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El Rey habló por los demócratas latinoamericanos

En este curioso mundo en transición –hacia la escasez de petróleo, hacia la organización de una política global, hacia el protagonismo directo de los ciudadanos de una naciente sociedad planetaria, hacia la confluencia tecnológica, hacia la lucha conjunta contra el cambio climático…- es cada vez más claro el alineamiento entre los responsables y los autoexcluidos. Se trata de un contencioso global que, a pesar de los matices en uno y otro lado, encuentra agrupados por una parte a quienes quieren un mundo abierto y democrático, con normas organizando la convivencia, y por la otra a los autoexcluidos del esfuerzo común, que persiguen un mundo fragmentado en estados cerrados y autoritarios, con el renacimiento de los chauvinismos, las prepotencias pandilleras, las carreras armamentistas y las lagunas legales que facilitan la acción de las redes delictivas globales, el narcoterrorismo y el lavado de dinero de origen ilícito.

En América Latina, esos bloques se van conformando en línea con el mundo. Brasil, México, Chile, Uruguay, Colombia, son pilares del esfuerzo por el mundo del futuro. Venezuela, Cuba, Ecuador, Bolivia, son los autoexcluidos en los que retumban los ecos del pasado, financiados por rentas que expropian a las generaciones futuras dilapidando sus reservas de petróleo y gas, desatando carreras armamentistas, cerrando sus fronteras, tensando sus convivencias, destrozando sus democracias, e instaurando en el escenario internacional un discurso de patotas marginales.

La ubicación sensata no pareciera dejar dudas, si no fuera por el efecto depredador de una chequera llena que habilita limosnas y chantajes. Esa chequera recorre el continente corrompiendo dirigentes, financiando marginales, regalando recursos a quienes carecen de principios y organizando la difusión de su propuesta de atraso, autoritarismo, intolerancia y violencia.

En un continente con mucha pobreza, que ha sufrido en otras épocas la prepotencia de las intervenciones extranjeras, las dictaduras militares, la corrupción de sus sectores dirigentes, la indiferencia de sus élites con el sufrimiento de los ciudadanos comunes y el vaciamiento de sus democracias, la chequera es un arma más temible que la lucha ideológica. Es un arma frente a la que no es grato ubicarse, conociendo –como conocen los dirigentes de estos países- el peligro que implica en manos inescrupulosas. Ese temor ha llevado a liderazgos de convicciones democráticas a tolerar con resignado silencio la prédica y la acción del golpista caribeño, que usando primero la chequera con sus propios compatriotas ha instaurado una deformación clientelista causante del mismo efecto que los narcóticos en la conciencia política de muchos venezolanos.

Viejo y gastado ya el “liderazgo” de la isla-cárcel, cuyo modelo social ha perdido su condición de generador de entusiasmos ante los pueblos que están construyendo en democracia su futuro, aparece hoy –favorecido por abundancia petrolera- un nuevo aspirante a ocupar el espacio comprador de aplausos. Y pocos se atreven a hacerle frente, no ya con un debate esclarecedor sino con un simple reclamo de buena educación. Su chabacana grosería impregna lo que toca, exhibiendo con desparpajo un lenguaje rayano en lo soez y sin dudas, inmerso en lo peor de la política.

En este debate, sólo cinco palabras bastaron para hacerle notar al parlanchín el hastío con su discurso: “¡Por qué no te callas!”.

No fueron pronunciadas por un líder de las democracias latinoamericanas. Fue el Rey, que ha sabido contener con sabiduría un complejo proceso de transición democrática en su país, que se ha esforzado durante casi medio siglo en ayudar a las transiciones democráticas y ha apoyado sin cuartos intermedios la imbricación de un espacio iberoamericano próspero. ¡Si hasta K lo ha reconocido, cuando expresó, en ocasión de la visita de don Juan Carlos a la Argentina, “sólo yo sé lo que nos ha ayudado este hombre!”…

¡Bien, don Juan Carlos!. Estoy seguro que en la conciencia íntima de millones de demócratas de este continente, su actitud ha significado un bálsamo frente a la asfixiante impotencia cotidiana.

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