>¿Es posible un nuevo modelo de cooperación internacional para el desarrollo?

Pablo Izquierdo

Después de algunos años dedicado a estas cuestiones, me encargué de las políticas de cooperación al desarrollo del Partido Popular de España y en el Congreso de los Diputados, donde tuve la responsabilidad de ser el portavoz del grupo en la materia, las dudas que al principio tenía sobre la eficacia de las ayudas públicas al desarrollo siguen ahí y muchas de las preguntas que entonces me hacia tuvieron soluciones, digamos “necesarias al guión” y tienen, ahora, respuestas bien diferentes.

La principal pregunta es: ¿sirve la ayuda pública al desarrollo para combatir la pobreza?

La constatación de datos y resultados parece contradecir eso, si consideramos: Primero, a donde se dirigen mayoritariamente las ayudas de los gobiernos y los niveles de desarrollo alcanzados por esos países. Y segundo: Es más negativa nuestra valoración si observamos a que grupos de población y que sectores se dirige la ayuda pública (a los más desfavorecidos y a las necesidades sociales básicas) y si hemos de hacer caso a quienes afirman que hoy las desigualdades han aumentado. El caso más paradigmático es África, sin olvidar América Latina que hoy ve como su crecimiento está estancado en cuanto a su diferencial con otras regiones emergentes. El contrapunto es el sudeste asiático, donde las ayudas públicas nada han tenido que ver con su extraordinario despunte económico.

Ya los ideólogos de la cooperación, al servicio casi siempre de multilaterales instituciones cómo Naciones Unidas, la OCDE o bilaterales agencias gubernamentales, constataron este fracaso y en un análisis muy “conveniente”, desde un punto de vista político, determinaron que el problema principal de la Ayuda para combatir la pobreza es que ésta era insuficiente o que estaba mal orientada en lo sectorial. Pensaban que el problema de los países pobres es solo un problema de financiación externa e insuficiencia de recursos para impulsar su desarrollo. Nació así el 0,7. Fue –creo- en el año 1967 cuando ONU acuñó el término. Decían que los países pobres necesitaban al menos el 1% del PIB de los países ricos para financiar su desarrollo y salir de la pobreza: el 0,7 % en forma de ayudas públicas de los gobiernos y otro 0,3 % por vía de las transferencias privadas.

La filosofía del 0,7 tiene un impulso doble en sus orígenes: la pobreza es responsabilidad de los ricos y es causa de que la riqueza está mal repartida. La riqueza es un bien que no puede crearse. Entonces, los ricos tienen la obligación de repartir sus riquezas para que los pobres dejen de serlo. Y ante la pregunta de que si eso sería suficiente para acabar con la pobreza por la duda, práctica y contrastada, del fracaso de la fórmula, la respuesta era inmediata: aún no se ha alcanzado el 0,7 y es preciso alcanzar esa meta para saberlo. Desde entonces se buscan fórmulas, leyes y compromisos internacionales para ello y los burócratas, las administraciones y la dirigencia política reducen sus propuestas al continuado incremento de las ayudas. Todo ello adobado con llamados a la eficacia, al control de la ayudas y a intentar que efectivamente el impacto de esas donaciones sea positivo. Todo invariablemente deriva en planificaciones, en programas y proyectos planificados desde la burocracia, donde incluso se adoptan aparentemente sistemas de gestión de la empresa privada por considerar sus métodos más eficaces. Con la diferencia sustancial que los recursos invertidos tienen un origen público y por lo tanto no están sometidos al más eficaz control que supone el riesgo de invertir recursos propios o privados. Cualquier empresario o emprendedor sabe esto.

Pienso, y no soy el único, que el Desarrollo no es un problema de Ayudas, es una cuestión de modelos. Modelos de crecimiento y modelos de desarrollo.

El mundo asiste desde principios de los noventa a un extraordinario proceso de globalización que coincide con el fracaso estrepitoso de las economías planificadas socialistas. Es por ello que a partir de los noventa es más intenso aún el rearme ideológico y propagandístico de los defensores del proteccionismo (público o privado) y las economías planificadas.

En este momento deberíamos hacernos dos preguntas:

¿Es cierto, realmente, que el mundo desarrollado no transfiere o ha transferido el 0,7% de sus recursos a los países en vías de desarrollo? Fíjense que del factor 0.3 % privado, aquel que componía el olvidado 1% de ONU, ya nadie habla.

¿Es acaso cierto que la pobreza ha aumentado en los últimos 25 años o más bien se ha reducido considerablemente fruto de la actual globalización?

Para la primera pregunta, es sólo una impresión, creo que el nivel de transferencias –sobre todo mediante inversiones privadas- de los países ricos a los países en vías de desarrollo es en estos momentos impresionante y su crecimiento ha sido exponencial en los últimos 25 años. Para la segunda seguiré a Xavier Sala i Martí que asegura –como muchos otros- que la pobreza se ha reducido de manera notable en los últimos años.

Si esto es así, ¿Cuál es la razón de la permanente mala conciencia de las sociedades occidentales y el triunfo de la filosofía del 0,7?

Entre otras, la determinación política de quienes encuentra el mejor vivero para sus planteamientos ideológicos en el mal ajeno y las enojosas diferencias que siempre han acompañado al ser humano. Todo ello multiplicado por poderosos altavoces y grupos de presión, en muchos casos “conservadores” en el peor de los sentidos del término. Y es que las ideologías de la planificación proteccionista se han adueñado a propósito de la solidaridad, virtud que nace del más íntimo convencimiento individual de generosidad y filantropía, como exclusiva bandera política que les asegura poder alcanzar el poder en el seno de unas democracias liberales que abominan esencialmente de la violencia radical. Son los mismos movimientos políticos e ideológicos que nos advierten, ahora constantemente, sobre los peligros de la globalización y afirman estar superadas las democracias liberales y que estas tienen que dar paso a otro tipo de democracias “participativas”, de nuevo adjetivadas como ya sucediera antes de la caída del Muro: son las nuevas democracias populares. La separación de poderes vuelve a estar en juego, y el Estado de Derecho y la tutela de la Ley. Y se rescriben nuevos derechos humanos: donde se ponen en entredicho los derechos más elementales de expresión, información, y sobre todo el derecho de propiedad para reivindicar un papel más definitivo y preponderante del Estado Benefactor.

Estas consideraciones previas lo son para preguntarnos lo que creo es el objeto de esta reunión. ¿Puede desarrollarse un modelo de cooperación alternativo al dominante en la clase política e incluso en la sociedad?

Yo creo que si. E incluso tener éxito en el empeño, sumando a él a amplios sectores de la sociedad. Para ello deberíamos establecer algunas premisas que están bien fundadas. Sin ánimo de agotarlas todas, se me ocurren:

1. La ayuda pública directa, instrumentada mediante donaciones o subvenciones para atender las necesidades básicas de los ciudadanos, sirve poco para luchar contra la pobreza: genera dependencia externa, evita la responsabilidad de los gobiernos sobre sus propios ciudadanos, pervierte en muchas ocasiones la democracia, genera una permanente necesidad de financiación externa, propicia la corrupción local, interviene de manera negativa sobre las economías locales, es lenta e ineficiente.

2. Las ayudas públicas instrumentadas a través de organizaciones sociales (ONG,S) no están basadas exactamente en la confianza y la cooperación entre entidades públicas y privadas, más bien en la desconfianza y en la presión política, están fuertemente ideologizadas y politizadas. Su dependencia de grupos de presión es creciente. Por más esfuerzos que se haga, el origen de los fondos es público y adolecen de los mismos problemas que las ayudas públicas directas. Ayudan a crear instituciones sociales artificiales con permanente necesidad de recursos. Son eficaces en la ayuda humanitaria y de emergencia, pero sus proyectos de desarrollo parten del mismo modelo equivocado planificado y proteccionista, por culpa de un dirigismo excesivo de la burocracia estatal. Quieren competir con modelos privados de empresa tanto en la gestión propia como en el desarrollo de sus proyectos y programas, pero con recursos públicos. La mayoría de las organizaciones dependen casi exclusivamente de los fondos públicos para subsistir. Si los proyectos que desarrollan son inicialmente eficaces, lo que, evidentemente, no es descartable, su impacto es de escaso alcance multiplicador, pese a lo que se diga.

3. La ayuda privada entendida como filantropía o generosidad individual, que canaliza recursos enteramente privados, es más eficaz y directa. Tiene muchos menos costes de transacción, es más rápida que la ayuda pública y frente a lo que se considera es más transparente. Es además una manifestación inevitable y espontánea de los individuos y muy saludable por ello. Alcanza plenamente los objetivos que persigue porque no se plantea, no podría, convertirse en un “modelo de desarrollo”.

Existe otro modelo.

Básicamente aquel que tiene su origen en planteamientos que insisten en la necesidad de la Cooperación Internacional en el sentido estricto del término: la libre y determinada decisión de cooperar y relacionarse de los individuos y las organizaciones sociales de todo tipo, las empresas, los sindicatos, las universidades, e incluso los gobiernos. En un marco de libertad, sin proteccionismos mercantilistas y planificaciones ineficientes. Es un modelo de Cooperación que se opone frontalmente a un modelo de Ayuda. De esta manera podríamos aventurar algunas ideas generales:

La Cooperación Internacional para el Desarrollo debe ser algo más que la Ayuda. Me atrevería a decir: es contraria a la extendidad filosofía de la Ayuda al Desarrollo, pues Ayuda y Desarrollo son dos términos opuestos.

Qué los gobiernos empleen recursos públicos para incentivar la cooperación internacional entre países en lo económico, lo social, lo cultural, lo educativo, lo empresarial, la comunicación, la tecnología, la innovación, la ciencia, etc., puede considerarse legítimo si está basado en los más elementales principios de responsabilidad compartida entre los gobiernos y no supone una injerencia en el libre desarrollo de las economías y la competencia.

No es legítimo y además es ineficaz que mediante costosos programas de ayuda se suplante la responsabilidad propia de los gobiernos sobre las necesidades básicas de sus ciudadanos. Cooperar en otros campos debería llevar aparejada la condicionalidad inexcusable a los gobiernos de los países en desarrollo de una eficaz protección, con sus propios medios, de esas necesidades.

En demasiadas ocasiones muchos modelos de cooperación no son más que recursos públicos que distorsionan la libre economía y perjudican la competencia. Se debe luchar decididamente contra las subvenciones directas o encubiertas a la producción y al comercio en el ámbito nacional y en el internacional.

Los gobiernos ricos y pobres deben asegurar un marco de libertad al comercio, a la libre circulación de capitales, bienes y personas. Eso haría mucho más por el desarrollo que las ayudas públicas por cuantiosas que fueran.

Deben asegurar la democracia, el pluralismo político, la separación de poderes, la independencia judicial, el derecho de propiedad, la seguridad jurídica y en definitiva, su fortaleza institucional.

Los gobiernos de los países ricos más que emplear recursos en ayudas, instrumentadas bien directamente o a través de las llamadas ong,s deberían trabajar para crear un marco y condiciones legales que hicieran posible una mayor y mejor canalización de las ayudas privadas y la solidaridad privada.

Si tuviera finalmente que mantenerse, debe sustituirse el actual marco de subvenciones públicas a las ong,s por un sistema de concurso y licitación libre y transparente en igualdad de condiciones, basado en la confianza y la plena asunción de responsabilidades donde la consecución de objetivos sea realmente verificable.

Son ideas generales y la última bien concreta, que han sido expuestas en este momento con un sincero propósito de provocación. Pueden discutirse y es seguro que pueden desarrollarse en un documento más estructurado y elaborado. Medidas y propuestas que quieren incidir en un modelo alternativo posible de Cooperación Internacional eficaz para el Desarrollo, que entierre definitivamente ese otro modelo de Ayuda al Desarrollo que “trabaja” para hacer eterna la pobreza. Un modelo que está basado en los principios de la Libertad, en los fundamentos de una sociedad libre, la libertad individual, el Estado de Derecho, la economía de libre mercado, la empresa privada, la democracia, el pluralismo político y el gobierno limitado. Fundamentos contrastados del Desarrollo.

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