>Europa: Integraciones económicas en serio

Por más que nuestros políticos se llenen la boca hablando de las bondades y ventajas del MERCOSUR, la integración económica y la libre circulación de personas son, en los hechos, letra casi muerta.

Cuando cruzamos el Río de la Plata, o entramos o salimos del Brasil, pese a que nuestros documentos nacionales de identidad llevan inscripta, pomposamente, la devaluada leyenda “MERCOSUR”, al llegar a la frontera nos damos cuenta de cómo es realmente el “cuento” de nuestra integración cuando de la libre circulación de personas se trata.

Más allá de los obstáculos generados por los irresponsables “piqueteros” (que han tomado el ejercicio de la autoridad en sus manos, esto es por su propia cuenta, ante la increíble pasividad de nuestras autoridades), lo cierto es que —como cualquier hijo de vecino— todos debemos identificarnos, llenar las típicas tarjetas de inmigración, presentar nuestros respectivos documentos nacionales (si, aquellos que precisamente dicen “MERCOSUR”) para, recién entonces, escuchar el clásico y esperado “adelante, pase”. Solo entonces. A la salida, lo mismo. Cual liturgia fija, inflexible, indispensable e insuperable.

Ante los hechos, para el común de la gente la sensación es que lo de la integración es “falopa”. Nada más que eso. Y, por supuesto, algunos “puestitos” para que nuestros fatigados políticos puedan, de tiempo en tiempo, viajar a sus anchas, a costa de los demás, naturalmente. Sin producir resultados que, por otra parte, nadie parece querer exigir.

No obstante estas frustraciones ciudadanas, lo cierto es que Europa es, en esta materia de la libre circulación de las personas, mucho más seria.
Uno puede ingresar (con el pasaporte, por supuesto) a cualquiera de los quince países que componen la llamada “zona de Shengen” y, después, una vez dentro de ella, circular sin tener que exhibir nuevamente, a cada paso, los documentos que acreditan la identidad nacional. Para el turismo, esto es un placer. Particularmente, cuando la seguridad ha mellado la tranquilidad de los viajes. Para los negocios, es dinero, porque implica evitar pérdidas de tiempo. Así de claro.

El próximo 21 de diciembre, la mentada “zona de Shengen” se ampliará. A las naciones que hoy la integran se le agregarán los nueve países que han ingresado recientemente a la Unión Europea: Polonia, Eslovenia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Estonia, Lituania, Letonia y Malta. También se podrá viajar por ellos mostrando sólo una vez el pasaporte al ingresar en cualquiera de los nombrados. Para la prensa europea esto es augurio de una Navidad distinta. Una suerte de segunda caída del Muro de Berlín, dicen.

En síntesis, a partir de la ampliación de la “zona de Shengen” los europeos podrán atravesar todos los países que la integran sin tener que exhibir sus documentos personales, como si estuvieran en su propia casa. Esto es, efectivamente, integración. Más allá de la retórica y de los cuentos. Lo mismo ocurrirá si ellos ingresan o egresan de Noruega o Islandia, pese a que estos dos países no son miembros de la Unión Europea. Son, no obstante, naciones muy civilizadas y ordenadas y, por ello, han logrado acordar, en esto, igualdad de trato.

La zona de libre circulación de personas referida comenzó a operar con un acuerdo suscripto el 15 de junio de 1985 en la ciudad de Shengen, en Luxemburgo. Inicialmente estaba intregrada por solo cinco países: Bélgica, Francia, Luxemburgo, Alemania y los Países Bajos. A ellos se sumaron otros, con el paso del tiempo. La propia Suiza se unirá pronto, en marzo del año próximo. El sofisticado sistema informático de las naciones que conforman la “zona de Schengen” está ubicado en la ciudad de Lisboa. ¡Cómo ha cambiado Europa!

No hace mucho, en 1956, un puñado de refugiados logró escapar a la represión soviética en Hungría y pudo, a duras penas, en el interregno en que cesaron brevemente los balazos, ingresar con sus familias a Austria, antes de que la frontera se sellara nuevamente, de modo inexorable.

En 1989, entre Austria y Hungría, precisamente, la frontera quedó cerrada por una antipática y peligrosa alambrada, típica de los gobiernos totalitarios que deben impedir que la gente se les escape en tropel, apenas percibe que tiene la oportunidad de hacerlo. Tal como ocurre desde hace décadas en Cuba, desde donde miles de cubanos saltan al mar en toda suerte de artefactos, año tras año, desafiando a la muerte, empujados por la esperanza de alcanzar una vida mejor. Una vida, más bien.

A ello cabe agregar el recuerdo del tan gris como fatídico Muro de Berlín, otra “joyita” soviética destinada a impedir que la gente pudiera escaparse del “paraíso” socialista. A su vera murieron decenas de personas, ejecutadas absolutamente a sangre fría por el terrible delito de procurar la libertad.
No hay que olvidarse nunca de esto, especialmente cuando algunos presuntos predestinados o iluminados están tratando febrilmente de resucitar, con disfraces y desde el totalitarismo, al socialismo marxista-leninista en nuestra propia Sudamérica. Lo hacen ataviados con pieles de oveja. Sin embargo, sus propuestas son claras cuando se las mira con un mínimo de detenimiento y utilizando para ello el cristal insobornable de la historia.

Hablando de integración, me han impresionado bien las recientes palabras de la presidente electa, Cristina Fernández de Kirchner, sobre la planta de Botnia, que tantas (y tan dañinas) protestas ha generado. La todavía senadora sostuvo: “Habrá que comprobar si (Botnia) contamina o no. Si no contamina, las protestas no tendrán más razón”. Y es así.

Lector, usted sabe que no siento ninguna atracción por la señora, pero cuando dice lo correcto, cabe aplaudirla. Particularmente, cuando hace falta algo de coraje para haber afirmado lo que dijo, ya que —de inmediato— los “ambientalistas-piqueteros” la acusaron de tener una postura “lamentable” y de estar “totalmente mal informada”. Lo cierto es que sólo dejó en claro que a los hechos se remitirá. Lo que, para algunos, es un error, por estar enamorados de una fantasía.

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