>México: Más allá de la estabilidad
Roberto Salinas León

Es interesante que Guillermo Ortiz, gobernador del banco central, esté articulando un mensaje fuera del ámbito inmediato de la institución central, es decir, la posición que la economía mexicana puede duplicar su capacidad real de producción anual.

Este fenómeno (estar hablando de lo que se encuentra más allá de la estabilidad de la unidad de cuenta) es representativo del cambio de cultura económica en nuestro país, a partir de que los agentes pueden descontar el tema de la estabilidad monetaria. Es decir, es de menor preocupación si habrá variaciones del tipo de cambio, o si persisten inercias en el comportamiento de la inflación (a pesar de los impactos de la agro-inflación o la petro-inflación), que si las pequeñas empresas puedan acceder a un mercado de capitales, o si es posible reducir los costos de transacción que afectan nuestra productividad.

Además, el mensaje de Ortiz deja entrever un cambio radical en las posturas que se deben asumir ante los cambios pendientes. Las autoridades, y la comunidad empresarial, ya saben qué se tiene que hacer. El reto no es qué, sino como. Esto significa que el debate económico no es ideológico, sino un tema de ingeniería, de instrumentación. Para ello, es necesario ser sumamente creativo en la presentación de las propuestas, es necesario ejercer liderazgo, mostrar imaginación. Todo un arte, sin duda.

Otros dos colegas recientemente comentaban algo similar al respecto: la persona de la vida cotidiana no se rasga las vestiduras con los temas de la energía, la ley laboral o la globalización. La clase media emergente quiere el mejor producto al menor precio, sea este obtenible en Wal-mart, en Mex-mart o en la tiendita de la esquina. Los nacionalismos no son relevantes cuando se trata de tratar de vivir mejor. Los informales son otra especie sumamente dinámica, actores de una economía de mercado paralela, distorsionada por una pésima ley, un sistema jurídico que discrimina a favor de las elites y en contra del común de los corrientes.

Estos actores, que se defienden y se definen con base en el sentido común, menos les interesa la soberanía que poder contar con un producto de calidad, al menor precio que sea posible —ya sea en la compra de pañales, frijoles, energéticos o refrigeradores. ¿Será que el tema de la soberanía nacional es una de tantas neuronas sobrecalentadas, agotadas, en el inconciente colectivo de la política mexicana? ¿De qué sirve fingir orgullo nacional en materia energética, cuando importamos tanto producto refinado, cuando dependemos de asociaciones estratégicas fuera de las fronteras nacionales, cuando, vaya, estamos cerca de convertirnos en importadores netos de crudo?

El tema de qué hacer y cómo llevarlo a cabo en los llamados sectores estratégicos se debe interpretar a la luz de los requerimientos para lograr mayor tasa de productividad. La energía, el transporte terrestre, la carga aérea, la electricidad, las telecomunicaciones, el acceso a Internet, los mercados de capita l—todos estos sectores definen la infraestructura económica del país. Son, como dice Ortiz, los “vasos comunicantes” que conectan a todas las partes de la economía nacional en un conjunto integral.

Si estos vasos son primitivos, u obsoletos, o deficientes, entonces habrá impactos negativos sobre la productividad —que es exactamente donde nos encontramos hoy en día. Aun así, más allá de la estabilidad, más allá del debate cotidiano, debemos pensar, ya no en qué hacer, sino en cómo llevar a cabo las transformaciones pendientes.

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