>Investigando a los donantes chinos de Hillary

Michelle Malkin

A los colectivos asiático-americanos no parece gustarles el creciente escrutinio público que los misteriosos lavaplatos chinos donantes de Hillary Clinton están recibiendo. A lo que les respondo, en palabras que deberían ser entendidas por todo el mundo: uy, qué pena.

Como consecuencia de las reveladoras investigaciones del New York Post y Los Angeles Times sobre el dinero extranjero de dudoso origen que ha llenado las arcas de Hillary, las organizaciones especializadas en la denuncia de supuestos agravios étnicos se están poniendo en marcha para condenar estas noticias como ejemplo de “periodismo negligente”. Sí, ahora reslta que los periódicos son culpables de “negligencia” por publicar noticias en lugar de encubrirlas.

Ambos periódicos descubrieron en los barrios de Nueva York de Chinatown, Flushing, el Bronx y Brooklyn a lavaplatos, cocineros y otros sospechosos donantes a la campaña de Hillary que tenían muy magros ingresos, habilidad limitada con el inglés y olían peor que el hediondo tofu. Un donante asiático admitió a Los Angeles Times “carecer del estatus de residente legal exigido por ley para donar dinero de campaña”. Otra, Hsiao Wen Yang, informó al New York Post de que había sido reembolsada por su donación de 1000 dólares, lo que hizo sonar las alarmas ante otro posible esquema de donantes ilegales a imagen del escándalo de Norman Hsu.

Las informaciones movieron a la Asian & Pacific Islander American Vote (APIAVote), una “organización nacional independiente sin ánimo de lucro que anima y promueve la participación cívica de los americanos de ascendencia del Pacífico asiático en los procesos políticos electorales y públicos a los niveles nacional, estatal y local”, a difundir una circular de prensa esta semana denunciando “el indebido escrutinio de un subgrupo étnico específico por parte de los medios”. Lisa Hasegawa, miembro del consejo de APIAVote, expresaba su consternación por unas investigaciones sobre la financiación ilegal de la campaña electoral que se centraban en el Chinatown de Nueva York.

Estamos alarmados por el potencial impacto negativo de unos reportajes irresponsables y por el daño que podría causar a la participación política legítima de miembros de la comunidad de ascendencia asiática. Es imperativo que los medios traten estas serias acusaciones con cautela, atención y los más altos niveles de integridad periodística. Según la comunidad de americanos de ascendencia asiática vaya ejerciendo su derecho a participar en los procesos cívicos, es importante que se adopte el mayor equilibrio y responsabilidad al tratar esta importante materia.

Lo que, traducido, significa más o menos: ¡Aparten sus sucias manos de los chinos que lavan dinero en favor de Hillary, malditos difamadores racistas y xenófobos!

Pero aquí los únicos culpables de comportamiento irresponsable son los defensores políticos de Hillary y los medios que prefieren someterse a la corrección política antes que seguir los pasos periodísticos del New York Post y Los Angeles Times. La campaña de la Clinton cuenta con que los editores de izquierdas se rindan bajo la presión de los colectivos asiático-americanos que quieren desviar la atención de las sospechosas donaciones extranjeras.

“Voy a seguir procurar seguir llegando a todos los rincones de nuestro país. Quiero ser la presidenta de todo el mundo”, dijo una desafiante Hillary en defensa de su indiscriminada recaudación de fondos. “Los asiático-americanos de Chinatown y Flushing tienen el mismo derecho a contribuir que todos los demás americanos – declaró a varios periódicos Howard Wolfson, portavoz de la campaña –. No clasificamos a los donantes por su origen étnico.”

Esto de “clasificar a los donantes por su origen étnico” es el coco retórico que los Clinton esperan que espante futuras investigaciones e invocaciones de pasados escándalos de donantes asiático-americanos. Habiendo aprendido muy bien la lección de sus homólogos afroamericanos de extrema izquierda, estos colectivos asiático-americanos han intentado alejar el debate de la responsabilidad individual de candidata y donante hacia “los derechos” colectivos de toda “la comunidad de americanos procedentes de las islas del pacífico”.

La tribu de la política identitaria podrá llamarlo “clasificación según origen étnico”. Yo lo llamo aprender de la historia. Hemos pasado por esto muchas veces antes. Con los recaudadores demócratas de fondos John Huang, Charlie Trie, Paulina Kanchanalak y Maria Hsia. Con los monjes y monjas budistas chinas que ayudaron a organizar el plan de reembolso de la campaña de Gore y trituraron los documentos relacionados con la recaudación de fondos del templo. Con el ex gobernador demócrata chino-americano de Washington Gary Locke, que también recibió dinero de donantes chinos del templo budista que no sabían hablar inglés, no recordaban cuándo habían donado dinero o no podían ser localizados.

Al parecer, los demócratas están convencidos de que sólo se debería cargar a los norteamericanos con las bizantinas regulaciones de financiación de campaña, dejando a los donantes extranjeros carta blanca. Los de los lobbies asiático-americanos parecen estar convencidos de que las minorías deberían ser objeto de una menor atención de los medios que todos los demás, no vaya a minarse que “su derecho a participar en el proceso cívico”.

Si “clasificar según el origen étnico” significa ser extremadamente cuidadoso con los donantes de Chinatown que no saben hablar inglés, viven en edificios desahuciados, nunca han votado, no saben distinguir a Hillary Clinton del pollo al curry o simplemente son imposibles de localizar, entonces debería ser el procedimiento estándar de toda campaña responsable.

Discriminación deja de ser una palabra desagradable cuando de lo que se trata es de mantener el dinero sucio fuera de la política norteamericana.

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