privados, mientras que los de Los Ángeles son públicos. ¿Qué vigilantes son más eficaces, los empleados del Gobierno o los de empresas privadas?

Considere ahora la sanidad. El Servicio Nacional de Salud de Gran Bretaña, financiado por el contribuyente, cubre las necesidades médicas de los 61 millones de ciudadanos británicos. Pero aun así 60.000 británicos viajaron al extranjero durante 2006 en busca de atención médica. Se espera que otros 70.000 lo hagan este año. Hacia el 2010, los expertos estiman que la cifra se incrementará hasta los 200.000. La culpa la tiene la frustración ante unas listas de espera interminablemente largas y la atención inadecuada. Según el London Times, el Servicio “tiene problemas graves, enredado en escándalos e incompetencia, a pesar de la inyección de miles de millones de libras de dinero del contribuyente”.

¿Qué hay de la ayuda gubernamental “en caso de desastre”? Tras los ataques del 11 de Septiembre, la Small Business Administration extendió 1.200 millones de dólares a más de 10.000 compañías que afirmaban haberse visto perjudicadas como resultado de los atentados. Cuatro años más tarde, 245 millones de dólares (el 20% del total) se encontraba en paradero desconocido. Los préstamos extendidos por el Gobierno incluyeron 992.000 dólares a un hotel de Atlanta, 620.000 dólares a un cultivador de brócoli en Maine, 985.000 dólares a unos astilleros de Florida y 38.900 dólares a una tienda de ordenadores en Texas.

Por el contrario, el porcentaje medio de préstamos no devueltos es del 1,5% en el caso de préstamos garantizados por el fondo federal que protege los depósitos bancarios y del 4,3% en el caso de los realizados mediante tarjeta de crédito. Si un ejecutivo de banca informara de una tasa de impagos de más del 20% a su junta directiva, bueno, duraría menos en el cargo de lo que se tarda en decir “está despedido”.

Agencias gubernamentales como la FEMA tienden a sobreactuar de forma ineficiente o a no hacer lo suficiente. Tras el terremoto de Northridge en California en 1994, la FEMA envió miles de cheques no solicitados de hasta 3.450 dólares a propietarios de casas que residían en códigos postales supuestamente afectados por el seísmo. Ante las críticas, la FEMA defendió su generosidad y negó haber cometido errores en el reparto de fondos, porque “recibieron muy, muy pocas llamadas de personas que pensaran que no merecían recibir dinero”. ¡Y lo decían en serio!

¿Por qué, en cambio, hay tanta reticencia a confiar en la caridad privada? Antes de que golpeara el Huracán Katrina, la “sala de operaciones” de Home Depot trasladó productos de gran necesidad en emergencias como pilas, madera, linternas y generadores a centros de distribución por toda la zona afectada. Después, Home Depot se coordinó con la Cruz Roja y los repartió, incluyendo suministros para animales domésticos.

Wal-Mart repartió cupones de 30 dólares a los evacuados del Katrina, y repuso la medicación a aquellos pacientes que dispusieran de recetas válidas. Utilizando su enorme base de datos de compras anteriores de los consumidores, Wal-Mart determinó qué necesita principalmente la gente después de un huracán. Gracias a esa planificación logística, el gigante de la venta al por menor se desplazó rápidamente a las zonas más afectadas con mini Wal-Marts, repartiendo productos. El huracán obligó a cerrar 126 grandes almacenes Wal-Mart. Poco más de una semana más tarde, la compañía había reabierto todos menos 14.

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