>Seducidos por la reelección

América Latina sufre de fiebre reeleccionista. Efectivamente, tal como lo señala un reciente artículo de Infolatam, Álvaro Uribe y Lula da Silva, quienes apenas llevan un año de su segundo mandato, ya coquetean con la posibilidad de un tercer período. Ellos o algunos de sus partidarios, se han dejado seducir por la tendencia regional a la reelección indefinida, para lo cual deben reformar sus constituciones. Cuestión que viene al alza y que reafirma el caudillismo latinoamericano.

La revolución mexicana de 1910 comenzó con la cuestión de la reelección, y terminó en una dictadura perfecta de un partido que gobernó por décadas. En los años 70 y 80 del siglo XX evidentemente el problema no se planteó, porque las dictaduras se mantuvieron firmes sin darle cuenta a nadie.

Personalismos individuales o juntas de gobierno se encargaron de hacer y deshacer a su antojo. Un paréntesis tuvimos al inicio de las transiciones democráticas, pero ya en los 90 algunos presidentes como Fujimori o Menem hicieron cambios para mantenerse en el poder. La excusa de poder consolidar lo obrado, más bien sonó a querer cosechar lo sembrado.

Hoy la situación es más compleja, pues quien es indicado como uno de los gobiernos más serios de la región, Álvaro Uribe —el polo contrario al populismo de Chávez, Morales y Ortega que impulsan cambios para permanecer en el poder— también podría caer en el juego de la reelección impidiendo el funcionamiento y consolidación de las instituciones, deuda pendiente de la región.

El tema ha sido permanente, ya que otros gobiernos también enfrentan el mismo dilema. Tabaré Vásquez en Uruguay tuvo que salir al paso para aclarar públicamente que no irá a la reelección, aunque cuando el río suena es porque piedras trae. Rafael Correa en Ecuador está a la espera de la reforma constitucional. Algo similar ocurre con Nicanor Duarte en Paraguay, mientras el presidente de República Dominicana Leonel Fernández podrá volver a presentarse el año que viene para un nuevo período presidencial. Ninguno ha escapado al gustillo y al mesianismo del poder.

El gobierno argentino hizo lo mismo, pero de una manera más sutil. El presidente Kirchner apoyó a su esposa Cristina en las recientes elecciones, para en la siguiente campaña, volver a presentarse él y de esta manera perpetuar el reinado de la dinastía “K”. Eso, claro está, solo será posible si la presidenta electa logra terminar su período presidencial, pues es evidente que se viene una situación compleja dado el crecimiento artificial de su economía y un descontento que por ahora está sumergido.

¿Con qué nos encontramos? Con gobiernos que bajo la apariencia democrática del sufragio y la participación, mantienen el control y permanecen indefinidamente en el poder, guiadas por caudillos incapaces no sólo de delegar sus tareas y conformar equipos de trabajo (o quizás no quieren hacerlo para no tener quien les haga la sombra), sino que presas del mesianismo político se autoconvencen de ser los llamados a resolver en forma individual los problemas que nos aquejan.

En Latinoamérica quien llega al poder lo hace para quedarse y la alternancia parece ser sólo retórica para los teóricos académicos. Un juego de participación ciudadana, que al final confirma la escasa confianza que existe en la región con respecto a la democracia, y en donde no son las cartas fundamentales las que determinan el fin del mandato gubernamental, sino que más bien pareciera ser que serán las revueltas populares y los linchamientos públicos.

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